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A vueltas con el silencio

Es normal, cuando la primavera estalla, que el corazón se derrame, salte, pida claridad, añore, sea luz centelleante; exija abrazos. Somos así; la naturaleza es sabia, nos invita a ser nosotros, antes que el calor se vaya perdiendo, que el tiempo se deslice en la finitud, antes que nos arrebate el sentimiento y la belleza decaiga sin viento airado, pero atenta. La búsqueda de fulgor declina sin mañana. El cantarino arroyo sin maleza se va inclinando con una hoz que deleita al oído y vista entre verdes hayas que se cimbrean y acompañan en el atardecer, en la hora violeta que enternece.

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Cartas sociables de M. Cavendish

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La necesidad de comunicarnos es clave en el desarrollo de las personas, aunque se conciba como «amistad platónica y epistolar», y más si añadimos imaginariamente como en este caso con una prosa esplendente en que la belleza cobra todo su vigor e invita a proseguir la lectura. Lo epistolar se yergue como una atalaya luminosa con base en la antigüedad clásica como formación.

Doscientas once cartas jalonan una trayectoria de una mujer que solo necesitó ser ella, poco le importó que su obra literaria fuera amarga para la crítica-tal vez por ser mujer que piensa– en un siglo en el que reverdeció para airear su pensamiento. Al ser este género epistolar-aspecto que justifica en el prefacio a «Nobles lectores»– , no podemos olvidar la intimidad y la subjetividad con que nos llegan. La singularidad prima en la creación, y más cuando van dirigidas a una persona imaginaria; o el otro yo de quien escribe; es un reflejo que nos apabulla por las verdades que encierra; en definitiva, la necesidad de contar lo más profundo del ser. La verosimilitud y la expresividad con que se muestran nos conducen a la reflexión, quizá el motivo primordial de dar cuenta de lo que sale del alma de Cavendish.

Cuando se dirige «al lector severo» nos recuerda los motivos por lo que las escribe: «Para recordarles que, como aquellos que cabalgan, / pueden resbalarse, sin pensar por dónde van, / o caer en una zanja», pág. 108. Nos advierte de que no escribe «para avergonzar a nadie». Como nos muestra la editora, las cartas » representan la conversación entre dos damas nobles, separadas por la distancia, pero unidas por una serie de preocupaciones comunes«, pág. 68.

Muchos son los temas que aborda, tales como el amor: «sobre los cuales el amor corona sus vidas con la paz, y los reviste y los engalana felicidad, felicidad que vos disfrutáis…, pág. 221; el matrimonio: «Me alegra que Lady U. S. y su marido viven tan felizmente, solo el uno para el otro, y que se aman tanto el uno al otro que rara vez se separan por la ausencia», pág.304; la mayoría de los maridos o son engañados por sus políticas mujeres, o son obligados a obedecer…», 129; el baile…,» y el ejercicio más importante de nuestro sexo es el baile, no en solitario o entre ellas mismas, porque lo odian, sino en compañía masculina, y esto les gusta tanto como para bailar con una apasionada vehemencia», pág.148; soledad: «volví a casa muy complacida con el espectáculo, y estando en soledad descubrí que tenía un río, un lago, o un foso helado en mi mente«, pág. 431; vida retirada: «una vida casera, libre de la ataduras del confuso estruendo, y del ruido atronador del mundo», pág.70;…»es más acorde a mi condición vivir en el campo porque por naturaleza mi carácter es un carácter solitario, pensativo...», pág.491; la sociabilidad como generadora de bienestar: «...o superar al otro en mérito y valía como muestra de cortesía y sociabilidad, por valor y generosidad…», pág.142; diferencias hombre-mujer: «porque de este modo gobernamos como si fuera por medio de un poder inconsciente, de tal forma que los hombres no perciben cómo el sexo femenino los maneja…», pág,138; la exaltación de su esposo: «sé que tiene el valor de César, la imaginación y el ingenio de Ovidio, y la habilidad para la tragedia, y especialmente para la comedia (…), él está por encima de Shakespeare en la habilidad para la comedia«, pág.400; amistad : «con todo me satisface haber respondido a vuestro deseo, porque preferiría que el mundo me condenara por necia que vos por romper o descuidar nuestra amistad, porque mientras viva, os demostraré que soy», pág. 495. Es el final, la última, por si tenía alguna duda la imaginaria dama, y en todas, se repite: Señora, vuestra leal amiga y fiel servidora. Un alma abierta a la sociedad, directa, asombrosa, sensible, generadora de sosiego, de bienestar, de ser feliz con los demás.

Coda. Cavendish fue enterrada en Westminster Abbey, corría el año 1673. El epitafio lo escribió su esposo; parte del mismo: «Esta duquesa era una dama sabia, ingeniosa e instruida«. Habrá que añadir que la libertad es un derecho de las personas, más allá del género; supo defender lo que sentía en un siglo donde no era tan fácil y más para las mujeres.

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Cavendish, M., Cartas sociables. Madrid, Cátedra, 2024, 497 págs.

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La poesía de los siglos XVI y XVII

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La poesía como el aire que respiramos es inherente a las personas, sin ella nos falta algo, estamos como cojitrancos. De ahí mi alegría con la editorial Cátedra por reverdecerla en años gloriosos de la poesía castellana, fundamentales para ventearla hoy.

«La lírica áurea«, apelativo con que se denomina este período, nos engendra rectitud, belleza, verdad, libertad; sin ellas hay un vacío demasiado profundo para el ser humano. El «todo pasa y todo queda» machadiano se hace realidad en esta poesía gloriosa; el adjetivo más poderoso que acorrala lo poético. El libro que se publica es como una Biblia poética castellana de dos siglos esplendorosos para tenerla a mano y enfrascarse en su poesía.

El editor nos muestra en la introducción las causas por las que este ensayo-antología se necesitaba sin desmerecer el resto de los publicados ciñéndose a los cinco más destacados (Elías L. Rivers, José Manuel Blecua, Torres Nebreda, Pablo Jauralde Pou, Juan Montero). Con palabras certeras escribe: «La reflexión aquí sintetizada está en la base de una selección que asume la realidad de un canon en disolución, la transformación del modelo educativo y, en última instancia, el trecho que separa, en siglos y sensibilidad la producción poética en tiempos de los Austrias y el presente del lector…», pág. 16. A «estas consideraciones previas» se añaden en lo que se podía llamar estructura, Estudio preliminar, Una periodización interna (1511-1554: Del Cancionero general al Cancionero de obras nuevas. 1554-1585: El asentamiento de una poética.1586-1613: El comienzo del arte nuevo,1613-1630: La batalla en torno a Góngora. 1630-1648: La cumbre del Parnaso español. 1648-1695: Agudeza y arte de ingenio.), y los apartados Esta edición, Bibliografía, Poesía de los siglos XVI y XVII, Índices. Se pretende, en fin, «ser en su conjunto, un repertorio de elementos mínimos, de carácter germinal, para asentar la autonomía de la lectura sin negar las posibilidades del diálogo».

Los límites de este período único en muchos aspectos siempre traerá controversia. Las referencias que se aportan en esta introducción son más que suficientes para elegir un marbete que abarque todo; se propusieron varios, pero ninguno satisface plenamente. Lo conceptual siempre entraña dificultad si va acompañado, de ahí que se propongan ciertas estimaciones en estos dos siglos al existir diversas voces, no solo en lo político-social, también en lo lingüístico, por las pugnas ideológicas. Al final son los/as lectores los que deben discernir y acercarse con sus palabras lo que pudo ser; las 120 páginas introductorias son claves para la elección. Sé libre. Sin olvidar que en lo inicial los versos-armas tomaron todo su largor, aunque ideológicamente existía un trecho amplio. Las justas y los certámenes poéticos se hermanaron. Y, claro, con la Gramática castellana, la lengua como compañera del imperio, o la advertencia de Hernández de Acuña al emperador («un monarca, un gobierno y una espada»), pág. 25.

La corriente poética castellana se decanta por la llaneza, la sencillez para que llegara a más gente y se comprendiera, sin que no se dejara de cultivar la culta, más perfecta, pero más difícil para que llegara al entendimiento pleno. Y en todo esto el fervor con que se vivía una concepción individual pero abrazada a lo genuino, a lo nacional; el espíritu Nebrija se fue extendiendo y al final cupieron todas las tendencias. De ahí que el puente fuera lo normativo para aunar toda la significación poética de estos dos siglos.

Las dos poéticas en el período inicial como son las de Boscán y Garcilaso sostuvieron actitudes diferentes, así como los temas, tal vez por las circunstancias propias. Dos poéticas que contribuyeron a la riqueza poética y dar paso a un asentamiento, a un modelo lítico que llevaría al «arte nuevo», ya con voces muy diferentes con nombres que llenarán un período: Lope de Vega, Góngora y Quevedo como muestras estelares y tan dispares. Y por si faltaba algo, en medio Cervantes, En su viaje del Parnaso se columpia para criticar tantas formas entre «tanta poetambre».

Los poetas seleccionados viene acompañados por un breve resumen biográfico y una selección bibliográfica. Al final de los poemas escogidos vienen comentarios de textos de cada uno, lo cual es de agradecer ante las dudas que puedan presentarse para una comprensión más certera. La glosa es muy acertada.

Sin duda, el poeta estelar es Lope de Vega al que se le dedica 60 páginas en las que podemos leer dieciséis poemas entre los cuales está el extenso poema «A Claudio». El poeta del cielo y de la tierra al que se veneraba; de ahí que un poeta como José Hierro le denominara «divino». De boca en boca se venteaba «Creo en Lope de Vega todo poderoso, poeta del cielo y la tierra…». La Inquisición estuvo atenta y lo cortó. El pueblo lo admiraba; al final deja nítido su pensamiento al escribir que hubiera preferido hacer una virtud más.

Su vida y verso se hermanaron; nos legó todo lo humanístico que pueda caber en las relaciones. Sus amores, amoríos, libelos, quedaron para siempre en alta estima. El ciclo «Filis» con un nombre que no olvidará: Elena, siempre en su corazón. El ciclo «Belisa», más exiguo pero en el que sobresale el majestuoso poema » A Claudio» («Claudio, si quieres divertir un poco / de tanta ocupación el pensamiento /, oye sin instrumento / las ideas de un loco / que a la cobarde luz de tanto abismo / intenta desatarse de sí mismo»). Después, el ciclo más intenso, vigoroso, cuando conoce a la actriz Micaela de Luján con la que tuvo cinco hijos, su «Lucinda»; en el bachillerato aprendimos los versos que han quedado en nuestra memoria para la posterioridad: «Y si tienes Lucinda mi deseo hállame la vejez entre tus brazos y pasaremos juntos el Leteo». Es la cumbre amorosa.

No podemos olvidar su recogimiento espiritual y su entrada en el sacerdocio, muerta ya Micaela en 1614. Su arrebato pasional le visitó-ya se había consagrado sacerdote- cuando conoció a Marta de Nevares. Fue una tormenta amorosa que luego el poeta dejaría su muestra en su poesía en los que se conoce como ciclo «Amarilis». El ciclo denominado «de senectute» en el que se recoge un final de reflexión, pensemos en La Dorotea, Laurel de Apolo, Rimas de de Burguillos. Y cómo no-hay que anotarlo- fue nombrado doctor en teología y caballero de la Orden de Malta. Si la poesía arropó con claridad su pensamiento, no fue menos en teatro; incluso Cervantes lo describe nítidamente; «Entró luego el monstruo de la naturaleza, el gran Lope de Vega, y alzóse con la monarquía cómica; avasalló y puso debajo de su jurisdicción a todos los farsantes».

Ahora solo cabe leer la poesía, toda ella fundida en la existencia; lo divino y humano se aúnan; no hay que tocarla más, solo asimilarla; no te arrepentirás y sentirás un anhelo purificador.

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Poesía de los siglos XVI y XVII. Madrid, Cátedra, 2023, 1057 págs.


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Emilia Pardo Bazán: Cuentos

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Al cabo de tantos años, doña Emilia está vigente; su prosa se amasa con su estilo característico, propio de quien se decidió por dedicarse a escribir. En ella hallamos las tres palabras que la coronan: novelista, galdosiana, ateneísta. Sin duda, lo más alto. Muy pocas llevan esta tiara.

Estamos ante una Antología de la magistral narrativa breve que como nadie supo plasmar con registros diferentes y temas que hoy nos llaman la atención por su vigencia. Con exactitud, no sabemos cuántos cuentos escribió. Recuerdo que un compañero de quinto de Filología Hispánica discutió con el profesor lo que este manifestó, ya que el alumno tenía recogidos 323-ya había comenzado la investigación de su posible Tesis-. Quedamos asombrados. En esta edición, tampoco hay coincidencia; por una parte, se recogen quinientos ochenta; por otra, seiscientos ocho. Doña Emilia había inventariado en 1898 «ya medio millar», pág.16. De todas formas habrá cuentos «que duermen todavía el sueño de los justos en las hemerotecas» (Venga, a trabajar en este aspecto). En esta Antología tenemos la oportunidad de leer sesenta y dos desde La dama joven (1885)-Fuego a bordo, La gallega, el indulto, Primer amor- hasta Cuentos dispersos( 1865-1921)-La rosa, Sabel, La emparedada, Las cerezas rojas, La cómoda, Rabeno, El desaparecido, Maleficio-. Atrévete, es la única forma de no hablar de «oídas» como muchas personas hacen.

El editor nos recuerda que el relato más antiguo que se conoce es de 1866: Un matrimonio del siglo XIX. En esta Antología no se recoge. En cuanto a la estructura, vienen por colecciones: La dama joven, Cuentos escogidos, Cuentos de Marineda, Cuentos nuevos, Arco iris, Cuentos de amor, Cuentos sacro-profanos, Un destripador de antaño (historias y cuentos de Galicia), En tranvía (cuentos dramáticos), Cuentos de Navidad y Reyes, Cuentos de la patria, Lecciones de literatura, El fondo del alma, Sud exprés (cuentos actuales), Cuentos trágicos, Cuentos de la tierra, Cuentos dispersos.

Al espigar en las diversas modalidades con que doña Emilia nos introduce en su mundo de preocupaciones, con El indulto exige igualdad entre las personas, aspecto este que ya se venía exigiendo a finales del siglo XIX, y desde luego ella fue una abanderada. Lo que no entiendo es por qué se ha tardado tanto en reconocer la valía de la escritora. No tiene sentido que hablemos de de lo que se oye y decir que este cuento es uno de los mejores, hay que leerlo, y no solo manifestar que con el cuento reivindica los derechos de las personas, en este caso de las mujeres; la expresión que hoy está en voga: «la violencia de género» se hace realidad. La protagonista sufre, y el lector/a se adentra en una serie de circunstancias que con una técnica diáfana doña Emilia nos hace copartícipes de lo que ocurre en el triángulo: suegra, marido, mujer. Asesinato, barrio extramuros, lúgubre tarde, codicia, venganza, desprecio, poderío, parálisis momentánea, coartada del marido-que se valió de ir a la horca, por testimonio de unos amigos-,veinte años de condena, divorcio, pleito-que siempre perdía el inocente y el pobre-; y lo que faltaba: el indulto para un criminal. La fuerza dialogal del relato cobra un espíritu coral que lo hace más verosímil. El final deberán terminarlo los/as que lo lean. Doña Emilia era sí. Grande.

Las últimas líneas enternecen con los gritos del niño:..»desesperadamente, llamó al amanecer a las vecinas, que encontraron a Antonia en la cama, extendida, como muerta»; para su terminación, doña Emilia lo deja en suspenso: «El niño aseguraba que el hombre que había pasado allí la noche la llamó muchas veces al levantarse, y viendo que no respondía, echó a correr como un loco«.

Dentro del cajón de La dama joven (1885) también está La gallega. Cuento eminentemente costumbrista en el que se puede pensar que está dentro la autora si tenemos en cuenta la descripción de los personajes y su entorno por la empatía que nos muestra al acercarse al mundo rural, paisaje, brava leona ante los agravios, la hostilidad, el tiempo que nos alcanza, la vindicación de la aldea. Y en medio esa mujer que promete fecundidad, «alto y túrgido el seno, redonda y ebúrnea la garganta, carnosos los labios, moderado el reír, apacible el mirar». Todo, como si fuera una estatua precisa, altiva en que «el sol no logra quemar su cutis, y sus mejillas tienen el sano carmín del albaricoque maduro y de la guinda temprana». Y luego la comparación con las mujeres del territorio leonés:…»salen por las puertas de las casuchas terrizas, mujeres de enjuta piel pegada a los huesos, semblantes de recias y angulosas facciones, de color de arcilla o ladrillo, cual si estuviesen amasadas con el árido terruño y talladas en la dura roca de las sierras».

Doña Emilia hace hincapié en la verdadera mujer que pulula, que ama, que trabaja, que se desvive por la familia; en definitiva, en la que recaía todo; era la luz, el peso de la casa: «ellas cavan, ellas siembran, riegan y deshojan, baten el lino, lo tuercen, lo hilan y lo tejen en el gimiente telar«. Y si fuera poco, al casarse empeoraba su situación al sumar la constitución de una familia. Y así con detalles prístinos como el tener un niño/a por año con la tríada adjetival: «paridera, criadora, madraza» se la define como «como una loba» en el trabajo como arte. No se puede olvidar también el solaz, el divertimiento, el baile, que se peine «y alise sus dos trenzas, uniéndolas por lasa dos puntas«. La vestimenta dependiendo del lugar en que viva. Todo bien enriquecido por quien defendió siempre la igualdad entre las personas más allá de que fueran masculino o femenino, de ahí que se la recuerde en el siglo XXI y se la lea.

Dentro de esta colección he seleccionado también El primer amor por la seguridad, la entereza cuando nos visita por vez primera un aspecto capital en la existencia cuando vemos casi todo primaveral y la naturaleza humana se aúna. En este caso cobra todo su valor «una miniatura de marfil que mediría tres pulgadas de alto, con marco de oro»; de aquí parte el enamoramiento que siente el personaje ante la belleza de la joven retratada (…»la contemplación de aquella miniatura me produjo, y de cómo me quedé arrobado, suspensa la respiración, comiéndome el retrato con los ojos«). Incluso el contacto de la cara miniatura «me produjo sueños deliciosos».

No puede ser que ante algo esencial que nos pertenece caigamos enfermos o nos debilitemos. La autora con una precisión matemática llega a detallarnos cómo un objeto por sí puede llevarnos a la locura aunque al final esa belleza que fue se convierta en una realidad aplastante: esa belleza fue en la juventud de la tía; ahora, la observa fea. Después, el hecho de ese amor que sentía y lugar se deshace y lo rechaza. La forma poética de que la verdad es belleza y la belleza verdad no cabe con el paso del tiempo en ese objeto que le cambió.

Me ha llamado la atención de los cuentos dramáticos (1901) En tranvía. El comienzo ya nos advierte de que se refiere al tranvía que va al barrio de Salamanca y se coge en la Puerta del Sol de esas gentes que vienen de misa o «del matinal correteo por las calles». La precisión de los hechos nos apabulla por los datos en que se detiene la autora al detenerse en los niños que acompañan a las personas: …»¡y qué niños tan elegantes, tan bonitos, tan bien tratados! Dan ganan de comérselos a besos«. Y más exactitud cuando observa un niño de nueve meses que «pega brincos de gozo» e irradia la luz del cielo en sus ojos; no lejos se detiene en una niña de nueve años en la que va más allá de la edad y la describe como «la futura mujer hermosa tiene ya su dosis de coquetería».

De los cuentos dispersos ((1865-1921), he seleccionado Las cerezas rojas . La finca-casi ya abandonada, pero «-la incultura tiene su su poesía»- posee un espléndido cerezo que estaba ahí para el que quiera las cerezas-«del dueño no se sabe de él». Hubo un silencio largo; sin embargo en la comarca se sabía que ese árbol añoso tenía su historia y las cerezas no debían comerse, pero el tiempo todo lo borra. La casa pertenecía a Ramón Mestival que con su mujer agrandaron el huerto de la finca que les dio para mantenerse, además tenían un «chiquillo precioso». Todo estaba a pedir de boca ante tanta legumbre, árboles frutales con peras, manzanas, fresones, coles y, sobre todo del cerezo único; pedía lo que le apetecía, sacaba rédito al árbol. Fueron famosas las cerezas en el entorno porque encima de únicas, se adelantaban al resto de árboles.

Era el mes de junio «con su sonrisa de oro trigueño». Los árboles desprendían juventud, «gozosos de vivir» al cuajar «su fruta con gallarda abundancia». Se nos narra una historia que probablemente no sea leyenda el terrible acontecimiento de una familia: padre, hijo, madre, rapaz ladrón. Las cerezas que son azúcar, miel entre labios, almíbar, en este caso supondrá locura de la madre, muerte del hijo y padre que huye. El padre había prohibido al hijo que tocara la fruta » y en especial a la del cerezo aquel». Al ver el padre que destrozaban las ramas y desaparecía la fruta se puso en guardia. Ya cansado, al faltarle las mejores cerezas, preguntó a su mujer: «¿Tú has reparado si el niño come cerezas? Aunque conocía las «diablurillas del hijo» contestó que no («segura estoy como me estás hablando«). La defensa de la madre, aun sabiendo que su hijo comete la travesura por la noche para coger cerezas, no dice a su marido que el que destroza o come las cerezas es su propio hijo. Lo oculta para estar al lado de su hijo. La terrible historia estriba en que el padre creyendo que es un ladrón coge la escopeta, la carga y se emposca «a corta distancia del árbol» escondido. Al oír el ruido disparó. Era su hijo: «La madre se volvió loca; se echaba la culpa por mentir…, el padre desapareció…, el huerto dejó de cuidarse,….. y muchos les da respeto comer de esas cerezas». Se publicó en Blanco y Negro, 17 de julio de 1909.

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Pardo Bazán, Emilia, Cuentos. Madrid, Cátedra, 2023, 548 págs.

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