Ensayo

Modernismo y 98

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Modernismo y 98

Para una persona, como es el que suscribe estas líneas, que no considera primordial las denominaciones de los movimientos literarios y cree más, a pie juntillas, en qué aporta la obra literaria en cada momento o siempre, no entra en si el término “La Generación del 98” fue una invención de Azorín cuando escribió un artículo en el periódico ABC en 1913 o si Juan Ramón Jiménez la niega. Estas ideas deben estar superadas; lo mismo que los requisitos que el crítico alemán J. Petersen estableció para dicho rótulo.
Si nos referimos al Modernismo, quien mejor lo definió fue Juan Ramón Jiménez al catalogarlo como “movimiento de entusiasmo y de libertad hacia la belleza”. Pedro Salinas lo bautizó como “una literatura de los sentidos, trémula de atractivos sensuales, deslumbradora de cromatismo”. Estamos, por tanto, ante la consideración de la belleza y  la forma como valores máximos estéticos, y, por consiguiente, como el arte de ruptura con el realismo, en el que observamos una profunda renovación del lenguaje poético, en este sobresale el adjetivo ornamental. Sin olvidarnos de lo sensorial, imágenes visuales, auditivas, táctiles.

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Ensayo

Literatura, música, folclore

 Literatura, música y folclore. Lo que se entiende por el binomio “Literatura-folclore”, se concreta en tres apartados: la danza, lo literario y lo musical. Los tres forman un todo para alcanzar la perfección, que es lo que llamamos “literario”. En la Edad Media y en el Renacimiento “los cancioneros” se estudian en los Conservatorios, como obras musicales, después como obras literarias. Música y letra no nació, al principio, con un fin literario expreso sino para ser acompañado por la partitura, de ahí que el ritmo sea fundamental.

            La geografía, el clima y las personas se relacionan y estimulan. Así como el devenir es también capital ya que “el arte popular” cambia a medida que los hábitos y la mentalidad de la Sociedad se manifiestan de otra forma. Tiempo y espacio, por tanto, son fundamentales en lo folclórico. No existe una gradación porque tan folclórico es la sardana catalana como la copla castellana, la “muñéira” gallaga, la jota extremeña, como las diversas formas andaluzas. Si nosotros separamos los tres conceptos, nos queda la poesía popular. Estamos ante la creación literaria, sin que desaparezca lo musical o el verso. Es lo que hacen, por ejemplo, Federico García Lorca y Rafael Alberti.

            Si obviamos los efectos musicales del verso o las aliteraciones, literatura-música han estado relacionadas. La poesía lírica fue cantada, acompañada de un instrumento: la lira. En el género dramático, la música y las funciones del coro eran factores capitales para el desarrollo de la obra artística. El canto, la canción como base para el desarrollo de la literatura y la música.

            Dámaso Alonso señaló lo musical en los versos de Garcilaso: “en el silencio sólo se escuchaba / un susurro de abejas que sonaba”. O el famoso dístico, “un no se qué / que quedan balbuciendo” en que lo musical se trasluce claramente.

            Pérez de Ayala, en sus novelas, Tigre Juan y El curandero de su honra, sustituye la estructura narrativa en capítulos por una estructura musical. Tigre Juan consta de dos partes: “Adagio” y “Presto”. El curandero lo divide en  “Presto”, “Adagio”, “Coda” y “Parergón”.

            Pérez Galdós en el cuento “Una industria que vive de la muerte. Episodio musical del cólera”, desgrana el concepto naturaleza / arte como palabras que están en el mismo campo semántico de ruido / música. Lo musical de los martillazos para construir los ataúdes están como veteados de silencio. El martillo desprende música, incluso dice el narrador, es superior a las notas musicales de grandes creadores como Haendel, Palestrina o Mendelsohn. La hipérbole va mucho más allá de lo que espera el lector.

            Gerardo Diego escribió de los Nocturnos para piano de Chopin. A la vocación poética del poeta se unió la de la música.

            Una obra más actual como Cuaderno de Nueva York de José Hierro desprende musicalidad en su totalidad. El poeta ha manifestado que “la poesía es como la música. No es que la gente no le guste, pero no todo el mundo sabe leerla, al igual que no todos saben leer partituras. Por ello es muy importante que la poesía llegue al público a través de la voz, leída. Porque la poesía se entiende cuando se escucha”[1]. En fin, ejemplos se pueden encontrar a raudales.

            En un primer momento, los cantos, los cuerpos adornados, pintados fueron la base, al son de un ritmo musical para imitar a la naturaleza en todas sus formas, ya sean las hazañas del hombre en la caza, en la guerra, ya con cultos a las fuerzas como el fuego o a las divinidades con los himnos sagrados. Las fiestas dionisíacas dieron origen a la tragedia griega, al teatro, e incluso su imitación a la ópera moderna. Con el tiempo todo se fue trasformando. La expresión cantada al compás de un instrumento adquirió otra forma con el invento de la palabra escrita. Durante mucho tiempo lo literario permaneció unido a lo musical, léase los cantos homéricos, los fúnebres, los épicos, los romances cantados, las canciones de los canta-autores de protesta o amor, casi siempre sacados de la propia literatura.

            Vázquez Montalbán, representante del llamado grupo poético de los “novísimos” o de los “70” destaca que “cine y canción se han alimentado de literatura. Hora es ya que la literatura se alimente del cine y canción. Los programadores de divorcio entre cultura de élite y cultura de masas morirán bajo el peso de la masificación de la cultura de élite”[2].

            Finalmente, el crítico Federico Sopeña Ibáñez cultivó diversos aspectos de la historia de la música. En concreto tiene un  ensayo Música y Literatura en el que aborda esta dualidad.

[1] Declaraciones de José Hierro en el diario El País. Madrid, 10 de diciembre de 1998, pág. 38. Al año siguiente hizo otras declaraciones en la misma dirección: “Para mí es muy importante la música. Y no sólo la música. Todas las artes han querido integrarse siempre en una sola cosa. Por eso la poesía ha de tener el volumen de la arquitectura, el color de la pintura y el tiempo de la música, no sólo la musicalidad, es algo más, es ritmo” (El País, 28 de marzo de 1999, pág. 33).

[2] VÁZQUEZ MONTALBÁN, M., “Prologo” en Baladas del dulce Jim de A. M. Moix”. Barcelona, El Bardo, 1969

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Literatura y pintura

Literatura y pintura. En la tradición helénica hubo una relación entre la poesía y la pintura; ambos términos se intercambiaban. En Horacio podemos leer “Ut pictura poesis”. De la misma idea participa Simónides: “La pintura es una poesía muda y la poesía, una pintura parlante”. Así permaneció lo pictórico, lo plástico para la posteridad. Tampoco es incompatible con la opinión de Welleck-Warren que defiende: “las diversas artes-plásticas, literatura y música-tiene cada una su evolución particular, con un ritmo distinto y una distinta estructura interna de elementos”[1].

            Los poetas simbolistas consagran la dualidad literatura-arte. Baudelaire escribe que “la sed insaciable de todo lo que está más allá, y que revela la vida, es la prueba más evidente de nuestra inmortalidad. A la vez, por la poesía y a través de la poesía; por la música y a través de la música; así es como el alma entrevé los esplendores situados detrás de la tumba”.

            La mutua relación es entrevista como necesidad para llegar mejor a la obra artística. Algunos escritores se han basado en cuadros para sus composiciones. El ejemplo más nítido en el siglo XX es Miguel de Unamuno con su obra El Cristo de Velázquez  con más de tres mil versos. O el de Rafael Alberti A la pintura. Poema del color y la línea. Una obra maestra en este género.

Pongamos, por ejemplo, los siguientes versos extraídos del poema dedicado a Zurbarán: “Pintor de Extremadura, en ti se extrema, / dura y fatal, la lidia por la forma. / El pan que cuece tu obrador se quema / en el frío troquel que lo conforma. / Gire en tu eternidad la disciplina / de una circunferencia cristalina”. El propio Picasso, además de pintor, se conoce su faceta de poeta; aspecto que podemos observar en la revista La Gaceta de Arte[2].

            Sonetos de Manuel Machado basados en cuadros de Fray Angélico, Goya, Velázquez que podemos leer en su libro Apolo, donde viene a explicar poéticamente una serie de cuadros concretos. Así en el retrato de Felipe IV de Velázquez, leemos: “Es pálida su tez como la tarde. / Cansado el oro de su pelo undoso, / y de sus ojos, el azul, cobarde”.

            José María Pereda, Pérez Galdós, P. Antonio de Alarcón, Gabriel Miró se han basado, también, en cuadros para llegar a sus descripciones de otras épocas.  En este último, su novela raya lo impresionista. Díez  Echarri  y Roca  Franquesa lo define como “un pintor, de enorme fuerza plástica, de rica paleta llena de color y de luz mediterránea. La luz en él lo invade todo, y con tal intensidad y profundidad que el escritor se ve apurado para darle cabida en el estrecho límite de sus cuadros, debiendo por lo tanto proceder a una selección en aquella catarata lumínica que se le mete por la retina. El crítico José Casalduero observa una cierta influencia del cubismo pictórico y la poesía del poeta de la Generación del 27, Jorge Guillén.

Por otra parte, la idea horaciana “la poesía como la pintura”, aunque en menor medida, también, se ha intentado; es decir, la literatura convertida en pintura[3]. Antonio Machado también se ha hecho eco de la relación de la palabra con la pintura y la música. Escribió el poeta en La Voz de Soria: “Rehabilitemos la palabra en su valor integral. Con la palabra se hace música, pintura y mil cosas más; pero sobre todo, se habla. He aquí una verdad de Pero Grullo que comenzábamos a olvidar”.

            Emilio Orozco ha trabajado en la relación entre mística y pintura. Recordemos, finalmente, cómo Aristóteles reparaba ya en su Poética  en las afinidades existentes entre pintura, música y literatura, a las que consideraba partes constituyentes de un mismo


[1] Wellek-Warren, Teoría literaria. Madrid, Gredos, 1959, pág. 161

[2] Los promotores lo escribían todo con minúscula, incluso el título de la revista.

[3]  Wellek y Warren, sin embargo, manifiesta que es posible que se exagere el grado de representación visual en la lectura de la poesía, aunque hubo épocas en que se ha obligado al lector a ver.

Ensayo

Antonio Machado entre la literatura y el periodismo

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Antonio Machado. Entre la literatura y el periodismo

Hace ya dos años que publiqué la relación entre literatura y periodismo en la obra de uno de los egregios pensadores del siglo XX: Antonio Machado.

         Intenté buscar, indagar, imbricar los dos términos en los que se hallan trozos de vida, retazos de pensamiento. La defensa de que  los textos bien escritos son una forma más certera de mirar el mundo se hacen realidad en este ensayo. La libertad de conocer, de expresar, de discutir libremente son puntos de los que me valgo para defender la dicotomía de las que llevo ya miles de páginas escritas. En expresión unamuniana “tened fe en la palabra, que es cosa vivida”. De alguna forma, en el libro revolotea la idea del que fue Rector dela Universidad de Salamanca.

         El primer punto que abordo es el Machado que conocemos, que titulo como “Panorámica”, pero que aporta conceptos que probablemente estaban ya en el desván, que ahora reverdezco por su importancia. Así cuando escribo que algunos críticos han ido muy lejos al encuadrar  a Antonio Machado solo como poeta romántico; Vicente Gaos no tiene dudas: “Antonio Machado es un poeta romántico y eso es todo”. Antonio Machado al referirse a Soledades, en 1917, pensaba en la poesía “como una honda palpitación del espíritu: lo que pone el alma, si es que algo pone, o lo que dice, si es que algo dice, con voz propia, su respuesta al contacto del mundo”. Ángel González lo llama “un verdadero romántico”. Ramón de Zubiría es de la misma opinión: “Machado fue, pues, un gran admirador de los románticos”.

     Eugenio de Frutos ha resaltado del poeta su forma de ser, el tiempo en su obra, el entorno y la educación que recibió de su padre y de la Institución Libre de Enseñanza como manantiales para sustentar su obra. Cada cual, en fin, se ha creado un Machado-como nos recuerda Valente- apócrifo a la medida de sus necesidades. Pero su grandeza como poeta “estriba, sobre todo en el dominio de la palabra y del arte con que supo combinarlas”.

      Después abordo la obra literaria del poeta desde almenas subjetivas, pero esclarecedoras no sólo para el investigador sino también para los lectores. Ahondo en esas galerías del alma con diáfanas palabras en las que el didactismo se hace realidad ya que es el común denominador de todo el libro, y además he pretendido que el ensayo se lea como un cuento, como una novela, de ahí ese estilo sencillo, ameno con que enhebro sus teorías machadianas bien cimentadas con el rigor investigador. Por ejemplo, expresiones como  que Soledades. Galerías. Otros poemas se puede considerar como “la máxima expresión del simbolismo hispánico”, o “su verso es su propia voz”-referida a  “no sé si el llanto es una voz o un eco”,a distinguir me paro las voces de los ecos”-. Es el Machado en un laberinto de espejos, quizá trascendidos e influenciados por la estética de Krause. Todo un paso hacia la luz, hacia la conciencia. Es el problema existencialista del que dieron cuenta a principios de siglo tantos intelectuales, no muy lejos del dístico “y me detuve un momento, / en la tarde, a meditar”.

         Pero el logotipo de Machado es Campos de Castilla, primera edición, agosto, de 1912, dedicado “a mi Leonorcica del alma”; algunos poemas son una verdadera poética, una encrucijada. Si el poeta se entrega a lo exterior es por una necesidad interior que le impele, que le fuerza, que le golpea. Es el pensamiento y el corazón unidos. Insisto mucho en este aspecto. Pero donde  me yergo para su evocación es cuando ya en el apartado segundo me refiero a la colaboración periodística de Machado del período 1934-1939, que corresponden a los sueltos de “Juan de Mairena”, dignos de ser imitados por los que se forman en las Facultades de Ciencias dela Información, y, sobre todo, en el poema que Antonio Machado leyó en la plaza Castelar de Valencia: “El crimen fue en Granada. A Federico García Lorca”, del que extraigo la primera estrofa:

 Se le vio, caminando entre fusiles

por una calle larga,

salir al campo frío,

aún con estrellas, de la madrugada.

      Lo más novedoso del ensayo es lo que se ha publicado en periódicos y revistas después de la muerte del poeta. En esta parte se conjugan la información y la investigación. El libro termina con los homenajes que se han realizado a Antonio Machado desde1939 a 2007. El último, el día 19 de junio de 2007 en la Biblioteca Nacional de Madrid. La colocación de la cabeza del poeta-del escultor Pablo Serrano- en los jardines dela Biblioteca supone un agradecimiento a su obra poética y a su persona.