Novela

La península de las casas vacías

Acabo de terminar la primera parte de la novela-ensayo de las cuatro de que está compuesta, un Interludio al finalizar la segunda, y un Epílogo. Es tiempo de un descanso y una reflexión después de la lectura de 156 páginas. Para estas primeras líneas me han servido tres palabras que aparecen en la contraportada del libro que, a su vez, pueden describir todo lo que he leído y lo que suceda: descomposición, deshumanización, desintegración. Es la «Iberia agonizante donde lo fantástico apuntala la crudeza de lo real» (contraportada). Tengo que hacer constar que el autor antes del Prólogo evoca a doce escritores que de alguna forma están en consonancia con el libro. De todos conocía las expresiones que señala. Solo voy a destacar a Montserrat Roig- la muerte la llamó temprano-: «La cultura es la opción más revolucionaria a largo plazo».

Aunque tenía noticias de este libro, lo que me hizo leerlo, ya, fue primordialmente la entrevista a David Uclés en La Revuelta y, sobre todo, la que se realizó en La noche en 24 horas. Vaya por adelantado que me ha entusiasmado no solo por lo narrado y descrito sino también cómo, salvo algún galicismo y alguna redundancia que hasta los/as académicos cometen no solo en la escritura también oralmente.

Como yo nací en un pueblo extremeño enclavado en un cerro, las primeras páginas me han recordado a las gentes y sus hablas de ese Jándula con el mío (según el autor el pueblo se denomina Quesada, «llamado Jándula en esta novela»).Como estudié en el bachillerato, Jándula es un afluente del Guadalquivir; por cierto, un verano que pasaba por ahí camino del santuario de santa María de la Cabeza, ante tanta calor, me bañé en el Jándula, en medio de lo que se denomina «sierra morena». Palabras e imágenes revolotean por mi mente cuando el autor nos recuerda a las luces de los candiles, acelgas, espinacas, miel de romero, la era-trilla, los garbanzos, el trabajo en la era, las migas, las matanzas-tan típicas en Extremadura-, hilo de bramante, el repique de las campanas de la iglesia, el cirio bautismal, el rezo, Corpus Christi, etc.

En esta primera parte, el autor nos advierte con tranquilidad de lo que pueda acontecer más tarde al recordarnos a Ortega y Gasset : «Dos Españas. señores, están trabadas en una lucha incesante: una España muerta, hueca y carcomida y una España nueva, afanosa, aspirante que tiende hacia la vida», pág. 39. Por su importancia se nos deja caer «A partir de hoy mismo paso a llamarme Pablo», pág. 99, que culmina, donde nadie le podía escuchar, «gritó de felicidad y dio gracias al cielo» por haber cumplido los años necesarios para que lo aceptaran en Ejército, pág. 155. Muy importante es «La partida de ajedrez» en la que se nos describe cómo fueron cayendo-desapareciendo los que podían hacer sombra al que sería nombrado al final «Generalísimo». Como también el lector/a debe tener en cuenta para comprender la «guerra está al caer», pág.109, o las palabras del arzobispo de Tarragona: «Los revolucionarios han destruido las iglesias, pero el clero había destruido primero a la Iglesia, pág. 132. Como antesala a la segunda parte, de nuevo, dos opiniones que nos ayudarán a comprender mejor: «Ahí las tienen ustedes.. Son dos Españas, contrarias, antagónicas, colocadas frente a frente (…).Una es la España oficial, la que se mira solo al estómago; otra es la nueva, la que se mira a los brazos» de Ramiro de Maeztu, pág.156. Otro pensamiento como anillo al dedo: «Mi casa rota, (…) a la deriva en el naufragio de un país, de Luis Cernuda. Tanto una como la otra nos impresiona.

SEGUNDA PARTE. Leño. 1936

Ya en la página 178, la frase lapidaria «la guerra había empezado oficialmente aquel amanecer en Jándula» nos entronca con los hechos capitales del pueblo y lo que iba a significar en la península, aunque se viniera percibiendo antes. Reuniones, diálogos opuestos, las arengas desde radio Sevilla por Queipo de Llano, el protagonismo del alcalde de Jándula-militante «de un partido de izquierdas»- que impediría transmisiones por radio en las que Queipo de Llano exigía «A las armas! La patrias está en peligro…», y la respuesta de Rafael Alberti, «Queipo de Llano es quien, ladra, muge, rebuzna». En estas páginas ya se va asomando el camino del triunfador por las tierras extremeñas, Almendralejo, Monesterio, Zafra, Llerena, Mérida, Badajoz, Cáceres, acercarse a Salamanca y aposentarse en Burgos; es lo que el autor denomina «El tiempo entre palacios». En la página 199 se para para advertirnos de que «antes de narrarnos la noche más oscura de la Muy Noble y Muy Leal Ciudad «, terminaré de atar el filo hilo que unirá Jándula y Badajoz». Solo se puede pensar en lo peor que estremece para volver «a nuestro pueblo».

En punto aparte nos encontramos con que el famoso Pablito, luego Pablo, ahora es Paulo-se alistó en las tropas franquistas- con este nombre, y le esperaban en Extremadura obligado, pág. 204. Estaba llamado a defender una «Iberia católica, conservadora y tradicional». Su camino hacia donde le esperaban fue convulso. Vio de todo, incluso quiso volver ante tanta atrocidad sin que todavía no asistiría a lo que no tiene nombre. Al ver la belleza y esplendor del teatro romano intentó olvidar los aconteceres de la caminata. Entramos en lo que lo inhumano es lo común. Se nos recuerda dos pensamientos, uno de Miguel de Unamuno: » Y ahora debo decirlo que muchas que hayan sido las atrocidades de los mandos rojos, los hunos, no mayores las de los bandos blancos los hotros» . El jefe de Prensa de Franco escribe-Gonzalo de Aguilera- : «Hay que matar, matar y matar a todos los rojos; exterminar un tercio de la población masculina y limpiar el país de proletarios». Las páginas 215-222 son más que dolorosas, más que inhumanas: plaza de toros, catedral, ayuntamiento, calles; la siembra de sangre. La barbarie hecha realidad; es lo que el narrador denomina la arena. El apodo de «el carnicero de Badajoz» nos inunda la mente y no quieres proseguir, pero, al mismo tiempo se te insta a leer la otra parte….,, «y la cal, págs. 223-226, encabezadas por Jay Allen («Esta es la historia más dolorosa que me ha tocado escribir) y Coronel Yagüe («Naturalmente que los hemos fusilado«). En la página 226, leemos de Indalecio Prieto: «La brutalidad de lo que aquí acaba de ocurrir-en la Cárcel Modelo, a manos de nuestros hombres- significa, nada menos, que con esto hemos perdido la guerra…Me asquea la sangre, estoy hasta aquí, nos ahogará a todos«. Y la de Manuel Azaña: «No quiero ser presidente de una república de asesinos».

El conglomerado de «La recogida de la aceituna», La muerte en el olivar, La noche bajo las estrellas, Los ocho braseros La tierra sobre el suelo de Toledo, Isaías y Paulo– interesante la precisión, «Paulo quería mirar si del cuello le colgaba la medallita…, se santiguó y siguió a su compañero», pág.247, se refiere a que pudo ser su tío Ángel al que habían matado, nos instan a proseguir. Para este lector, extremeño, como ya vengo manteniendo desde el principio de estas páginas literarias, la semblanza de «La recogida de la aceituna» me ha recordado mi pueblo. Un trabajo duro-quizá más de lo que se recoge en esta novela-ensayo-, el sustento de muchas familias durante el año. Como no hay que perderse el caminar de Paulo, de nuevo se nos recuerda, «en aquel momento entrenándose al este de Madrid para una futura batalla, la del Jarama», pág, 227. Solo su hermano José entendía el abandono de Paulo «en parte». «La conversación en el reclinatorio» impresiona. Es el narrador delante del Conde Orgaz a la espera de que Franco viniera a conversar- «Franco se santiguó ante la pintura…, y se arrodilló a mi lado», pág.248. En este diálogo, una de las preguntas «¿Sabe usted por qué va a ganar esta guerra? Por la gracia de Dios. No podemos dejar de constatar el ¡Pobre Azaña! cuando el narrador se refiere ante tanta división en la izquierda. El general lo resuelve con las expresiones, ¿Qué pasa con ese infeliz?Ese es un matacuras. La respuesta del narrador acalla mucho de lo que se dice: Pues, según tengo entendido, salvó a los monjes agustinos de su colegio en El Escorial, pág.252. Admirable, sin lugar para la duda, el diálogo una de las páginas memorables. Solo una mota; en vez de «su colegio en El Escorial», en San Lorenzo de El Escorial; es más preciso; si molesta al autor, mis disculpas. Tampoco dejo escapar de este diálogo la referencia al Santuario de Andújar como posible película. ¿El santuario de la Cabeza? ¿Qué pasará en Andújar? De momento queda en suspenso. Lo que yo recuerdo del bachillerato es que el profesor de Historia puso un énfasis altivo cuando explicó el hecho de Andújar y defendió al capitán Cortés como un héroe. Es difuso todo, pero me viene a la memoria después de tanto tiempo.

Antes de adentrarme en la sección Los primeros milicianos en sus tres actos, recojo parte de lo que se escribe de Azaña, «Todos usurpan las funciones del Estado, al que dejan inerme y descoyuntado«, y lo atribuido a Gerald Brenan «Las tropas en su marcha hacia el frente limpiaban el camino para la revolución«, pág.255. El primer acto de este punto tiene como título El versículo olvidado«. Ni me imaginé que detrás se encierra el asesinato del cura de Jándula, don Robustiano («El sonido del gancho de la matanza atravesando el cuello del cura hizo que todos los presentes se volvieran a encerrar en sus casas, algunos santiguándose sin parar; otros sonrientes, felices de que hubiera muerto«), pág.266. El segundo acto recoge los doce mandamientos. Son los puntos que deben llevar a cabo en el pueblo propuestos por los milicianos. Demasiada información para sus habitantes y sobre todo, «la talla de la Virgen era sagrada para casi todos», aunque sí se alegraron del asesinato del cura. El tercer acto, llamado «La pasión» sobrepasa la crueldad; la moza absoluta: Fulgencio y Federica son crucificados y paseados («Salió el sol y terminó la procesión. El día apagó las almas de Fulgencio y Federica»).

Es el turno para un personaje capital: don Miguel de Unamuno y lo que ha quedado para la posteridad, que el narrador emplea como ficción histórica, pero que se ha mantenido en la Historia: «El venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis». También se recoge las expresiones «Viva la muerte». ¡Muerte a los intelectuales de Millán Astray. En este caminar se retoma a la familia que se va describiendo; ahora «Odisto y José»-el otro hijo que también quiere alistarse-, ante la sorpresa de su padre. Una guerra entre hermanos. El narrador nos adelanta el febrero de 1937: «Los rostros iluminados de Málaga«. Aparte de su descripción como ciudad «blanca, dorada y lila» entre otros adjetivos, se nos muestra «la llegada de los fascistas», y la señal de la sangre que iba a correr, La obsesión de Franco por coger la mano de santa Teresa y someter a los malagueños como principio de toda Andalucía. Ante tanta osadía vino la crueldad suma de asesinatos, bombas. «Los proyectiles cayeron y ardieron en la carretera». Se denominó «la carretera de la muerte» porque hasta cuatro décadas más tarde todavía sobresalían huesos de las cunetas. Con el nombre Franco se puede leer el posible diálogo entre el narrador y el general. Ha pasado como El Carnicerito el que mandó acribillar en la carretera; también se alude a otro que fue después «presidente del Gobierno con Franco vivo»; el mismo que anunció la muerte del dictador, pág. 298-299.

«El sótano de la rebotica y el rifle». Sucesos inesperados, aunque una buena noticia Odisco «recibía cada diez días una carta de su primogénito José». Por recomendación Odisto tiene que salir del pueblo y se preparaba para tal acontecimiento y su hijo José llegaba a Madrid que le impresionó, pág. 310. De nuevo dos frases que se han pasado a la Historia; una de Alberti, «Madrid es la capital de la gloria«. Y la otra de Franco: «Destruiré Madrid antes de dejársela a los marxistas. Pronto estaré oyendo misa allí«. Con «La llegada a Madrid» se adelantan los acontecimientos que el lector/a desea esa luz fundamental. Desde lo que ya es más que un dicho «Desde Madrid al cielo», parece como si se nos ayuda en la lectura. Las fotografías de Capa ayuda en este recorrido (» José reconoció en una de las tomas de la provincia de Córdoba a su hermano Paulo«), pág. 323.

De nuevo, Unamuno: «En ese pueblo triste, tristísimo, la gente se divierte, sin duda, pero se divierte como se dijera: comamos y bebamos, que mañana moriremos», es como el inicio de La última cena y la piedra negra. La despedida de Odisco está al caer y nos sobrecoge («acostó a sus hijos y se echó en la cama como si fuera la última vez). Se levantó sin dormir; alguien le esperaba a » las afueras de Jándula para darle el último adiós», pág. 329. Me alegra que en «La despedida en el horno» nombre a Galdós: «la experiencia es una llama que no alumbra sino quemando. -¿Y eso ? – Se lo leí a Galdós. Aspecto importante, Odisto en su huida no leyó un aviso: AMIGO, MEJOR SUBE LA MONTAÑA, ESTA GRUTA ROBA TU TIEMPO. Su decisión no fue la adecuada: «despareció en la negrura del túnel subterráneo», hasta el jabalí vertió «una sola lágrima», pág. 333.

Las doce bombas sobre el reloj, están precedidas por Alejo Carpentier: «Vengo de España. Es decir del infierno». Y de Saint-Exupéry: «Aquí se fusila como se tala árboles. Interesante el diálogo entre Capa en la Biblioteca nacional y luego fiesta en el hotel Florida. Comenzaba un nuevo año en el que Odisto emigraba «y su primogénito veía las bombas caer. termina esta primera parte con Los tres ríos de sangre. El primero, el olivo de luceros fríos y nieve. La Barraca, como símbolo de algo más que cultura. Lorca, Luis Rosales, Víznar, la Huerta de san Vicente, hechos que no se pueden olvidar en estos años de muerte y sinrazones. El segundo río «La cruz de hueso». Paracuellos, fusilamientos atroces. «Ejecución inmediata». «Disparos a coro horadaron las aurículas de aquellos hombres«, «Con los huesos de los fusilados…., Tercer río, La muerte de la inteligencia. Unamuno, otra vez. Diálogo que sobrecoge: «Porque quien muere dos veces sube antes al cielo.

El Interludio con «La región vecina» era necesario, se necesitaba descanso ante tantos hechos con que el narrador nos ha inundado la mente, que va más allá de lo que nos quiere mostrar. El común denominador «Un día, Iberia será. Saramago y Pessoa están presentes. Por el momento, no se vislumbra, pero puede llegar.

TERCERA PARTE. Ascua. 1937. «Atardecía en el reflejo naranja del Jarama», pág.359. Así comienza una parte esencial en el desarrollos de los acontecimientos que el narrador nos alumbra con hechos nítidos: «Paulo limpiaba sus botas con la última claridad del día»; después en esta batalla del Jarama será alcanzado por un disparo y perdió el conocimiento; el río lo transporta hasta Ciempozuelos y se salvó de las aguas. Su descanso en una cama de arroz sirvió de ayuda La frase «Me dirijo a Cuenca», es ya como una luz dentro de lo que el narrador denomina «La lengua geográfica». La noción del tiempo la había perdido por entrar por la gruta; estaba adormecido; la diferencia supuso dos meses de diferencia; la lengua de Gervasio fue la información de lo que acontecía. Odisto se agachó y miró la lengua; aquí «aparecen puntos que que vienen y van…., pero solo en una parte», Gervasio le dice que Albacete va a ser bombardeada, y no va «a quedar nada! Una península de casas vacías», pág.372. El hambre llegaba a la puerta y cada día que pasaba era peor. Al ver tantos andamios preguntó ¿Es esto Cuenca? Ante la afirmación le dijo que lo hacían «para caer en gracia al Caudillo y que no haya represalias». Interesante el diálogo que sostienen Leticia y Odisto; es cuando se entera que no queda ni un descendiente familiar, pero le aconseja ir a la catedral, y a continuación varias páginas sublimes acerca del templo y su entorno, que termina este apartado con «Cuenca era perfecta por ser espiritualmente de izquierdas, pero corporalmente de derechas».

En «Las lágrimas de mercurio» se nos cuenta que «Paulo está en el centro de Briuega. Lo agarran del pie». José, «cojo y tumbado bocarriba en el suelo». Alrededor, «el ruido de la muerte. Los dos hermanos se reconocen».. Muy interesante el silencio y lo narrado. Estremece. Se nos adelanta. A Paulo le mandará al norte de la península, y José se «se pondrá en Madrid y la defenderá junto a otros milicianos».

Te conmueve el casi final de Odisto por tratar de ayudar a un matrimonio a cambio de un carro y unos caballos al intentar rodear la horca donde había muchos cuerpos muertos para encontrar «el hijo extraviado» del matrimonio. Odisto perdió el conocimiento. » Año después , lejos de allí…., volvería a abrir los ojos», en tierra distinta. El narrador se guarda más datos si es que los hubiere.

No podía faltar el «árbol de Guernica«, todo un símbolo, antes, durante y después. Se atestigua que su fama comenzó en el siglo XIV, «cuando acogió bajo su sombra por primera vez los fueros de los Reyes Católicos», pág.418. Lo que se denominó «árbol hijo», «presenciaría el suceso más sonado internacionalmente», que nos recordaría Picasso en un cuadro, por fin expuesto en el Museo Reina Sofía, después de tantos años fuera de España. Se eligió el pueblo y el momento para masacrar a la gentes por el Jefe del Estado Mayor de la Legión Cóndor alemana, condecorado un año después por Franco con la Cruz Íbera de Oro con Diamantes. Con el título «La hoguera de tres días» el narrador recurre a tres mujeres Irati, Haizca y Nekane para llegar quizá a lo profundo de la situación aunque sea más subjetivo. He sonsacado tres frases de «La hoguera en tres días»: «El infierno cayó como un molde sobre la ciudad». «Los mercenarios alemanes querían un exterminio completo». «Los refugios resultaron ser trampas mortales». «La sangre salía a borbotones como el agua entre las rocas de un torrente». Al hijo de Odisto. José, «le dio un vuelco el corazón al enterarse de la noticia del bombardeo…, no queda nada de la ciudad». Miles de niños fueron trasladados al extranjeros, «cuatro mil niños llorosos y aterrorizados… y después veintiséis mil». Luis Cernuda escribió: «Recordarás cruzando el mar un día / tu leve juventud con tus amigos / en flor, así alejados de la guerra»…., pág. 431.

El narrador vuelve a recordaros el paradero de Paulo que se infiltra y recoge información capital. Tenía fuerzas para proseguir en Segovia, después de su heroica actitud en en el Jarama y en Guadalajara. Su superior le prohibió y lo mandó a Madrid a descansar «hasta el mes de julio en cama, a las afueras de Madrid, en terreno rebelde». Esperaba Brunete, y allí lo mandaron como infiltrado con el nombre de Paolo. El mismo con cuatro nombres que pululan en sus quehaceres; comenzó con Pablito, después Pablo, Paulo y ahora Paolo. Importante fueron los planos que robó para entregarlos a los franquistas. Después lo mandaron a Burgos y recuperó su antiguo nombre: Paulo. Era su fin como infiltrado.

Con el título de «Deán de Cuenca» se nos informa de que, «oremos por el alma de Odisto, de quien no sabemos nadad desde la primavera pasada». Su paradero preocupaba de «aquel buen hombre que llegó a Cuenca». Pasadas unas cuantas páginas, el narrador nos da una puntada más de Odisto con las frases ¿Dónde estoy? ¿Estoy soñando? ¿Por qué no puedo moverme?, pág.470.. Unas páginas más: «Odisto abrió los ojos solo tres veces en medio año». La primera, tumbado e inmóvil. La segunda, tumbado con un olor nauseabundo, «de cadáver descompuesto». la tercera en una enfermería en la que habría «al menos una cuarentena de hombres».. Diálogo esclarecedor de la guerra y el entorno entre Orwell y Odisto. En Tarragona.

La lapidaria expresión de G. Orwell ha quedado para la posteridad: «Voy a España, claro. Alguien debe ocuparse de pararle los pies al fascismo».

De nuevo, el narrador nos atestigua más hechos del santuario de la Virgen de la Cabeza en Andújar; ahora con la victoria republicana. «El lugar del asedio quedó hecho añicos y tuvo que reconstruirse tras la guerra. Incluso se perdió la dorada imagen de la Virgen de la Cabeza». Un dato que sí te lo recordaban en el bachillerato; en mi mente no queda si después se destrozó o se recuperó: El caso es que allí está de nuevo presidiendo la sierra morrena para alegría y fiesta de los iliturgitanos cada año. Tras la guerra, el santuario se reconstruyó. Dejo en el aire el pasaje entero de «La lluvia de jaulas» para que los/as lectores sepan por qué » a eso de las seis de la tarde el cielo se cubrió enteramente de jaulas doradas con palomas albas….», pág. 461.

Paulo en el pazo nos vislumbra uno de los sucesos de los que cada persona opina y no les falta la razón y más cuando estamos ante una de las escritoras extraordinarias que nos ha dejado algo más que su literatura. doña Emilia Pardo Bazán, primera mujer ateneísta del Ateneo Científico y literario de Madrid. Paulo iba a conseguir el pazo de Meirás a cambio de cuatrocientas mil pesetas. Se cerró el trato. Acudió a Compostela y entró en la catedral por la «Porta Santa»; quería alcanzar «la célebre indulgencia plenaria».

No podía faltar el nombre de Gregorio Marañón célebre por tanto; el narrador elige: «La multitud ha sido en todas las épocas de la historia arrastrada por gestos más que por ideas. La muchedumbre no razona jamás». No podían faltar, escritores que conmueven e intentan dar luz ante tanto desbarajuste en el II Congreso Internacional de escritores para la Defensa de la Cultura. Nombres como Antonio Machado, Ana María Matute, Jacinto Benavente, César Vallejo, María Zambrano, Pablo Neruda, Rafael Alberti, María Teresa León, Vicente Huidobro, Elena Carro, Nicolás Guillén, T. Tzara, etc., nos advierten de lo que puede acontecer y más si la cultura se aparta de lo humano. De nuevo, hallamos a Paulo en «El camino de los ingleses». Cuando «llegó al Obradoiro, rezó frente al inmenso edificio y entró por la puerta principal». Observó con cuidado el Pórtico de la Gloria. Se quedó en Compostela un par de meses con trabajo de «despezador de gaitas». Suficiente para vivir.

Llama la atención que el siguiente capítulo se desarrolle en París. El narrador quiere dejar todo sin que se escape alguna nota discordante o que falte. Es algo más que detalles. Impresiona el diálogo entre Picasso y Ander. Sin duda, Ander llevaba en su vehículo los restos del bombardeo de Guernica, quería que la humanidad no olvidara. El olor a guerra no podía quedar escondido. Picasso nos dejó la barbarie hecha carne, que hoy no nos cansamos de contemplar en las casas que muchísima-millones- de gentes guarda, y también viene de todas las partes del mundo a contemplar el cuadro en el Museo Reina Sofía en Madrid.

El nombre de Gabriela Mistral por tantas cosas no podía quedar fuera de esta historia: «Qué hay de aquel país? La miseria es grande». Todo un hecho que nos conduce al desarraigo y a la muerte de inocentes. Con «La muerte del novio», José quedó destrozado; antes se habían reencontrado. El narrador lo define como «inenarrable». José y Jacobo desde que se conocieron fueron el uno para el otro. La muerte se adelantó cuando ambos querían huir de Madrid e instalarse en Jándula. «Un balazo en la cabeza» pudo más. «El volcán-que tras el golpe de Estado había surgido en el centro de la península-se preparaba para entrar en erupción». «Madrid era luz y sombra».

CUARTA PARTE. Ceniza. 1938/1939

Fuego, sangre, explosión en «El volcán lleno», fruto de las sinrazones del hecho bélico.. Toda una hoja para advertirnos: «La península quedó completamente herida y agrietada«. El derrumbe fue generalizado. Pero lo que más destacó fue » la enorme hendedura que se creó en el itsmo peninsular, cuatrocientas ocho leguas de largo y doce cuerdas de ancho, separando completamente Iberia del resto del continente», pág 522. El labrador de Teruel dio cuenta de los «mil cinco tiros de gracia escuchados cada noche».

«Llegaron con cuatro heridas: la del amor, de la muerte. la de muerte y de la muerte». Odisto se hallaba en la «enfermería tarraconense». Empieza a dar los primeros paseos ya con la primavera naciente. Ángeles rezaba para que «el embarazo le fuera bien». Paulo había abandonado Galiza. Había que reconstruir. Fue desplazado a Tudela, después a la provincia de Huesca, pirineo aragonés…. José con la mente de su compañero Jacobo intentaba cómo salir y buscar una vida más tranquila. Leía el periódico en la plaza de la Paja. Se quedó pensativo, ensimismado.

En este avance hasta encontrar rayos de esperanza, el narrador se detiene en Manuel Azaña, y la tríada de palabras que han permanecido en la historia: paz, piedad, perdón. Al lado «La carta del padre» como algo premonitorio con el final: «Cuidaos mucho y aced caso de los ermanos mayores. Os quiere buestro padre«». Todo un síntoma. La noche de San Juan con tierra, agua y fuego; un mes más tarde «recomenzó la guerra». «La trece rosas» pervivirán para siempre no solo en la escritura, también en lo que permanece más: de boca en boca. Son flores que crecerán y darán sus frutos. Fue una monstruosidad que hiere en todos los corazones; ya había terminado la guerra. Nos acercamos a «La batalla del Ebro». La historia se pronunció, ahora lo vemos desde otra atalaya después de tanto tiempo. Son páginas dolorosas. José «fue un uno de los soldados que descuidó el equilibrio y cayó al agua. Paulo descansaba en una pequeña masía de muros trizados. Tenía una misión nítida: «matar a cuantos más republicanos mejor». Estas páginas son terribles-no sé si el narrador pudo realizar otro final-. Estamos ante el segundo encuentro entre hermanos-el primero, fue en Guadalajara. Un año después, al reconocerse, «José bajó lentamente el fusil». Se quedó inmóvil «como cuando un aguacero te cala hasta los huesos». Lloró. Quería abrazar a su hermano. Lo llamó Pablito que también lloró pero sin moverse y apuntó a la cabeza de su hermano. José se sinceró: – «Hermano, dame un abrazo». Paulo apretó el gatillo, una sola bala «atravesó el corazón de su hermano y lo dejó al instante sin vida», pág.596. Entonces, sí Paulo arroja el arma y se abraza con su hermano. Es evidente que a este lector se le nubla la mente con ojos acuosos y no puedo terminar la novela como me había propuesto; todavía faltan cien páginas.

Un día después retomo la lectura con el pensamiento de Ana María Matute «Lo peor de este mundo es sobrevivir». Estoy en «El último día de enero». Odisto recupera la movilidad. Es el final de 1938. Por cuestión médica fue trasladado a Barcelona para curarse totalmente. Al fin le dieron el alta. Odisto quería vivir, recuperar el tiempo perdido y saber de su familia. Antes pasó ciertas dificultades pero que no fueron demasiados adversas; no olvidemos: estaba en la calle y sin dinero. Casi sin tiempo montó en el barco. Confundido su pensamiento iba de aquí para allá sin dónde asirse. A pesar de que nunca había escrito un poema le salió sin rima: «Un religioso astilla una cruz. Un ateo se unge con agua bendita. Un patrono levanta el puño. Un obrero extiende la palma. Todos cosen los los miembros de sus hijos«. A todo esto «el cuerpo del hermano fusilado yacía bajo una manta negra de hormigas». Paulo comenzó su itinerario lleno de dificultades con su hermano muerto hacia Jándula. Desechó la lluvia de pan por venenosa.

Se nos va adelantando que un deshielo coronaría al país. «Franco iba a ganar aquella guerra e impondría una dictadura durante treinta y seis años», pág.629. El general iba marcando los tiempos. Madrid estaba a punto de caer. La expresión machadiana: «¡Madrid! La tierra se desgarra, el cielo truena, pero tú ya no sonríes con plomo en las entrañas. La fuerza de «No pasarán«, se desmoronó y sí pasaron. La tristeza se apoderó de las gentes a pesar de la resistencia con defendieron la capital. La letra y el espíritu de la cultura en la que se reflejaron momentos fundamentales ardieron. Se hizo una auténtica hoguera con las revistas El Mono azul, Cruz y Raya, Hora de Iberia, Revista de Occidente. Se unieron los cuadernos de cultura, libros de Dámaso Alonso, María Zambrano, José Bergamín, Max Aub, Vicente Huidobro… Madrid ardía con lo más revolucionario, el papel escrito. La semblanza, otra vez de quien fue Presidente de la República. Azaña, nos conmueve: «Así acabará Manuel, y la sombra de una República con él». Max Aub evocará a esos españoles rotos, escacharrados, hacinados, heridos, soñolientos, pág. 640.

El puerto de Alicante se hallaba abarrotado, era el preludio de final de la guerra. Odisto se encontraba ahí. Su pensamiento estaba en Jándula, quería salir de esa colmena de gentes algunas de las cuales se suicidaron. «Veinte mil personas fueron detenidas del 30 al 31 de marzo de 1939, o bien fusiladas directamente o hacinadas en campos de concentración». Odisto logró huir antes. El parte de guerra se leyó a las diez y media del rimero de abril de 1939: «En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares, La guerra ha terminado. Burgos primero de abril de 1939,». Paulo estaba camino de su pueblo. Bernard Shaw escribió: «Un cristiano no puede rezar pro la victoria, solo puede rezar por la paz». El miedo se adhirió a las personas. «La oscuridad duraría cuarenta años«, pág. 668. Todo el poder lo asumirá el Generalísimo. Lo deja muy claro, el caligrama de la página 670 por si quedaba algún resquicio de duda.

Paulo lavaba el cadáver de su hermano en la huerta familiar. Una vez preparado le dieron tres vueltas alrededor de la huerta, como si fuera una procesión. Después de veinte días del último parte de guerra Odisto se presentó en Jándula, Al llegar a su huerta los ojos se le nublaron: «Le brotaron dos grandes lágrimas silenciosas», pág.687. Llegado el momento abrazó a los miembros que quedaban de la familia. El más sentido fue con Pablito.

No está demás los versos de Miguel Hernández como canción última que nos señala el narrador:

Pintada, no vacía:

pintada está mi casa

del color de las grandes

pasiones y desgracias.

Epílogo. No dejes de leerlo. Fíjate en «Nacía Luis, mi abuelo quien me iba a contar, antes de morir. todas las historias de este libro». Odisto, al ver que se acercaban unos guardaciviles, pensó: «Vendrá a felicitarme por el nieto.

. A menos de una vara de distancia, sonrientes, le dijeron una única frase: – Caballero, vamos a dar un paseo .

También el pensamiento de Ayala contribuye a entender mejor la obra: No había nada por ninguna parte. Nada, sino silencio; un silencio húmedo que rezumaba, calaba hasta lo más hondo, un silencio que era la ausencia y el vacío de la atronadora refriega, ya pasada»

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Uclés, D., La Península de las casas vacías. Madrid, Siruela-Nuevos tiempos, febrero de 2025, 697 págs.

Novela

La casa de las orquídeas

El conocimiento de una pequeña isla de las Antillas británicas, Dominica, nos retrotrae a un cierto colonialismo europeo, pero también qué subyace de los encuentros en ese mar tan lejano, y si hubo fusión entre las personas que estaban con las que llegaron. El protagonismo estriba en tres hermanas que regresan a la isla tras casi toda una vida en el exterior. Su antigua niñera es clave, les recordará las vicisitudes de lo que fue y lo que permanece. Poco importa si detrás hallamos a la autora de la novela, Phyllis Shand Allfrey (1908-1986),o, al menos, su universo familiar y social. Es evidente que realidad y ficción se dan la mano para llegar a describir un paisaje embriagador, exuberante y una sociedad heterogénea.

«BELLEZA y decadencia, belleza y enfermedad, belleza y horror: eso era la isla«. Con estas dicotomías comienza la edición de Lourdes López para acercarnos a La casa de las orquídeas (1953) durante el Impero británico en la primera mitad del siglo XX. Un dato esclarecedor para entender en toda su dimensión la novela es que las orquídeas «eran las flores más preciadas por su peculiar belleza y elegancia» y, por ende, asociadas a las gentes privilegiadas económicamente-«cuando invitaba a los amigos ingleses y americanos que se dejaban caer desde yates o cruceros para ver su orquídeas y sus jardines»-, pág. 95.

Estructuralmente, la novela consta de catorce capítulos, divididos en cuatro partes tituladas «Los días anteriores»-tres capítulos- «La señorita Stella vuelve a casa-cuatro capítulos-. «Regresa la señorita Joan-cuatro capítulos-. «Llega la señorita Natalie-tres capítulos. «Sentía añoranza. Quería escribir un libro sobre una isla«. Así de nítida se presenta la autora. Un sentimiento revolotea su mente y quiere escribirlo; lanzar al mundo su pensamiento de su isla con toda crudeza. Al lector /a no se le escapa que estamos ante el retorno a la isla en que creció la autora y sus hermanas. La relatora es Lally, la niñera que las cuidó (Stella, Joan, Natalie). Cuenta la historia de la casa, el pasado colonial, sus raíces, el recuerdo del padre, un opiómano, que vuelve de la primera guerra mundial. La remembranza se deja traslucir; el anuncio de que llegan las niñas, después de tanto tiempo. Es la historia de la familia encabezada por «los días anteriores». Ya en las primera líneas se nos narra en qué iba a trabajar la criada; la señora «volvió con una cesta en la que había un bebé». Era la señorita Stella-«la niña más bonita que había visto jamás«-. El recuerdo de las tres niñas se hace presente, que ya se habían casado. Stella con granjero alemán y vive en Nueva York. Joan, con un voluntario de las brigadas internacionales en la guerra civil española y vive en Inglaterra, y Natalie con un caballero inglés. mayor, pero rico. De alguna forma es la encargada de ayudar a sus hermanas.

«La señorita Stella fu la primera en volver a casa«, así comienza el capítulo cuarto. Su llegada fue satisfactoria. La relatora se detiene para describirla una tarde en que la placidez se adueñaba del entorno: «Estaba tumbada (…), respirando hondo y estirando las piernas desnudas sobre la hierba espesa.«. Su hijo, llamado Hel, estaba a su lado, entretenido («Estaba callado, el gracioso niño rubito, pero cunado hablaba su voz era un leve quejido dulce«), pág. 145.. Su vuelta era necesaria, quería saber, recordar y dar las gracias por tanto. Al final de estos años anteriores, hay un párrafo ensoñador, sentimental, que ahonda en el espíritu de la relatora que jamás olvidará de la señora, el señor y sus niñas por encima también de sus dificultades, vuelven » a aflorar ahora que soy vieja y estoy ociosa (,,). Mis días no eran míos y vivía mi vida a través de otras personas». La expresión gritada por Joan- con su hijo en brazos-: «¿ Lally, Lally, te acuerdas»?, llenó todo su corazón y casi estuvo de derramar alguna lágrima de emoción. Pero, también, tuvo que soportar con sorpresa lo que le espetó muy al final Natalie: «Lally. pareces una solterona blanca de principios de la época victoriana«, pág. 300. Lo peor en esta vida es la ingratitud. El dinero obnubila las mentes.

El regreso de la señorita Joan estaba al llegar; era necesaria. El barco en el que vino «era uno de esos barcos caprichosos que llegaban cuando les parecía». Trajo a su hijo Ned, y como equipaje «tres cajas llenas de libros, una maleta grande y otra pequeña, y una bolsa de red llena de de juguetes y de artículos de aseo», pág.225. En los viejos tiempos fueron descritas como «Stella la conmovedora, Joan la temeraria, y Natalie la tenaz», pág. 311.

Faltaba la más joven y a la que en parte la vida le sonreía: la señorita Natalie. Son los tres últimos capítulos; en el primero, comienza: «La lluvia que no cesó en lo que quedaba de semana, cayó como un velo casi opaco; lo cubría todo y nos mantuvo en un limbo pacífico y aguado», pág. 271. Ned, dormía. Su madre Joan charlaba en la despensa. «En las laderas de las montañas caían los arroyos con un rugido suave». La sorpresa salta cuando se le recuerda a Joan que fue « un miembro importante del Partido Laborista, allá en Inglaterra», aunque se matice que no pintaba nada en la política, que era una trabajadora de poca monta, pero sí se recuerda que su marido Edward estuvo en la guerra española de 1936 como voluntario brigadista («cuando atravesó el río Ebro a nado con esas preciadas balas en los bolsillos») . El «tu tía Natalie viene mañana» cobra todo su vigor, se la esperaba como agua de mayo. Nadaba en la abundancia. El ahí viene el hidroavión de la tía Natalie era como una esperanza pero también de zozobra el aterrizaje, que fue en el mar «y Natalie ha sabido recoger los amarres con gran destreza». Natalie fue descrita como guapa. divertida, vividora, ensoñadora, huidora de los andrajosos, débiles, de la política, bebedora de lo mejor, bailadora, embriagada de dinero eso es lo que admiraba, lo demás no iba con ella.

La huida es descrita por Lally como la intercesora que pone paz, tranquilidad, después de tantos sobresaltos. El hidroavión surcó los cielos-simbolizaba la vuelta a la vida-. La resistencia del padre fue enorme; solo mirar al aparado le horrorizaba. Para él eran «máquinas diabólicas. El «tienes que venir» de su hija» y el imperativo de la voz del hijo de Joan, Ned, con «Abuelo, ven» que iré contigo calmó la situación. Se agarraron las manos todo el camino.

El final es un diálogo esclarecedor entre Joan-fascinada por la naturaleza en la que nació- y Lally. Joan promete no dedicarse a la actividad política en la isla y estar al lado de su marido e hijo. A la pregunta «¿qué decía en esos telegramas a Inglaterra? -«Se lo envié a Eduard, le pedía que viniera». El cómo conseguiría el dinero para llegar a la isla. La respuesta fue tajante: «Natalie me dio el dinero«. Las diferencias sociales no importaron tanto para la ayuda, pero sí se percibe que la «niñera» tenía una cierta predilección por Stella-sin duda, la más nostálgica de su tierra-, aunque de su boca saliera la expresión «las quiero a todas», era algo inherente que estaba en su corazón.

«Había abierto mi otra puerta, la que daba al patio, y dejó entrar el verde eterno, el azul de las montañas y el del cielo azul, el perfume de tantas flores, la altura de las palmeras y de todo un carnaval de pequeños insectos», pág. 330. El joven Ned está llamado a reparar los errores que se hayan podido cometer, «el que nos sobrevivirá a todos, vendrá a vivir aquí».

—–Shand Allfrey, PH., La casa de las orquídeas. Madrid, Cátedra, 2025, 330 págs.

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Novela

Impaciencia del corazón de Stefan Zweig

Poco importa que sea la primera novela publicada en el exilio; en concreto, en Estocolmo y Ámsterdam. Lo primordial es cómo teje la trama para hacerla más visible para los/as lectores. Su nombre reside entre los grandes estilistas; nos conmueve lo que cuenta. Me impactaron Carta de una desconocida y veinticuatro horas en la vida de una mujer hace ya muchos años. Su sapiencia en aunar realidad y ficción es única.

Aparte de su conocimiento del ser humano, subyace una capacidad que va más allá de lo que se puede esperar; a todo, hay que sumar el misterio con que entreteje las historias. La pregunta que nos hacemos es si es la compasión la que lleva al amor; o es este a la compasión y lo acatamos. El problema radica en por qué el joven teniente de caballería invita a una joven aristócrata a bailar sin conocer que sus piernas no pueden hacerlo; este es el comienzo de la trama. Ese no moverse plenamente por una enfermedad es la imagen con que comienza una relación.

El apuesto teniente se maravilla del trato que recibe allá donde va; baile, reuniones, café, seguridad y militar son conceptos que se juntan. Ya en las primeras páginas de la novela nos llama la atención la carta que recibe y abre con ansia: «Muchas gracias, estimado teniente, por las bellas e innumerables flores, que me han causado y aun causan una gran alegría. Le ruego que venga a tomar el té con nosotros la tarde que desee. No es necesario que avise. Por desgracia, yo siempre estoy en casa. Edith v. K«. La visita no tardó para resolver su pensamiento que le martirizaba. El recuerdo de aquella tarde: baila que te baila con unas y con otras; se da cuenta de que no ha invitado a salir a la hija del anfitrión. Se va hacia donde está y se inclina en señal de invitación. Una mirada extraña le sorprende. Cree que no le habrá entendido y lanza :¿Me concede el honor, señorita? La niña se estremece, aprieta las manos, los labios. De repente: «un sollozo, salvaje, elemental, como un grito ahogado». Los sollozos pudieron más que el silencio. No se había dado cuenta que Edith estaba paralítica. Esto transformó al teniente, por eso ante la carta recibida quería presentarse para sentir con ella. Al llegar se saludan con amabilidad pero contenidos y enseguida el recuerdo: «me había sentado allí con la intención de ver a las parejas, y cuando usted llegó nada me hubiera gustado más que bailar…, estoy loca por el baile».

El hecho de que estuviera encadenada a una silla de ruedas dolía no solo a la protagonista, también al entorno y al teniente que descubre la compasión como una fuerza que le prende y placentera. Está como inmerso en una «magia creadora de la piedad». El afán por la curación de la enferma no descansa; el progreso de la medicina tiene que coadyuvar. Mientras tanto había que mimarla. Se reconstruyó una vieja torre y la colocación en lo alto de una cómoda terraza y mirador; incluso se puso un ascensor para que subiera en su silla de ruedas » a disfrutar de la amada vista«, para que recobrara su infancia. Era su liberación la subida a la terraza.

Aturdido, nublado por la compasión o tal vez por discreción no se atrevió «a preguntar por la enfermedad misma ni por la madre». Todo le inquietaba, y el dolor le taladraba; si esas piernas tiesas era «o no incurables«. El diálogo con el Doctor Cóndor iba a más. Le pedía que concretara: «esa parálisis de Edith es una enfermedad pasajera o es incurable»? Ante la profundidad del médico le vino a decir: «un médico que acepta de antemano el concepto de incurable deserta de su auténtica tarea, capitula antes de la batalla». No se arredra el teniente y ahonda: «¿ha conseguido cierta mejoría? Al oír que no había conseguido «nada sustancial» después de cinco años tratándola casi se viene abajo y más cuando «a veces la naturaleza engaña al paciente» aunque se sienta mejor a ratos. Se viene a relucir «la terapia de una parálisis» que había aparecido en la Revista médica de París. Lo primordial era buscar algo en qué agarrarse para la curación, o al menos cierta esperanza.

Una singular excursión establecida con una ceremonia nupcial y sala de baile que de pronto se convirtió en «un fogoso torbellino de cuerpos que vibraban…». La juventud se entusiasmaba.. Edith al verlo sintió no poder hacerlo, pero insta al teniente que baile, incluso se sintió feliz de estar allí. Otra entrevista con el doctor Cóndor vino a echar por tierra esa esperanza que sentía. El caso de Edith no se podía aplicar a los métodos que venían sucediéndose en la medicina, y además le espeta: «la compasión es algo condenadamente difícil» y no tiene buen final. Le insta a que sujete «las riendas a la compasión». La piedad, le dice con energía se puede ver con doble vertiente: «una, la débil y sentimental, no es más que la impaciencia del corazón por libarse…». La otra, la única que cuenta…, la compasión no sentimental, sino creativa, sabe lo que quiere y está decidida a resistir, paciente y sufriente» (…) «Es mejor la verdad. por cruel que parezca: en la medicina, el bisturí es a menudo el método más incruento. ¡No lo aplacemos más!».

Después de una ardua discusión entre el teniente y Edith, incluso desafiante, se disculpan. Prosigue, ahora pacífica, la conversación. Pero hay un momento en que suelta Edith: «¡No puedo soportar por más tiempo este eterno esperar! La atracción de los ojos pudo más y se inclinó («rocé, ligero y fugaz, su frente con mis labios«). Las manos de Edith «como garfios, me cogieron por las sienes antes de que pudiera apartar la cabeza y bajaron mi boca de su frente a sus labios, que apretaron los míos con tal ardor, avidez y ansia…». El sentimiento tomó cuerpo: «Nunca en toda mi vida he vuelto a recibir un beso tan salvaje, tan desesperado, tan sediento como el de esa niña inválida». Edith quedó hechizada y no le dejó hasta le atraía con fuerza, le besó las mejillas, la frente, los labios «con una codicia furiosa y a la vez desmayada«. El ardor, la fuerza de los besos, fue lo fundamental; atrás quedaba todo. Necesitaban ese desahogo. Es cuando el teniente comprendió que Edith quería, ansiaba, ser «deseada», más allá de enfermedades o sinsabores que acontecen. El quiero que me quieras es una necesidad humana. De todas formas, el teniente terminó como aturdido, sin una determinación clara. La huida era una ventana abierta, ¿pero era posible, a pesar de que creía que era «un amor insensato»?

Se extrañó de que tuviera una carta tan pronto con dieciséis páginas, «a vuela pluma con mano excitada… (…). Como la sangre de una herida abierta, las frases fluían imparables, sin párrafos, sin puntuación, una palabra desbordada». La carta era de Edith en la que mostraba su amor («ardía mi corazón por ti«), y sin embargo piensa que una «criatura inválida no tiene derecho amar». Varias veces repite «amado mío». Su impaciencia «y ansia de curar eran tan locas que en ese instante en que te inclinaste sobre mí ya creía, ¡creía de veras, creía sinceramente y enloquecidamente ser esa otra, esa nueva, esa sana! La expresión que inundó el alma del teniente «¡solo para ti!¡Solo para ti!» quería curarse, le desbordó de emoción. Exigía que volviera («me regales una hora de tu tiempo»). Y así fue leyendo página tras página con ideas que desgranaba como que no tuviera «ninguna compasión», «no hay día ni noche sin ti», «solo pienso en ti«, «no puedo seguir viviendo si me niegas el derecho a amarte». Leía y releía. Pensaba en la carta continuamente y en la desesperada angustia de Edith. Y en el plazo de dos horas halla encima de la mesa otra carta. Pensó no leerla ante el miedo «por esa pasión insensata y maldita». Ante su sorpresa , la carta solo contenía diez líneas sin encabezamiento: «Destruya inmediatamente mi carta anterior. Estaba loca, completamente loca«.

Ante tantos percances no podía seguir así; tenía que solicitar mi renuncia en el acuartelamiento y luego sería libre. Piensa, de nuevo, en las dos cartas («no podía soportar ser amado en contra de mi voluntad» .»¿Qué importa que una desconocida me ame?»). Ya no le importaba si se cura o no, quería huir. Su marcha estaba decidida por encima de todo. De pronto se acuerda del doctor Cóndor. Y es esta la persona que le convence de lo contrario; echa por tierra con argumentos su huida; eso le llevaría al asesinato de la única persona que se ha enamorado perdidamente de él; solo le pide ocho días; de lo contrario, llevaría en su conciencia toda la vida la crueldad de una muerte. No se podía quitar de la cabeza «que no debe sentir como siente». ¿Que no debe amar si ama? Esto sería lo peor. En ningún caso que ponga los pies en polvorosa después de haberle mostrado una feliz compasión. Sería como un «crimen vil contra un ser inocente, que se ha enamorado con pasión de usted. Para convencerlo le narra su matrimonio con una ciega y no se ha arrepentido de su elección. Ante la persistencia de que es absurdo, que está muy lejos de esa querencia e insiste en que su petición de renuncia de su trabajo la tiene en el bolsillo. La respuesta no se deja esperar si usted lo hace, sería «una sentencia de muerte para la pobre niña«. La fecha de ocho días lo aceptó e iría a verla; ocurrió de todo, incluso una ardiente y súbita compasión. Te tienes que dejar amar por ella, revoloteaba por su cabeza. A los tres días no podía aguantar, era «un tormento». Había que resistir, mantenerse. Y Edith, harta de mentiras. Él solo, el teniente podía ayudarla volaba por todos los pensamientos. El momento en el que parecía clave se inclinó «con rapidez hacia ella» y la besó en la boca («Ese fue mi compromiso matrimonial»). «Sus labios tomaron los míos como se toman un regalo». Para completar esa querencia se deslizó por el cuarto dedo un anillo. La felicidad cayó a raudales. El milagro se aposentó, parecía como si quisiera andar sola, sin muletas. No se produjo, y ante el miedo » a la impaciencia de ese corazón salvaje, miedo a esa desgracia ajena», se plantea huir otra vez. Su conciencia de ese compromiso era «si se cura».

Los acontecimientos se anteponen a todo; de nuevo, deshonra, el qué dirán, la cobardía, su nuevo traslado, ansiaba hablar con Cóndor, su conciencia se lo exigía, y aunque no devoto se lo pedía a Dios que el médico estuviera en casa. No pudo ser. Tampoco llegó a tiempo el telegrama dirigido a Edith. La impaciencia de su corazón, no «quiso esperar ni un día, ni una hora…, llevó a cabo lo espantoso».

Es el final el que corona la obra después de tantos hechos que nos concierne: Pero desde esa hora vuelvo a saberlo: ninguna culpa está olvidada mientras la conciencia guarde noción de ella.

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Zweig, S., Impaciencia del corazón. Madrid, Cátedra, 2025, 443 págs.Cantando sobre el atril by Félix Rebollo Sánchez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 España License

Novela

Virginia Woolf: Orlando

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Poco importa si Orlando es una «alegoría, una novela, fantasía, biografía o larga carta amor». Lo primordial es que te acerques a su lectura para después opinar. Ese es el problema. Lo cierto es que rompe lo convencional como creación literaria para adentrarse en las identidades humanas desde otra atalaya que supuso una ventana en el arte de escribir, como una recreación placentera en la pluma de Virginia Woolf.

El protagonista está inmerso desde la época isabelina ( en las primeras páginas describe el beso de Orlando » besando a una muchacha-¿quién demonios podría ser aquella libertina desvergonzada-?)», hasta bien entrado el siglo veinte en la que la expresión literaria se yergue como basamento de algo que atrapa no solo por la forma, también por cómo se nos detalla un período de la historia de Inglaterra. Inmediatamente, la escena es descrita como que no del todo se podría culpar a Orlando, «era la época isabelina; su moral no era la nuestra; ni sus poetas, ni su clima, ni siquiera sus vestiduras. Todo era diferente». Más allá de las convenciones sociales se desliza con nitidez el cambio del género masculino al femenino y el amor se convierte en lo sustantivo, sin que casi al final se atisbe una diferencia nítida. Según la crítica más exigente, «puede considerarse que la obra es un tributo de amor de Virginia Woolf hacia Vita Sackville-West», pág. 44. Virginia nos dice que el título fue como un automatismo: Orlando: Biografía, «mi cuerpo se inundó de éxtasis y mi cerebro de ideas», pág.45. Detrás de Orlando está Vita; el amor se hizo más que espiritual. En Virginia brotó lo que su corazón y mente clamaba.

Ya desde el capítulo primero se nos traza una semblanza fundamental de Orlando: …»le gustaban los lugares solitarios, las vías panorámicas y sentirse por siempre, por siempre jamás en soledad». La expresión «estoy solo» marcará el devenir, cuyo denominador común, al menos en su juventud, fue la fuerza de la naturaleza («sentir la columna vertebral de la tierra»), que cuando se halla en la meseta central de Anatolia cobrará todo su vigor ya como mujer. En este capítulo se resalta, mientras Orlando estaba dormido, sin darse cuenta que una reina lo había besado. Mucho tiempo después le llegó un aviso que «debía acudir ante la reina a Whitehall». Se le dieron tierras, sería «el roble que le sostendría de su ancianidad». Orlando era «joven, rico, apuesto». Tenía en todos los sentidos un porvenir lleno de felicidad, incluso «muchas damas estaban dispuestas a concederle sus favores». Mas el primer gran amor-breve- de Orlando fue una princesa rusa, que había venido con el séquito del embajador moscovita en un invierno congelado. Según él, conoció por vez primera «los deleites del amor». La huida de la princesa a Moscú fue como un sablazo («el mundo entero parecía repicar con las noticias de su engaño»). Aturdido y pasmado vio cómo el barco de la embajada moscovita estaba haciéndose a la mar«. Furioso, de su boca salieron las palabras más duras a una persona («Infiel, adúltera, diabla, embustera, veleidosa«).

Al trazar la biografía de Orlando, la autora se propuso «trabajar con perseverancia»; «exponer los hechos en la medida en que se conozcan y que el lector saque sus propias consecuencias», pág.119. Orlando se retiró a su gran mansión en el campo y quedó profundamente dormido durante siete días; no hubo forma de despertarlo. Al séptimo se despertó a la hora acostumbrada. Había elegido la soledad para conocerse y sacar conclusiones, el caso es que le causó «un extraño deleite por los pensamientos sobre la muerte». El amor a la soledad, su indolencia, su melancolía le rumiaban su pensamiento. Le dio por la lectura y se puso a leer a Sir Thomas Browene; la creación literaria le esperaba aunque bien sabía que era «una deshonra imperdonable para un noble. Y así «sumergiendo la pluma en el tintero«, se preguntaba qué sería de la rusa que le había abandonado sin que desbrozara ese veneno que le atosigaba con denuedo. Su mente le llevó a pensar que por nacimiento era un escritor más que un aristócrata. En su vida aparece Nicholas Greene, un poeta que Orlando manda llamar puesto que era un gran poeta para entablar conversación para ver cómo se sentía en el arte de escribir. La imagen que le transmitió fue que dedicarse a este menester era pasar penalidades y no se podía vivir de ella; le citó a Shakespeare. Lo que quedó fijo en la mente de Orlando : … «era que el arte de la poesía había muerto en Inglaterra«, pág.137. Sin embargo, admitía que Shakespeare había escrito «algunas escenas que no estaban mal, pero era Marlowe principalmente quien se las había inspirado». Con fuerza nítida vino a decir que la época de la literatura había pasado y se decantaba por la griega, «la isabelina era inferior a la griega en todos los aspectos». Con estas ideas, Orlando se vino a bajo, pero a reglón seguido, oye también que «la isabelina era una gran era». En estos pensamientos decidió que escribiría como le apetezca, dejando al lado imitaciones, se decantó por sacar un cuaderno en el que había puesto «El roble: poema» y escribía hasta bien entrada la media noche. Finalmente, en un arrebato de que su vida tenía que cambiar pidió «al rey Carlos que le enviase a Constantinopla como embajador extraordinario». Era una forma de quitarse tanto sinsabor.

En este período, llamado la Restauración, supuso una forma distinta de ver la vida; cumplió con lo que se le pedía, hasta la naturaleza estaba a sus pies, y cómo no, era «prenda codiciada de muchas mujeres y de algunos hombres». De nuevo, se nos advierte: «cae en un profundo sueño entre sábanas muy revueltas» que duró siete días. Un dato importante es que los turcos se levantaron contra el sultán y los extranjeros fueron acuchillados, pero al ver que Orlando, aparentemente estaba muerto lo dejaron sin tocarlo. Más tarde, se nos dice que unos trompetistas hicieron sonar un terrible toque: «La Verdad, ante lo cual Orlando despertó». Se puso de pie, desnudo. y es entonces cuando la relatora confiesa…, «que él era una mujer», pág. 181. Era innegable que Orlando se había convertido en mujer». Y así, el embajador de Gran Bretaña ante la corte del sultán abandonó Constantinopla.

Después de varias vicisitudes, se embarca para Inglaterra. Su pensamiento ya es otro: «Todo lo que podré hacer en cuanto ponga pie en tierra inglesa será servir el té y preguntarles a mis señores cómo lo desean». En su espíritu anidaba lo que siempre soñó: la contemplación, la soledad, el amor, y exclamó: «Gracias a Dios que ya soy una mujer», y era a una mujer a quien amaba. Pero, hete aquí que, nada más llegar la presentaron tres demandas fundamentales durante su ausencia: » que estaba muerta y no podía poseer ningún tipo de propiedad, que era una mujer, que era un duque inglés y se había casado con una tal Rosina». Los litigios disminuyeron su riqueza principalmente por ser mujer. En todo momento sentía su belleza; ante el espejo , el deseo le desbordaba, hasta en una ocasión pudo oír las hojas agitándose con el viento y el gorjeo de los pájaros y después suspiró: Vida, un amante». Solo faltaba introducirse en la sociedad londinense, y esta tampoco le satisfizo («¿es esto a lo que la gente llama vida?). Se percata de que el siglo XVIII tampoco trajo esa luz que ansiaba como mujer («El siglo XVIII había terminado; daba comienzo el XIX», pág. 253). Lo que se decía la hundía más: » las mujeres son solo niños grandes»; están para halagarlas, para el entretenimiento. La entrevista con el señor Pope sirvió de poco; su alivio fue necesario cuando se marchó el intelectual, al contemplar «las alegres barcazas cargadas que iban remando río arriba»; los intelectuales no querían comprender y no sabían. Es el final del capítulo cuarto cuando Londres es descrito como negrura: «Cubría la ciudad una turbulenta y confusa nube. Todo era oscuridad; todo eran dudas, todo era confusión». Así estaban las relaciones humanas en un siglo en que fue bautizado como Ilustración.

Por si fuera poco, la entrada en el siglo XIX, la época victoriana tampoco se significó por el cambio que deseaba Orlando como mujer («La vida de una mujer promedio consistía en una sucesión de partos»). Cuando la mujer llegaba a los treinta tenía unos quince o dieciséis hijos. Una tarde Orlando se palpó el pecho y encontró el manuscrito de su poema «EL Roble«, «manchado de agua de mar, de sangre, de los viajes», después de tantos años. En la primera página estaba escrito el año de comienzo 1586 con su letra. Atrás quedaban trescientos años («Después de todo…. no ha cambiado nada»). Su pensamiento era transparente. Se preguntó: ahora con la reina Victoria y mucho antes con la reina Isabel, «¿pero cuál es la diferencia?». La ventana a la que se asomaba fue la testigo de su idea. Y además, el siglo XIX «le resultaba extremadamente adverso». La soledad le embarcaba, «todo el mundo tiene pareja menos yo…, estoy soltera, sin compañero, sola«. Su pareja era el páramo, la naturaleza, «soy la novia-susurró-«. A pesar de que había conocido a hombres y mujeres, no había entendido a ninguno. Un día «vio una silueta que se alzaba oscura contra el cielo del amanecer teñido de amarillo». Es entonces cuando encontró a su prometido: D. Marmaduque Bontrthrop, librepensador. Las expresiones «eres una mujer», exclamó ella; y «eres un hombre, Orlando», exclamó él, marcan un interrogante, cuál es la diferencia; quién es quién. Y así estuvieron más de dos horas hablando y del corazón de Orlando salió: «soy una mujer, una verdadera mujer, por fin», pág. 277. La afinidad entre los dos era tan evidente que prosiguieron preguntándose «(«una revelación tal que una mujer pudiera ser tan tolerante y honesta como una hombre, y que un hombre pudiera ser tan peculiar y sutil como una mujer»). La necesidad del compromiso se asentó («cómo pasaba el anillo de uno a otro»). El amor había llamado a la puerta y se había casado.

El último capítulo viene marcado por la primera guerra del siglo XX. Es el final con su libro literario The Oak tree en el que se recogen trescientos años («Allí estaba el tintero; allí estaba la pluma, allí estaba el manuscrito de su poema»). Lo que deseó siempre fue escribir poesía, qué más da que estuviera casada con un marido que siempre estaba en Cabo de Hornos, ¿ «eso era matrimonio»? Su estado de felicidad era otro, la entrega a la escritura, a que volara su pensamiento se hizo: «Escribió, escribió, escribió«. Vida y pensamiento son como dos polos opuestos. ¿Solo queda mirar por la ventana? Entonces es cuando surge la terrible pregunta, ¿qué es la vida?…, «que ¡ay!, no lo sabemos«. En ese momento, Orlando se levantó, «dejó la pluma, se acercó a la ventana y exclamó: «¡Se acabó!». Sorprendentemente se nos atestigua un signo de vida: «Es un niño precioso, mi señora». «En otras palabras, Orlando había dado a luz a un hijo sin percance alguno, el jueves 20 de marzo, a las tres en punto de la madrugada».

«Y sonó la duodécima campanada de medianoche: la duodécima campanada del jueves, once de octubre de mil novecientos veintiocho». Los años 1568 y 1928 se amoldaron. La tríada: Orlando, el hijo carnal y The Oak tree permanecerán para adentrarse en el alma de una mujer con la literatura inglesa como cabecera desde el período isabelino hasta su muerte. Eso sí, la poesía como bálsamo, como refugioQué tienen que ver las alabanzas y la fama con la poesía?).

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Woolf, V., Orlando. Madrid, Cátedra, 2024, 361 págs.

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Novela

La señora Dalloway recibe

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Por motivos varios la escritora Virginia Woolf siempre está como vigía luminosa, aunque no siempre tan leída, pero sí nombrada. Ahora tenemos la oportunidad de comprender por qué su novela más famosa La señora Dalloway es considerada como maestra en el arte de escribir. Los siete relatos de este libro, mas unos capítulos de Viaje de ida, nos acercan a su gran novela.

Mrs. Dalloway, publicada en 1925, «recorre un solo día de verano en la vida de dos personas cuyos caminos no llegan a cruzarse». Es el sentimiento de una mujer de la aristocracia-no olvidemos que ella vivía cerca del Parlamento- que camina por los sitios más emblemáticos de Londres en los que nos va dejando sus huellas. Realidad y ficción se hermanan en la palabra clave: fiesta, y un personaje simbólico que va más allá de los hechos que se narran: Clarissa, y su forma de observar en la que nada se escapa. No hay la menor duda de que detrás está Woolf en todo su engranaje. La preparación de una fiesta es algo más que la exhibición de la protagonista. El carácter psicológico revolotea en todo su esplendor.

Bajo siete enclaves podemos llegar a lo que fue su obra considerada maestra: La señora Dalloway en Bond Street-la más relacionada con la novela-, El hombre que amaba a sus semejantes, La presentación, Antepasados, Tan cerca y tan lejos, El vestido nuevo, Como resumen. Conforman atisbos de cómo se fue haciendo el personaje hasta su final en la novela, de ahí que sea casi obligado la lectura de los siete para comprenderlo mejor y, claro, «la evolución de la escritora Virginia Woolf desde sus comienzos y hasta la obra que consolida el estilo narrativo por el que pasaría a la historia», pág.47. A todo hay que añadir, y necesarios, la lectura del Apéndice «La señora Dalloway en Viaje de ida»-los capítulos, III,IV,V, VI aunque el sexto incompleto»-.

No podemos echar en saco roto que la mente de Woolf-en este caso Clarissa– giraba en torno a la fiesta-«la consciencia de la fiesta«-, de cómo expresar lo que siente y también a su desarrollo como «novelista y crítica» que tanto han escrito la crítica más exigente. La editora resalta que el resto de historias salvo «El vestido nuevo» forman «una especie de epílogo a la novela», pág. 38. Tenemos que tener en cuanta lo que tantas veces manifiestan los/as que se han aproximado a Virginia, como son el por qué de existir, el paso del tiempo, la muerte, la libertad y las diferencias entre hombres y mujeres cuando somos personas y tienen que tener los mismos derechos en la sociedad; cuando no se dan, viene el desasosiego, las preguntas constantes que, a veces, nos conducen a un final incierto en una sociedad opresora ante la educación, la maternidad, el matrimonio. Es ahí en el que estamos, por lo que la escritora se dirige a todos/as para romper los convencionalismos que nos ahogan, no nos dejan ser. La independencia de la mujer sobrevuela por sus escritos y conciencia, como necesidad.

La profundidad que yacía en su alma se hace viviente con el entorno, por ejemplo, en el relato «Como resumen«: «Y Clarissa la había abierto al yermo de la noche, había adoquinado la ciénaga y, cuando llegaron al final del jardín…(…), ella miró la casa con veneración, con entusiasmo, como si un rayo dorado la recorriese, y los ojos se le anegaron de lágrimas y estas cayeron en una profunda acción de gracias«, pág.116. Y de esta manera se fue formando el personaje que con ahínco fue amasando hasta que consiguió lo que en su mente permanecía; no quedó ni una brizna, sacó todo su jugo en ese fluir de la conciencia que le aguijoneaba.

En definitiva, estos relatos coadyuban a entender mejor su obra imperecedera; Virginia Woolf ha ido preparando, con estas aproximaciones, hasta llegar al gran personaje que creó, ahondando, escarbando, para conseguir la plenitud.

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Woolf, V., La señora Dalloway recibe. Madrid, Cátedra, 2024, 186 págs.

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