Teatro

Relectura de dos obras dramáticas de Martín Recuerda

Recuerdo del dramaturgo Martín Recuerda precursor de tantas cosas que nos alucinan, hoy todavía, al releer El engañao  y  Caballos desvocaos. No estaría de más que en estos días nebulosos se leyeran estas dos obras; quizá se encuentre la luz que necesitamos.

A los que nos gusta enhebrar el pasado con el presente, los que sentimos el diálogo como “único vehículo para esclarecer acontecimientos – qué lejos están aquellos que se arrogan un falso y único saber literario enquistados en sus propias ideas-, me alegra que Martín Recuerda nos refresque nuestra mente, nos muestre otro enfoque de las cosas. Con El engañao, el dramaturgo nos descifra la terrible paradoja de la otra cara del Imperio. ¿Qué cara del Imperio es esta? La de los muy pegados a la tierra. La de los que no quieren o no pueden soñar con tanta grandeza. En la obra subyace un grito de rebeldía ante tanta pasividad como existía en hechos fundamentales, durante el Imperio de Carlos V. Todo el teatro de Martín Recuerda golpea nuestra mente al planteamos otras formas envueltas en lucha, pasión, acción, cariño, consuelo. Todo su teatro está salpicado de ese sabor amargo de injusticia. Se observa la nota discordante de lo que conformó un periodo de nuestra historia. Para que la verdad triunfe el personaje debe morir o volverse loco, y, precisamente, en nombre de la verdad –qué paradoja-los que defienden la libertad, la justicia y la verdad sucumbirán.

Así se expresa el obispo de Granada: ha llegado el momento de tener que decirte la verdad. En este pliego redactado por varios príncipes de la Iglesia Católica no se te reconoce tu asilo piadoso, se te declaran ilegales todas tus acciones y se te desahucia de entre estas ruinas.  Estas palabras apocalípticas van dirigidas a Juan de Dios, “el engañao”, el que fundó el Hospital de todos y con él la Orden Hospitalaria que más tarde se extendería por todo el mundo. Su única deficiencia consistía en recoger todos los deshechos humanos de las guerras que sostenía el Emperador para cuidarlos, curarlos. Esto suponía  alterar “el orden” establecido pero que, en realidad, era la otra cara que no se quería ver; de ahí que doña Juana –qué gran personaje. en línea con doña Juana de Pérez Galdós en lo que tiene de defensa de los humildes, de los  oprimidos- rompa las ataduras y se decante por la labor de Juan de Dios: por eso, el obispo exclamará: su majestad nos conduce a que se dividan las ideas entre dos mundos de españoles. La contestación no se deja esperar: dos mundos siempre. Los que queremos la libertad y los que no la quieren. Desde entonces, la sinrazón. el fanatismo, la descalificación porque sí, se ha asomado en los momentos más importantes de nuestra historia.

Pero no podemos olvidar que todo el teatro de Martín Recuerda es una lucha con la España oficial y siempre al lado del pueblo que a veces ha estado cual barquilla a la deriva por las ambiciones y la ineptitud de los gobernantes: toda una denuncia nítida. 

Con Caballos desbocaos parece como si Martín Recuerda -emulando ese sentido galdosiano de unos hechos ocurridos –quisiera dejar constancia de su Andalucía; porque, aunque el tema es España desbocada, el escenario es esa siempre Andalucía trágica: a ella se entrega con ardor defendiendo la bandera verde y blanca. Efectivamente, el personaje principal, Juan, al querer ondear la bandera en el balcón del pueblo es acribillado. La maestra del pueblo se hará cargo del cadáver: “Atrás todos. Que nadie ponga las manos en su cuerpo y en esta bandera que lo envuelve. Atrás. Yo sola con él en su escuela. Que nadie lo vele conmigo. No quiero consuelo de nadie. Él y yo solos. Solos. Atrás todos. Atrás. Atrás. Atrás”.

Para analizar este período histórico se tendrá que contar, al uso galdosiano, una de las constantes del dramaturgo en sus obras; no podemos olvidar que esta obra fue escrita en 1978 y refleja los años de la pre-democracia. Se nota que desecha la España carnavalesca donde nadie sabe quién es quién para propalar la que perdona y olvida, la que quiere vivir en paz, pero enfrentándose a les corrupciones, especulaciones, terrorismo. Naturalmente que el dramaturgo quiere dar una salida clarividente al hecho histórico preguntándose qué ocurre. El disfraz, la careta tiene que desaparecer para quedarnos con la limpidez. con el rostro humano: para que la verdad, la cultura o la heroicidad no sean signo de provocación y desterremos el miedo; la cerrazón y los salvadores de turno; para que, en definitiva, vayamos con orgullo defendiendo nuestra libertad, nuestra cultura y respeto; pero, para que esto ocurra 108 caballos deben recogerse para que su furia no derrame más dolor. Esperemos que la comprensión, el diálogo nos lleve a la cúspide de la serenidad. Todo lo que ya. en su día, escribiera Galdós; su obra, todavía, sigue vigente mal que les pese a algunos.

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