Personales

Sí, soy Sor Marcela, hija del Fénix de los ingenios, 2

Me cabe hacer constar, otra vez, la nombradía de una gran mujer, excelsa, dramaturga y poeta por lo que nos ha dejado y sabemos; como también nos entristece que cientos de páginas escritas por la hija dilecta de Lope de Vega fueron quemadas por lo que pudiera pasar en vida de la escritora, por consejo de su confesor. Fue una recomendación, pero imperativa («Los libros, Madre mía, que quemaste, / vuelve a nuestra ternura, mejorados. / ¿Por qué cuando a la llama lo arrojaste /…. , conque el Etna en nosotros no avisaste? / Mas ¡Ay! que mi dolor aun no su viza / que eternices el fuego con ceniza»)- extraído de la Décima de la M. Francisca de Santa Teresa, escrita a la memoria de Marcela-. Gloria, también, a esa monja que se encargó de copiar un volumen entero, que es el que se conserva que yo sepa en las Trinitarias y en la RAE. Marcela murió el 9 d enero de 1688 a las siete de la mañana, jueves, después dwe 83 años de vida y 66 de vida religiosa.

Bajaba en coche de la sierra madrileña cuando en el programa «Hoy por hoy de la Cadena SER«, oí su nombre. No contento de lo que dijo alguien que «había descubierto»…., como si fuera desconocida; ante tal asombro me apresuré a escribir por correo electrónico al programa mostrando mi perplejidad.

No satisfecho, de nuevo, glorifico a la poeta, dramaturga y su entrega a Dios, que ya en el bachillerato se nos recordó como gran escritora y el adjetivo dilecta que se me grabó en la memoria; y posteriormente en los estudios de Filología de la Universidad Complutense. No voy a repetir las fichas que tengo de su obra que nos ha llegado, loas, coloquios, villancico, décima, endecha, romances, etc. Pero sí, una de sus obras que me impresionó por la perfección que vi representada el 25 de octubre de 1919 en la iglesia de las Trinitarias descalzas de Madrid en la calle Lope de Vega, 19; di constancia con una reseña el día 27 de octubre en este «blog literario» con el mismo título. Me refiero al Coloquio espiritual titulado Muerte del apetito, basada en los textos de Sor Marcela de san Félix; fue para mí como una delectación teatral digna de la perfección humana, jamás vista, Tampoco se me olvidará las cientos de personas que no pudieron entrar después de más tres horas esperando. La hija del más grande dramaturgo Lope de Vega, juntamente con Shakespeare, que vieron los cielos, tenía el mismo éxito que su padre. En mi caso, fui previsor y vi la representación en primera fila. Cuatro personajes fueron la delicia de aquella tarde: el alma, la mortificación, el apetito, la desnudez. Terminó la obra con las palabras de «la desnudez: «En lo que habremos errado / no habrá sino muy poquito. / Que aquí da fin el Coloquio /del triunfo de las Virtudes / y muerte del apetito«.

Por otra parte, cómo no recordar su consagración a Dios con apenas 16 años (¡Oh, santos, oh floridos desengaños!/ Pues tan hermosa virgen tierna y casta / consagra al Dios de amor dieciséis años…). El hábito lo recibió el 28 de febrero de 1621, y profesó en 1622. Allí estuvo Lope a su lado, aunque no concelebró en la misa del convento en el día más grande de su hija, aunque sí lo hizo después en varias ocasiones. No se nos dice el motivo. Hay que señalar que a Lope le sorprendió que su hija se dedicara a la vida religiosa («Rigor profundo / apartarla es de mí»). De su pluma y corazón salen los más enfervorecidos versos: «No vi en mi vida tan hermosa dama, / tal cara, tal cabello y gallardía: / mayor pareció a todos que su fama».).

Espiguemos en la poesía que nos ha llegado de Marcela; por ejemplo cómo describe el jardín del convento («La fecunda retama / tan rubia como bella / de tus cabellos de oro / me da memorias tiernas. / Las abundantes parras, / alegres se manifiestan / que a tu sangre real / accidentes le prestan«…)

Mucho tiempo después a la muerte de su padre, exigió, al no poder asistir al entierro-estaba en clausura-, que el féretro y la comitiva pasara por la puerta del convento para que lo contemplara. Como testimonio quedó el cuadro de Juárez de Llanos que reproduzco.

Coda, como exaltación de Micaela de Luján, madre de Marcela. Según Lope debió ser hermosa; alabó sus ojos-azules como el cielo y los zafiros-. Recordemos el soneto que le dedica: «Belleza singular, ingenio raro, / fuera del natural curso del cielo, / Etna de amor, que de tu mismo hielo / despides llamas, entre mármol Paro. / / Sol de hermosura entendimiento claro, / alma dichosa en cristalino velo, / norte del mar, admiración del suelo, / émula al sol, como a la luna el faro: // milagro del autor de cielo y tierra, / bien de naturaleza el más perfecto, / Lucinda hermosa en quien en mi luz se encierra: // paz de los ojos y del alma guerra, / dame a escribir, como a penar, sujeto«.

O cómo la nombra, otra vez, en el poema dedicado al hijo de ambos a la muerte de este: «¡Oh, niño que las niñas eclipsaste / de los piadosos ojos de Lucinda» .



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Teatro

Sí,soy Sor Marcela, hija del Fénix de los Ingenios

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El viernes, día 25 de octubre, se representó la obra Muerte del apetito basada en textos de Sor Marcela de san Félix ( poeta, actriz, dramaturga) en la iglesia-convento de las hermanas trinitarias descalzas en la calle Lope de Vega, 19 de Madrid. Desde las 17 horas se iba formando cola-la función comenzaba a las 19 horas-. Sinceramente, sentí una alegría enorme. La hija del más grande dramaturgo Lope de Vega, juntamente con Shakespeare, que vieron los cielos, tenía el mismo éxito que su padre. Fui, también, previsor y estuve en primera fila.

Como sabemos, Lope de Vega tuvo cinco hijos-o siete según otros, qué más da, por qué se insiste tanto en su capacidad para amar- con la actriz Micaela de Luján(1), entre ellos Marcela (la hija dilecta) que se consagraría a Dios como hermana trinitaria descalza a los 16 años; murió a los 82; recordemos que Lope fue a decir misa ante la hija monja que había profesado en el convento; al no poder asistir al entierro de su padre, el féretro y la comitiva pasó por la puerta del convento, a petición suya, para que lo contemplara: como testimonio quedó el cuadro de Juárez de Llanos ante el Convento de las Trinitarias Descalzas que reproduzco.

En cuanto a la obra del grupo «La Finea Teatro» me cabe hacer constar primero, la gran asistencia de público (la iglesia estaba abarrotada. sentada y de pie-no se permitió entrar a todos que guardaron cola: físicamente no era posible-). y en segundo lugar pude ver a cuatro grandes actrices que lo bordaron (no se puede pedir más perfección en este arte, tanto en la dicción como en el movimiento; cómo supieron hilvanar letra, música y acción). La dicha fue completa; así lo percibió un público entregado con atronadores aplausos en varios momentos de la representación y sobre todo, al final.

El comienzo de la obra me impresionó y emocionó: era la profesión de una novicia y sor Marcela como conductora del acto y aclararnos con voz celestial que es la hija del» Fénix de los Ingenios». Me conmovió con ese saber estar y decir con palabra justa, nítida y culta. El brillo actoral de las cuatro te impacta; físicamente se salen al aunar música y palabra, e incluso en las miradas gestuales; la rebosante vitalidad y cómo modulan te hace pensar ¡qué delicia! Es imposible que quepa más perfección.

El grupo nos recuerda que «dentro de los muros de un convento debía tener lugar toda una fiesta barroca y por ello se introducen en esta obra bailes, cánticos y música, tanto sacra como popular; incluso algunas de las canciones lleva letra de las composiciones conservadas de Sor Marcela». Sabíamos que existió teatro en los conventos pero es la primera vez que se representa fuera con esa crudeza, lucidez y valentía o, al menos para mí; tal vez por eso quedé maravillado en la tarde de un viernes en el barrio de las letras y a un tiro de piedra de la casa de Lope de Vega que visité, una vez más, antes de dirigirme a ver la obra.

Intenta ver esta representación sublime allá donde vaya. No te la pierdas y ventéala.

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(1). Según Lope debió ser hermosa; alabó sus ojos-azules como el cielo y los zafiros-. Recordemos el soneto que le dedica: «Belleza singular, ingenio raro, / fuera del natural curso del cielo, / Etna de amor, que de tu mismo hielo / despides llamas, entre mármol Paro. / / Sol de hermosura entendimiento claro, / alma dichosa en cristalino velo, / norte del mar, admiración del suelo, / émula al sol, como a la luna el faro: // milagro del autor de cielo y tierra, / bien de naturaleza el más perfecto, / Lucinda hermosa en quien en mi luz se encierra: // paz de los ojos y del alma guerra, / dame a escribir, como a penar, sujeto». O cómo la recuerda en el poema dedicado al hijo de ambos a la muerte de este: «¡Oh, niño que las niñas eclipsaste / de los piadosos ojos de Lucinda» .

Me viene a la memoria aquella expresión que aprendí en el bachillerato y que gustaba tanto al profesor: «Y si tienes Lucinda mi deseo, hálleme la vejez entre tus brazos y pasaremos juntos el Leteo». Detrás de Lucinda se escondía Micaela de Luján. Así la denominó en sus versos.

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