Su nombre nos lleva muy lejos; su poética la cargamos a cuestas; su perfección nos inunda de sabiduría y sentimientos; ya en el bachillerato nos quedamos en la memoria con Arde el mar, pero no nos enganchaba al menos a mí. Sí estaba ahí como algo novedoso y quizá extraordinario, pero no llegamos. Cuando entré en el paraíso destinado a pocos fue cuando rayó la perfección con Rapsodia, Tornado, Alma Venus y Amor en vilo. Este último fue una inundación intelectiva hecha materia, difícil de superar. Ahí me quedé. Hace poco me dije: voy a releer aquellos versos que me impresionaron y me dejaron tan pensativo. Y estos días de carnaval he vuelto a leer los cuatro. Ha sido una gozada; es el amor hecho carne, espiritualidad, sentimentalidad y prodigio; es el canto a lo divino, a lo que permanece, a lo necesario, a lo que nos obliga a ser. También cayó en tierra abonada Interludio azul, pero no he vuelto a releerlo, ni siquiera estos días. En mi mente, ahora, se ha aposentado el libro que ya se ha convertido en clásico si hacemos caso por el revuelo con que se ha recibido. Mañana viernes comenzaré las 695 páginas de que consta La península de las casas vacías de David Uclés.
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Continua evolución de su poética que nos enganchó: «la poesía es la palabra esencial en el tiempo«. Doble idea: esencialidad y temporalidad. Abierta ya en el siglo XXI para que reflexionemos sobre los problemas que nos acucian; sin que nos falte la otra almena existencial como es la otredad. Es la esperanza la que subyace en las personas. Es la fraternidad humana.
Siempre tuve como algo esencial la expresión …»en una tarde azul sube al Espino, / el alto Espino donde está su tierra«. Es la emoción hecha carne; es el sentimiento hondo, sincero, verdadero, que nos aprisiona. ¡Qué bien supo el poeta plasmar su amor eternal! Ráfagas líricas que nos enternecen ante una nueva sentimentalidad; una lírica intelectual no cabe en lo que el poeta quiere expresar.
Cada vez que me acerco a las relecturas del poeta reverdecen; es como si fueran nuevas. Son las huellas que te dejan. Es la palabra como una palpitación del espíritu; lo que pone el alma. (Me habéis llegado al alma, ¿o acaso estabais en el fondo de ella?
Converso con el hombre que siempre va conmigo /-quien habla solo espera hablar a Dios un día-«. En el fondo había en Machado una cierta esperanza. Estaba convencido, como Galdós, que la doctrina de Jesús de Nazaret estaba muy lejos de aquellos que predicaban o se consideraban cristianos, de ahí que lanzara : «Es evidente que el Evangelio no vive en el alma española». Para Machado triunfaba «la máscara de catolicismo«. En su obra hallamos testimonios de esa ansiedad de Dios en contra de la religiosidad tradicional y de los clérigos que no daban ejemplos, a pesar de su falta de fe. Sentía admiración por el Cristo que anduvo en la mar; incluso por un cristianismo revolucionario, tipo Tolstoi. En Baeza no encontró esa espiritualidad tan propia del verdadero cristiano; «inercia espiritualidad» en contraste con Soria. La verdadera otredad-lejos del subjetivismo- es ir acercándose al alma colectiva con reflexión que anonada con meditación profunda. Es la tríada de Dios, persona, sentido cristiano, dejando claro que en poesía la intuición es lo primero y después el sentimentalismo, para pasar de la… ¡ inmensa minoría a la castuoría inmensa! Esto me lleva a pensar que Juan Ramón Jiménez había leído El miajón de los castúos, 1921, de Luis Chamizo. Es el pensamiento del poeta de Moguer…, «que pocos años después se saldría de sus espejos, galerías, sus laberintos maravillosos…para cantar los campos de Castilla….!
«Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería. / Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar. / Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía. / Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar». Es la dualidad vacío/esperanza. «Sentí tu mano en la mía, / tu mano de compañera, / tu vozniña en mi oído,,, Como si fuera un resplandor de una nueva primavera. Es una carta, sin duda, a su amigo Palacio, nacida del corazón. Su «Leonorcica» está presente (está su tierra), a quien adoraba.
No estaría de más recordar: «El Cristo-decía mi maestro-predicó la humildad de los poderosos. Cuando vuelva, predicará el orgullo a los humildes. De sabios es mudar el consejo. No os estrepitéis. Si el Cristo vuelve, sus palabras serán aproximadamente las mismas que ya conocéis: ‘Acordaos de que sois hijos de Dios, que por parte de padre sois alguien, niños» `. Tal vez sería el retorno al verdadero cristianismo primigenio porque el que observa Mairena no convence.
Éxodo. Fue duro. Carles Riva nos ha contado el final doloroso. Corpus Barga, bajo la lluvia, tomó en brazos a a su madre y llegaron al pueblo costero Collioure. Aquí murió el poeta un 22 de febrero, y dos días después su madre.
Como se ha extendido y aprendimos de memoria en el bolsillo del gabán del poeta, José Machado se encontró un papel con tres anotaciones; la primera, «Ser o o ser«. La segunda: «Estos día azules y este sol de la infancia». La tercera: «Y te daré mi canción / se canta lo que se pierde / con un papagayo verde / que la diga en tu canción».
Como coda, recordemos, sin tanta antelación, lo machadiano: «el vacuo ayer, el mañana huero».
Con la celebración del centenario ha quedado un poco en la niebla que no propuso su candidatura a la Academia y fue elegido en 1927. Caso único que yo sepa. Unamuno desde Hendaya lo felicitó por haber sido elegido. El poeta le respondió: Le agradezco su felicitación por mi nombramiento de académico. Es un honor al que no aspiré nunca; casi me atreveré a decir que aspiré a no serlo nunca. Pero Dios da pañuelo al que no tiene narices», 12 de junio de 1927.
Me cabe hacer constar, otra vez, la nombradía de una gran mujer, excelsa, dramaturga y poeta por lo que nos ha dejado y sabemos; como también nos entristece que cientos de páginas escritas por la hija dilecta de Lope de Vega fueron quemadas por lo que pudiera pasar en vida de la escritora, por consejo de su confesor. Fue una recomendación, pero imperativa («Los libros, Madre mía, que quemaste, / vuelve a nuestra ternura, mejorados. / ¿Por qué cuando a la llama lo arrojaste /…. , conque el Etna en nosotros no avisaste? / Mas ¡Ay! que mi dolor aun no su viza / que eternices el fuego con ceniza»)- extraído de la Décima de la M. Francisca de Santa Teresa, escrita a la memoria de Marcela-. Gloria, también, a esa monja que se encargó de copiar un volumen entero, que es el que se conserva que yo sepa en las Trinitarias y en la RAE. Marcela murió el 9 d enero de 1688 a las siete de la mañana, jueves, después dwe 83 años de vida y 66 de vida religiosa.
Bajaba en coche de la sierra madrileña cuando en el programa «Hoy por hoy de la Cadena SER«, oí su nombre. No contento de lo que dijo alguien que «había descubierto»…., como si fuera desconocida; ante tal asombro me apresuré a escribir por correo electrónico al programa mostrando mi perplejidad.
No satisfecho, de nuevo, glorifico a la poeta, dramaturga y su entrega a Dios, que ya en el bachillerato se nos recordó como gran escritora y el adjetivo dilecta que se me grabó en la memoria; y posteriormente en los estudios de Filología de la Universidad Complutense. No voy a repetir las fichas que tengo de su obra que nos ha llegado, loas, coloquios, villancico, décima, endecha, romances, etc. Pero sí, una de sus obras que me impresionó por la perfección que vi representada el 25 de octubre de 1919 en la iglesia de las Trinitarias descalzas de Madrid en la calle Lope de Vega, 19; di constancia con una reseña el día 27 de octubre en este «blog literario» con el mismo título. Me refiero al Coloquio espiritual titulado Muerte del apetito, basada en los textos de Sor Marcela de san Félix; fue para mí como una delectación teatral digna de la perfección humana, jamás vista, Tampoco se me olvidará las cientos de personas que no pudieron entrar después de más tres horas esperando. La hija del más grande dramaturgo Lope de Vega, juntamente con Shakespeare, que vieron los cielos, tenía el mismo éxito que su padre. En mi caso, fui previsor y vi la representación en primera fila. Cuatro personajes fueron la delicia de aquella tarde: el alma, la mortificación, el apetito, la desnudez. Terminó la obra con las palabras de «la desnudez: «En lo que habremos errado / no habrá sino muy poquito. / Que aquí da fin el Coloquio /del triunfo de las Virtudes / y muerte del apetito«.
Por otra parte, cómo no recordar su consagración a Dios con apenas 16 años (¡Oh, santos, oh floridos desengaños!/ Pues tan hermosa virgen tierna y casta / consagra al Dios de amor dieciséis años…). El hábito lo recibió el 28 de febrero de 1621, y profesó en 1622. Allí estuvo Lope a su lado, aunque no concelebró en la misa del convento en el día más grande de su hija, aunque sí lo hizo después en varias ocasiones. No se nos dice el motivo. Hay que señalar que a Lope le sorprendió que su hija se dedicara a la vida religiosa («Rigor profundo / apartarla es de mí»). De su pluma y corazón salen los más enfervorecidos versos: «No vi en mi vida tan hermosa dama, / tal cara, tal cabello y gallardía: / mayor pareció a todos que su fama».).
Espiguemos en la poesía que nos ha llegado de Marcela; por ejemplo cómo describe el jardín del convento («La fecunda retama / tan rubia como bella / de tus cabellos de oro / me da memorias tiernas. / Las abundantes parras, / alegres se manifiestan / que a tu sangre real / accidentes le prestan«…)
Mucho tiempo después a la muerte de su padre, exigió, al no poder asistir al entierro-estaba en clausura-, que el féretro y la comitiva pasara por la puerta del convento para que lo contemplara. Como testimonio quedó el cuadro de Juárez de Llanos que reproduzco.
Coda, como exaltación de Micaela de Luján, madre de Marcela. Según Lope debió ser hermosa; alabó sus ojos-azules como el cielo y los zafiros-. Recordemos el soneto que le dedica: «Belleza singular, ingenio raro, / fuera del natural curso del cielo, / Etna de amor, que de tu mismo hielo / despides llamas, entre mármol Paro. / / Sol de hermosura entendimiento claro, / alma dichosa en cristalino velo, / norte del mar, admiración del suelo, / émula al sol, como a la luna el faro: // milagro del autor de cielo y tierra, / bien de naturaleza el más perfecto, / Lucinda hermosa en quien en mi luz se encierra: // paz de los ojos y del alma guerra, / dame a escribir, como a penar, sujeto«.
O cómo la nombra, otra vez, en el poema dedicado al hijo de ambos a la muerte de este: «¡Oh, niño que las niñas eclipsaste / de los piadosos ojos de Lucinda» .
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It´s over now and ¡what the pity!; la primera, una expresión que leí en Orlando de Virginia Woolf hace mucho tiempo pero que se me grabó y me revolotea. Es el momento de lo que me concierne en estos instantes sin que el final haya sido pensado a lo largo del tiempo. Es el ya el que se sobrepone. Es el ser que me domina al hacerme más persona cuando el tiempo nos alcanza, aunque el concepto existencial no haya variado. Más vale estar en pie que genuflexo como quien espera el alba sin fabricarla, que no habrá ciclón que desensille lo andado, la palabra oída en silencio, como música anhelante.
Poco importa cuando la amistad fue sincera; así lo creí, pero la vida no la he inventado, ni tampoco los momentos; no se puede rebelarse, como tampoco somos inmortales; es el ser, sin más, el que nos abate, pero tampoco podemos dar cuenta, ni si quiera los creyentes porque somos libres, incluso cuando nos refugiamos en lo religioso; somos los hijos/as de Dios, y no cabe la exigencia, somos como somos, y libres.
Tu nombre, después de tanto, prosigue sonando en la fuente pura existencial. Fue el misterio de tu voz nítida la que me invitó a soñar lujuriosamente, a abrasarnos en una noche anhelada, llena, placentera, paradisíaca en la que no se cumplen años. No fue locura amorosa. Es el aunamiento del tú y el yo en fusión continua. En qué medida soñado o en qué vivido. Fue un impulso erótico hacia lo soñado, el llamear continuo. El despertar me hizo más feliz y me acordé de lo leído hace mucho tiempo: It´s over now. Or my heart breaks.