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Al nombrar la novela nos vendrá una época llena de esplendor ; son los míticos años veinte no solo económicamente en EE,UU., también culturalmente. Por otra parte, esta novela ha pasado como la cima, como lo mejor de Scott Fitzgerald; además es considerada como la segunda en lengua inglesa tras Ulises de James Joice. Poco importa lo que se diga si no las leemos tanto una como la otra. Sin duda, más difícil la irlandesa. La eclosión cultural también se dio en Europa, pero añadamos, al mismo tiempo, la represión política, aspecto que se deja entrever en la novela; aun así es «un retrato magistral de las paradojas y contradicciones de los años veinte, una de las décadas más completas y fascinantes del siglo XX en los Estados Unidos», pág,13. La frase acuñada del sueño americano reverdece. Sueño o mentira ha quedado para la posteridad.
Si en los EE. UU sobresalen en el año 1925 El gran Gatsby, Manhattan Trasnsfer, Una tragedia americana, en el año 1922 se alzan en Gran Bretaña The waste Land y Ulisses. Años en los que se tendrán en cuenta para configurar desde otra vertiente el Modernismo. Por otra parte, el autor llegó a escribir que El gran Gatsby «bien podría ser la mejor novela escrita en EE. UU.», pág.73). Sin duda, fue consciente de este pensamiento aunque tardara en obtener esa montaña en la que soñó. Y todo con ese nuevo alborear de la novela de principios de siglo; una estética impregnada de poesía, de verdad.
El poder del dinero, la frustración que conlleva si ves a unos que se sientan sobre los demás y son amos incluso de las relaciones humanas, es algo que se percibe y aplastan las ideas más novedosas porque sin dinero te ves hundido y la soledad te embarga. Y como guardián el tiempo tan importante para el personaje que abarca todo y quiere asirlo. La opulencia y la miseria humana se dan la mano en esa dualidad entre el Este y el Oeste de los EE.UU. («Hay algo cierto y nada más cierto hay, / el rico se carga de oro y el pobre de…criaturas /mientras tanto, /entretanto…», pág.268). La mitificación nos conduce también al fracaso, a la imposibilidad, al contraste. Es el retrato de una sociedad en un momento dado pero que proseguimos revistiéndola con todo esplendor, por eso decimos que el personaje Gatsby trasciende, precisamente porque detrás el autor ha sabido ocultar datos tal vez para que los/as lectores seamos copartícipes de hechos que nos vengan a la memoria. Choca, asimismo, que mientras las personas se entregan a las diversiones(» La mantengo siempre interesante , día y noche. Gente que hace cosas interesantes. Celebridades», referida a su casa.) en el personaje primordial está como ausente, como si la soledad le pudiera más; en esa dualidad pervive y contempla. Tal vez sea el no saber a dónde nos conduce la condición humana y al apremiar el tiempo damos suelta, al instante, a la diversión, aunque al final caigamos en la cuenta de la pérdida de la ilusión como si hubiera sido un sueño. El polvo eres y en polvo te convertirás resuena en el espacio. Los símbolos perviven («Cuando el tren pasó por los montículos de cenizas aquella mañana…»). El contraste con la fastuosidad, el frenesí, el encanto son nítidos.
La primera vez que leí la novela, hace mucho tiempo, me sobrecogieron las primeras líneas que siempre he tenido en cuenta, pero no siempre con acierto, y fue el consejo que le dio su padre: – «Cuando te apetezca criticar a alguien-me dijo-, recuerda que no todo el mundo ha tenido las mismas oportunidades que tú», pág. 163. Ese es un defecto mío: ser exigente con los demás aunque no lo manifieste por respeto y dignidad; la persona está por encima de todo, más allá de sus cualidades o torpezas. La tolerancia es una virtud del género humano. Debemos intentarlo. En cuanto a si es una novela magistral o el paradigma de novela americana («una obra maestra por su perfección formal como por los temas en que profundiza» pág.135), como tantos la han bautizado, no debemos quedarnos con visiones alicortas eres tú quien al desbrozar la lectura el que debes corroborarlo o no. Nos podemos preguntar si la novela se queda solo en ese ambiente americano o va más lejos. Si se prosigue leyendo fuera de ese entorno es porque en la condición humana subyacen las mismas frustraciones, las mismas alegrías, los anhelos sacrificados, el ansia por la supervivencia y la alegría de vivir. Pero, también, al final, quedas en suspenso como si todo ha sido vano, cáscara sin más, o esa palabra que lo abarca todo: el desencanto. El «sé tú», tantas veces repetido, tiene que prevalecer. Recuerda siempre que todo texto y más si es clásico tal vez tenga varias lecturas. Elige la que llegue a tu pensamiento. y si tienes tiempo relee. Las últimas hojas te quedan como absorto; enaltecen las palabras.
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Scott Fitzeral, F El Gran Gatsby. Madrid, Cátedra, 2021
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El teatro y la poesía son dos vectores esenciales en la literatura; sin ellos está como cojitranca. Es más, el buen teatro está revestido de poesía; su carencia lo achanta. Estas piezas teatrales contribuyen a expandir los primeros balbuceos de lo que será la base del gran teatro que quería romper moldes.
Es difícil hablar o escribir de Lucas Fernández, cantor de la catedral y abad, sin que nos venga a la memoria el otro salmantino, llamado el patriarca o el maestro: Juan del Encina. Así se va construyendo la historia; no es el momento de decantarnos por lo que se ha escrito de ambos, más allá de que perviva la palabra imitación y que, tal vez, sin Juan del Encina no estaría en el grado superior con que todavía se tiene al todopoderoso en Salamanca si nos referimos a lo que concierne a la música religiosa y la catedral de Lucas Fernández; sin entrar en detalles, que nos llevaría lejos, son distintos en aspectos fundamentales.
En cuatro apartados configuran los editores la introducción; Vida y semblanza literaria de Lucas Fernández (1474-1532), El primer libro de teatro de la literatura española :Farsas y églogas (1514), El mundo simbólico y literario de Lucas Fernández y La puesta en escena del teatro de Lucas Fernández.
La puesta en escena del teatro de Lucas Fernández comprende cuatro apartados (Lengua y gramática sayaguesas, Salamanca y la tradición teatral, Puesta en escena de las Farsas y églogas, Historia escénica contemporánea del teatro de Lucas Fernández). Sobre la lengua ya expertos dialectólogos han dejado su impronta y, sobre todo, su saber, por lo que los editores nos la han recordado con acierto. Lo mismo realizan en el apartado «Salamanca y la tradición teatral» en el que el común denominador es la iglesia, su entorno y la música sirve como espejo de lo literario. Aunque breve pero esclarecedor la «Puesta en escena de las Farsas y églogas» nos conduce a lo que percibo se desenvuelven mejor: «Historia escénica contemporánea del teatro de Lucas Fernández». El retrato en los siglos XX y XXI es un alarde de llegar a los lugares más recónditos en los que fue representado junto con otras obras clásicas. Desde luego es abrumador y nos percatamos del buen hacer recopilador allá donde Lucas Fernández dejó huella; los datos te avasallan y decides terminar cuanto antes para leer el Teatro completo que es al fin lo primordial.
Me ha llamado la atención la puesta en escena que realiza Ana Zamora porque he sido testigo de varias de sus representaciones en las que da un matiz distinto, salvífico, viviente; va más allá de lo que espera el espectador y por eso sorprende, y sales convencido de ese espíritu que te hace decir, ¡qué bien!, y piensas: no me perderé otra representación sea cual fuere la obra. También los editores hacen hincapié en que la obra de Lucas Fernández «que tiene una mayor presencia escénica constante a lo largo del siglo XX es el Auto (o Representación de la Pasión«, incluso, se atreven a decirnos que «la primera puesta en escena de la que tenemos noticia tiene lugar el 23 de marzo de 1940 durante Semana Santa en el teatro Fontalba de Madrid», pág,72. Nada que objetar porque el estudio lo corrobora. Lo que me choca, en toda la edición, es la gran cantidad de paréntesis a los que recurren, la gran mayoría innecesarios.
Enriquecedor me ha parecido y necesario el «Glosario» así como las notas a pie de página, en concreto 699, muy bien documentadas. Son las que nos ayudan a conocer el entorno y al mejor conocimiento de las Farsas y églogas.
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Fernández, Lucas, Teatro completo (Farsas y églogas). Madrid, Cátedra, 2021
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De nuevo tenemos que recurrir a otro estandarte áureo para adentrarse en el paraíso poético. En este caso, Wordsworth, que está en ese ámbito de lo que ya ha recibido el marbete de «Lake Poets¨, juntamente con Coleridge y R. Southey. En otra expresión, el inicio del romanticismo inglés, y Wordsworth está considerado como una de las cimas de ese romanticismo. La poesía como bálsamo; dar «la palabra a la palabra» como nos dejó escrito J. Á. Valente.
Es, otra vez, la emoción hecha carne en sus versos; es el poeta que siente, el que se abraza con la naturaleza-«The calm of Nature with our restless thoughts»-, el que desprende un yo romántico para posteriormente dejarnos su testamento poético; pero no solo se inmiscuye en el entorno, también deja entrever la poesía de otros; digamos que todo ayuda para lanzar una nueva poesía. Un nuevo gozo existencial en sus experiencias vitales. Al lado, también otros poetas engrandecieron la poesía inglesa como Keats, quizá, es la mejor voz poética del romanticismo inglés de este periodo. Su pensamiento estuvo en los parámetros de la virtud, de la conducta. Uno de los axiomas: “La belleza es verdad, la verdad belleza, esto es lo que sabes de la tierra y todo lo que saber necesitas”. Si existe una palabra en la poesía de Coleridge es soñador; es el poeta enamorado de lo extraordinario; el que nos transporta a las regiones utópicas. Tres poetas esenciales en la literatura inglesa. Se puede decir que con la publicación de Lyrical Ballads por Worthwords y Coleridge se inicia un nuevo alborear.
La estructura de esta Antología está bien conseguida, que comprende introducción-necesaria su lectura- una bibliografía más que suficiente, el inmenso poema The ruined cottage, las dos Lyrical Ballads,- la primera de 1798 y la segunda de 1800-, Poems in Two Volumes, Poems After 1807. La introducción termina con la expresión «los lectores tendrán en definitiva la última palabra», pág.123. Sin lugar para la duda, somos los lectores los que hemos dar testimonio de la recepción de la obra literaria porque ya nos pertenece una vez adquirida y leída. Lo primero que leí del poeta fue Tintern Abbey. Me encantó, y ahora, de nuevo, inmerso en estos poemas que te apabullan en este tránsito existencial en el que estamos abocados y en el que solo debes elegir el camino; el poeta te advierte sin más en el que la naturaleza se convierte en tu compañera- y cómo no las lecturas- para que no te desvíes del camino que añoras o quieres recorrer.
No se puede poner en duda, después del esfuerzo, de que «es la más completa antología bilingüe en edición crítica que se ha llevado a cabo en lengua española hasta la fecha», pág. 117; se reconoce la labor de los que le han precedido en verter al castellano la obra del poeta. Lo que no me parece adecuada es la afirmación » la todavía extensa laguna en lo que respecta a su conocimiento», pág.118; aunque sí, en que es «uno de los grandes poetas de todos los tiempos». Tal vez se ha ido demasiado lejos cuando se escribe: » viene siendo considerado el tercer componente de una gloriosa trinidad constituida por Shakespeare, Milton y el «padre de la poesía romántica»; en esta tríada también hay que añadir a Keats, «aquí yace/ uno / cuyo nombre fue escrito en agua», como reza en su tumba; también a mí me lo parece como a parte de la crítica más exigente, claro sin quitar un ápice a Wordsworth. Bien es cierto que el editor tiene palabras elogiosas al referirse a Keats: «uno de los más grandes artífices de la palabra en lengua inglesa», pag. 77.
Es notorio la universalidad de Wordsworth. No sé si se ha ido demasiado lejos cuando Gonzalo Torné manifiesta: «de manera que cualquiera que escribe o lee poesía, lo sepa o no, la lee y la escribe wordsworthizada». Y Chesterton «nos asegura que leerlo se parece a beber al alba, entre montañas, nada menos que una copa de agua». Wordsworth supo aunar la naturaleza como esplendor y la capacidad del poeta para asimilarla y entregarla a sus lectores. De estos se ha recogido incluso que su poesía «les ha sacado de una cárcel oscura y les ha conducido hacia la luz de la liberación».
La grandeza de su imaginación reside en las tantas veces repetida su concepción de la poesía: «Poetry is the first and last of all knowledge; it is as inmortal as the heart of man».
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Wordsworth, W., Antología poética. Madrid, Cátedra, 2021, 732 págs.
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Sin duda, como reza la contraportada, «esta antología quiere ser una invitación a leer poesía». Y de hecho es como un diccionario de las mejores poesías a las que de vez en cuando debemos recurrir y sobre todo en los tiempos convulsos o nebulosos.
Son 265 poetas los que coronan el esplendor de las letras hispánicas; espero que en una próxima edición al menos haya 266. A mi parecer, falta Luis Chamizo. Aunque solo fuera por su El miajón de los castúos es digno de figurar en esta antología. Este año se celebra el centenario de su publicación. Consiguió con su obra una arqueología dialectal poderosa en la que supo activar la función de escucha; así lo entendió el poeta de Guareña. Se acercó a las voces de las gentes, incluso a su silencio, pero también a las cosas, a la naturaleza.; esta tríada está muy presente al crear la necesidad de la palabra en una época determinada y lugar.
El antólogo pone hincapié en la idea de Northrop Frye: la recepción de la obra. Este concepto es clave para acercarse a una lectura que nos llene, nos purifique, nos sirva para volver a la relectura y más en el género poético si queremos llegar a la cúspide del término clásico. Sin olvidarnos que ya los textos poéticos pertenecen a los/as lectores, son los artífices del concepto clásico, en definitiva de la transmisión urbi et orbi, bien oralmente o por la escritura.
En la introducción del antólogo podemos leer las circunstancias que le llevaron edición tras edición a la selección de los poetas; en la primera de 1998 fueron 189 poetas y 628 poemas. En la última, decimocuarta edición 265 poetas y 990 poemas. Incluso el antólogo se atreve según W.H. Auden a recordarnos que «una señal de que un libro tiene valor literario es su capacidad de ser leído de varias maneras distintas». Libertad, por tanto, a la hora de comenzar la lectura de esta obra colectiva.
Bienvenida sea esta antología que comprende desde las Jarchas al último vendaval poético del siglo XXI. Una buena razón para enfrascarnos este mes de septiembre en la poesía.
Antología Cátedra de Poesía de las LetrasHispánicas. Nueva edición. Madrid, Cátedra, 2019, 1341 págs.
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El silencio incomprendido de la poeta Elizabeth Barrett Browning, en parte del siglo XX, le hace más grande en el siglo XXI; nos tenemos que felicitar porque su poesía esté, hoy, en la cúspide de la poesía inglesa. Ante la poesía hay que estar genuflexos, así de nítido.
Me alegra que el editor nos recuerde no solo la ignorancia sino el desprecio con que Borges abordó a una de las mejores poetas
en lengua inglesa en el Curso de literatura inglesa que impartió en la Universidad de Buenos Aires en 1966. Fueron 25. Con estas, volví a leer la número 18 («Vida de Robert Browning. La oscuridad de su obra. Poemas») y la clase 19 («Poemas de Robert Browning. Una charla con Afonso Reyes. The King and the Book»). El curso entero se puede leer en el libro Borges, profesor, 2002. Sin duda hay que agradecer a los editores Martín Arias y Martín Hadis por el arrojo que tuvieron al analizar el curso. Parece como si todo lo que viene de este autor y otros hispanoamericanos fuera intocable. Quitemos máscaras. No vale decirnos que se debió a uno de los «manuales literarios tradicionales» que consultó, y más cuando fue elegido para impartir estas clases por su declaración: «Sin darme cuenta me estuve preparando para este puesto toda mi vida» cuando otros mandaron «minuciosos informes». Para los detalles sobre este asunto es imprescindible la lectura de los editores Carme Manuel y José Manuel Ariza (las páginas 9 y 10 son obligadas). Dicho esto, yo sí me he leído el extenso poema narrativo, como hice en todas las clases o conferencias que impartí, y eso sí, nunca hablé o escribí de «oídas» como hacen muchos/as y encima cobran.
La mejor definición de Elizabeth -apunta el editor- salió de su pluma: I am «little & black» like Sappho and attendant the inmortality , pág.16. Su inmortalidad la ha conseguido cuando, todavía, se la incluye en la poesía esplendorosa de la lírica inglesa. El consenso de la crítica más exigente ha dictado que es la poeta en lengua inglesa más importante del siglo XIX. La luz poética no se apaga, emerge sin más. Y la de Elizabeth ha prendido como una luciérnaga, como cirio perenne. Y ahí está, en el mismo pedestal que los Chaucer,Shakespeare, Milton, Wordsworth, Keats, Byron, Blake, Emily Brönte.
El libro está conformado por nueve cantos con 10398 versos, publicado en 1856. Ser mujer no le impidió llegar a la más cúspide poética, y el poema se convirtió en el «más sobresaliente de toda la literatura inglesa sobre lo que significa ser mujer y creadora», pág.65. La cultura que poseía la poeta se percibe en sus versos en los que se puede observar ese acervo cultural con el recuerdo de textos latinos, griegos, bíblicos, italianos, franceses y, claro, ingleses. Fue una mujer culta. Pero, por encima de todo, está el que el amor no puede estar reñido con las dotes naturales de ser mujer y poder ventearlas sin que haya obstáculos. Es la independencia de la mujer, el tener un cuarto propio. Una forma de entender la mujer independiente sin cortapisas. El entusiasmo a mediados del siglo XIX fue de exaltación; sin duda entre mujeres («fue devorada y tenida como libro de cabecera por inglesas y norteamericanas hasta principios del siglo XX», pág. 67). La crítica se rindió al catalogar al poema como «el más extraordinario en inglés». Bien es cierto que luego vino el silencio hasta los años setenta que volvió a reverdecer. No importa si Aurora Leigh es, en parte, autobiográfico o no; probablemente haya trazos de biografía, pero lo más importante es cómo una mujer puede crear lo mismo que un hombre. La capacidad no tiene géneros.
Los nueve libros son un canto a lo humanístico, aquello que no debemos perder. Da igual que la nombremos como novela sociológica o un grito necesario en versos blancos en la esplendorosa época victoriana. Estamos ante la dualidad que se aúnan vida y arte. Y esto es lo que desarrolla: la historia de esta mujer huérfana en la que subyacen sapiencia y un hondón intrahistórico religioso. A su vez rechaza la proposición amorosa de un pariente. Ante esta situación, Aurora se marcha a Londres para ganarse la vida con la escritura. También fracasa Romney al querer unirse con Marian. El reencuentro entre Aurora y Romney hace posible un paraíso ya sin la fuerza primigenia,
En el primero se narran los primeros veinte años de Aurora en 1145 versos. Nos advierte de la necesidad de relatar su vida («Escribo cuando todavía soy lo que se dice joven: / las cosas de las que partí en mi viaje / tierra adentro en la vida no me quedan tan lejos / que no oiga ese rumor del lejano Infinito…»). E inmediatamente, ya en lo primeros versos, sentimos acercamiento ante un padre viudo ocupándose de una niña sin madre con cuatro años. Su ternura fue tan grande que hizo grabar en Santa Corce de Florencia: «Llorad por una niña que era pequeña todavía / para llorar cuando la muerte le arrebató a su madre». Y ya con trece años, sin padre, recordó lo que había aprendido : «dolor y amor». Su últimas palabras no dejan dudas: » ´Ama, ama, ama´ antes de que cesaran sus últimos dolores. / Ama, hija mía´´. No pude ni contestarle». Enviada a Inglaterra con una tía paterna nos recordará ya casi al final del libro (» El verdadero amor ama quien vive la vida verdadera», v. 1067). En los versos anteriores hace un canto a los poetas como los dadores del bien (» los únicos voceros de esa esencial verdad, / no de verdades relativas ni por comparación….v. 860-1″). El final está revestido de ese cristianismo que rezuma toda su obra; aquí, en concreto, el Génesis y Mateo: «Como al principio, cuando Dios lo vio todo bueno, / a pesar de que el mal ya estaba cerca, según las Escrituras / también sobre nosotros, que vemos la bondad y la belleza/ de las cosas, se cierne el mal mientras hablamos / Recemos líbranos del mal».
El libro segundo es la onomástica de sus veinte años («Otros tiempos vinieron. Y llegó una mañana / en la que a punto de cumplir los veinte, / mirando hacia adelante y hacia atrás / me vi mujer y artista: ambas cosas a medias, / y en ambos casos convencida de serlo plenamente»). Y la poesía como centro, como auriga para adentrarse en la espiritualidad; y eso sí, quiere ser ella y menos aceptar los entresijos que había para casarla. Lo vio como caridad y eso no, y no. Su vida, su ilusión, su alma, vale más que todo eso. Luchará por ser ella, por vivir de su trabajo y no depender de nadie. En los primeros versos ya lo deja nítido: ( «pero yo indigna de unos y de otros, / tengo otra idea del amor. Adiós, v. 406. por mi parte, no soy lo bastante sumisa / para ser la doncella de una esposa legal. / ¿ Me tomas por Agar?», v. 411-13. «Yo nací para andar otro camino, querida tía, distinto al suyo», v.580. «Si con él me casara, / no osaría siquiera decir que mi alma es mía, v, 785-6. «Déjame, pues, crecer / tras este seto mío al borde del camino y sigue el tuyo», v.850-1).
En el libro tercero vemos a una escritora con renombre, que la crítica ha sido buena, que el camino es ese. Sus lectoras y lectores la han acogido como algo excepcional. Pero ansía algo más, en una nueva creación que la columpie, que acoja otros aires. Llama la atención la visita de una desconocida para Aurora, y de sopetón le dice que está enamorada de su primo, pero que este quiere casarse con una mujer de clase muy baja socialmente. Pide ayuda a Aurora para que haga lo posible para que la boda no se lleve a cabo; la respuesta al principio es no, pero posteriormente lo acepta y sale en la búsqueda de Marian, que así se llamaba («La miré a los ojos y le agarré las manos / y dije: ´soy su prima, prima de Romney Leigh; / y he venido también a ver aquí a mi primo», v. 802-4) ; es cuando conocemos los barrios deplorables, las capas más ínfimas de la sociedad victoriana de Londres. Aquí el relato se aúna y percibimos que detrás de Marian puede estar ella misma; se apodera de vivencias ajenas que también son suyas. Es una atalaya para escudriñar el mundo de la mujer en lo que se ha llamado una época esplendorosa de la época victoriana. El final de este libro no es otro que la búsqueda de un empleo para Marian («él la envió a un taller de costura famoso», v.1231). Una forma de separación, pero ganándose la vida, muy lejos de lo que quería su madre; venderla a la prostitución («el señor es muy bueno / y pretende ayudarnos y ocuparse de ti «, v.1056-79); es cuando ella huye y grita: «Dios, líbrame de mi madre) y desquiciada después de tanto correr se desmaya, cae en una zanja; pero faltaba el carretero que la encontró «en una fosa a la luz de la luna»; llevada al hospital se recupera («qué enfermos hay que estar para que los demás nos traten con justicia», v. 1120). La visita de Romney fue decisiva para que le encuentre un taller de modista; entre hebras iba consumiendo su vida («Y, dando la puntada, daba en pensar en qué cara tendría Romney / y si se acordaría de ella / cuando los dos volvieran a reunirse después de muertos», v. 1243).
Con el libro cuarto , además de proseguir con la historia de Marian y los pormenores sobre el amor entre personas y el amor al necesitado asistimos al día fijado para la boda. Al final no se pudo celebrar. Romney cuenta a los invitados que Romney le ha dejado. Marian no se presenta a la iglesia. ( «No hay boda, ella me deja, / ella se va, ella desaparece, / y yo la pierdo. Pero yo nunca pretendí forzar un sí», v. 805-8). En la carta que escribe manifiesta que no se puede casar debido a las diferencias entre uno y otro socialmente y económicamente. La desolación se percibe entre los invitados. En el libro quinto hallamos reflexiones sobre la poesía general y el sitio de Aurora como poeta en el que el espíritu debe primar para conseguir el arte que vivifica. Termina con un canto fervoroso a Italia («Y ya voy de camino, Italia mía / colinas mías. ¿Me sentís colinas…..?, v.1265-6). El libro sexto con los versos («Un desdeñoso modo insultar tienen los ingleses / de acusar de ligeros a los franceses»). Es Aurora en París camino de Italia. Aurora prosigue con la máxima de que el artista debe buscar también la belleza en lo nimio, incluso en el espíritu de las personas que viven en la miseria absoluta; da por hecho de que lo más fácil es buscar esa belleza en la naturaleza, tan común. Sorprende el tropiezo de Aurora y Marian en las calles parisinas, y más si cabe cuando al decirle que podían vivir juntas, Marian le responde que debe volver a casa. Aurora la acompaña. Al llegar observa a un niño durmiendo. Marian le explica que ha sido fruto de una violación; le cuenta su vida hasta el más mínimo detalle; Aurora se estremece y el lector queda en suspenso a la espera de ver luz en los próximos libros.
Lo primordial del libro sétimo es la aceptación de Marian a la propuesta de Aurora de que marchen juntas a Italia y así el niño tenga dos madres. Antes, Marian le había terminado de contar la vida dura y llena de calamidades por las calles de París. Al llegar a Florencia se instalan en una casa grande con vistas preciosas. Se da cuenta del éxito de la poesía de Aurora, de que el arte triunfa y que la crítica la ha acogido como una de las grandes poetas en lengua inglesa. Mas los recuerdos le conducen a la melancolía. Es en el libro octavo cuando aparece Romney; Mirian juega con su hijo y Aurora está sentada con un libro, ya tiene treinta años. Romney le muestra su alegría por su último libro, pero Aurora rechaza el elogio; en el fondo piensa que ojalá hubiera sido mucho antes; ambos se desnudan intelectualmente y perciben que el fracaso ha sido de los dos; ahora es cuando se dan cuenta de todo, y quizá hayan sido los culpables de tantos males como han ocurrido en tan poco tiempo. En el último libro, el noveno, hallamos un final inesperado, pero, al mismo tiempo, fructífero y lleno de sabiduría, de entrega, de amor; o, tal vez, la necesidad de que nos quieran sin que se pierda el yo.
Elizabeth no quiso ser muda; su conciencia le permitió airear el sufrimiento de la mujer ante la sociedad hipócrita y santurrona; el no callemos le salía del alma. El tema en sí no es nuevo; la conjunción entre realismo y idealismo es, en definitiva, lo que soñó; por eso el final de esta magnífica obra se augura una nueva sociedad, la nueva Jerusalén, tan esperada en las personas de buena voluntad (» y derriba los muros entre clases, igual que los de Jericó / al otro lado del Jordán, clamando desde lo alto de las almas / a las almas que, congregadas aquí, en los llanos de la tierra, / puedan alzarse a una eminencia más pura / que las más altas nubes que vemos desde aquí», v. 931-936 del último libro). Y el último verso como corona («y todo lo demás en su orden: lo último una amatista»).
Y sin lugar para la duda, como han resaltado los editores, el poema Aurora Leigh es «uno de los más extraordinarios de la literatura universal de todos los tiempos», pág.91. Siempre estará en la memoria de los lectores para volver a comenzarlo. Y una ayuda grande para una mejor comprensión de este poema narrativo son las 1.100 citas a pie de página que sorprenden ante este trabajo arduo, fructífero con una riqueza cultural que hacía mucho tiempo que no leía.