¡Aleluya, para los/as desheredados de la fortuna, para los que es esquiva la felicidad, para los que añoran la cultura, para los que no pueden ser libres; para ti, también, que sientes la soledad acompañado/a y no hallas la tranquilidad necesaria en estos días de entrega, de dicha, de fraternidad, de alegría en constante comunión con los demás!
Creyente o no, respeta, y a ser posible recuerda lo que aprendimos de niños, al menos, en los pueblos, -desde luego, en el mío sí, enclavado en un cerro que además se convirtió en una puerta a la cultura-, el canto: «A Belén venid pastores que que ha nacido Nuestro Rey, envuelto en pobres pañales sobre pajas lo veréis»… Desgraciadamente, según las noticias que llegan, la Navidad no podrá celebrarse como se acostumbra en Belén; para todos/as paz. Y si te es posible rememora lo que tradicionalmente se llama «la misa del gallo» en la iglesia más cercana; de niño me encantaba, era a las doce de la noche. Sinceramente, es cuando más se llenaba el templo, incluso muchos se tenían que quedar en la explanada. Se vivía la Navidad.
Esta celebración pascual- la Natividad-, también, quiero hacerla extensible a las 204. 565 vistas en mi «blog» Cantando sobre el atril. Estas personas se habrán enriquecido de lo que escribí en mi salutación fruto de mis lecturas.
Me gustaría también ya que estamos en el año azoriniano leyeras el excelente artículo de Azorín, publicado el 24 de noviembre de 1896 en el periódico El País «La nochevieja del obrero». Tengas fe o no ahí caben todos.¡ Es Navidad! Alégrate.
Se necesitaba esta edición, aunque no sé si le hubiera gustado al mítico Sánchez Ferlosio su publicación a estas alturas. Estaba un poco harto de tanto como se decía de la novela; su éxito le sorprendió («A la vista de cómo han ido las cosas«); fui testigo en alguna ocasión. En concreto, yo admiré su prosa, era una delicia leerlo; incluso cuando se dedicó a lo lingüístico, lo tuve presente. Fue una voz crítica. Un inventor y renovador.
Conviene leer primero la amplia biografía con que nos obsequia el editor Mario Crespo; probablemente algunos aspectos ya se habrán leído; para mí, desde luego, son novedosos la gran mayoría, no su obra. La extensa introducción hace pensar que el editor quería abarcarlo todo, lo cual es de agradecer. No te asusten las mil trescientas sesenta notas; hay que tener tiempo y paciencia si quieres llegar a un conocimiento exacto. Al final, en tu mente dirás: este es el grande Sánchez Ferlosio más allá de los chascarrillos que suelen manifestar los que no leen.
¿Eran necesarios tantos datos biográficos?; yo creo que sí para disipar dudas de cómo su biografía está integrada en su obra, aunque al principio sorprenda que también se aluda literariamente a Industrias y andanzas de Alfanhuí, 1951; con el paso del tiempo dirá de la obra que «es mi única novela verdadera porque es un libro con espontaneidad, sin pretensiones», pág. 29. Es entonces, como lector/a, que estamos ante un ensayo distinto y necesario, y prosigues la lectura con más atención. Antes de llegar al desarrollo de El Jarama, pág.75, el editor se detiene y nos da a conocer hechos fundamentales de la vida del novelista: Aproximación bibliográfica a Sánchez Ferlosio, Escritores de los cincuenta, Industrias y andanzas de Alfanhuí, Revista española y neorrealismo, El Jarama premio Nadal y primeras ediciones, Altos estudios eclesiásticos, El testimonio de Yarfoz, El gran polemista.
Todas las flores que podamos recoger para Ferlosio son pocas. En la primera página se alude a las ideas que vertió otro gran nombre de la novela española: Miguel Delibes. Para el novelista vallisoletano está en la «inmortalidad literaria», y su obra «El Jarama se ha erigido en patrón de no pocos narradores que han ido apareciendo con posterioridad; esto es, ha hecho escuela». De ahí que podamos decir «es más que una novela», clave en un momento en que alboreaban otras formas de narrar en los años cincuenta.
Ochenta y nueve paginas dedicadas a la novela propiamente dicha parecen muchas, pero también podemos decir que todo lo que se diga es poco ante un referente primordial de esos años convulsos. Una vez terminadas, pensarás: la novela pervivirá para generaciones venideras. Toda se circunscribe a Ideas de Ferlosio sobre la narración. La crítica ante El Jarama. Redacción de El Jarama. El río Jarama. Tiempo. Temas, trama, anécdota. Estructura. Personajes. Muerte de Lucita. Radiografía del habla. Títulos en los que se recogen trescientas sesenta y seis notas a pie de página. No hace falta que se lean seguidos; se puede empezar por donde se quiera, pero es capital que se lean todos; son esenciales, abarcadores de una novela sublime, quizá única con lo que se propuso. La expresión «valioso documento lingüístico» revolotea por la mente, que no se alejará según vayas avanzando en la lectura.
El habla de los protagonistas nos sumergen en lugares en un tiempo con decires, modismos, sintaxis, apócopes, registros coloquiales, caracterizadores de las personas y épocas. La oralidad, la escritura, cobrará más importancia por el abundante diálogo. La radiografía de los personajes la veremos por cómo se expresan; lo coloquial adquiere la máxima cumbre lingüística. Ahí subyace el don de la palabra. Es la radiografía del habla en la que el oído cobra toda significación. La verosimilitud hecha realidad en boca de personajes diferentes. A esto habría que añadir «sus silencios» como ha distinguido la crítica.
Probablemente, el hecho de ahogamiento de la joven Lucita sea capital para muchos lectores de esa tarde de domingo, como si el tiempo no importara, como si el aburrimiento nos condujera a una tragedia. Disparate o no, como apuntó en su día el novelista, no podemos desprendernos de lo aciago en una edad tan temprana y cuando en ese tiempo lo que apetece es dar rienda al cuerpo, a divertirse, propio de la juventud. Caben todas las conjeturas para analizarlo. No se trata de destino existencial sino de que la muerte nos acecha y la naturaleza no da explicaciones. Es el final de una tarde que comienza con alegría y termina con tristeza que nos conduce a la fragilidad que poseemos. Es acción culminante. Tampoco podemos olvidar que las últimas líneas de la novela desprenden finitud cuando el río «…entra de nuevo en terreno terciario y recibe por la izquierda al Henares», y en Aranjuez «entrega sus aguas al Tajo», pág.758. Y ya pensamos que el agua tiene un final: la inmensidad del Océano Atlántico.
La tríada -prosa excelente, habla, lengua- forman un todo tan típico en la narración con que Ferlosio se descuelga; si las tres no se aúnan falta algo necesario. Lo narrativo se desvirtúa. Su pasión lingüística se deja entrever. La disciplina del narrador es consustancial con sus ideas más allá de lo que se trate o experimento que se quiera conseguir. Después de tanto tiempo, la lectura que hago de «Críticas a la novela», pág.86, en su momento, incluida la del autor al comentar que «ha sido un error», me extraña en las puertas del siglo XXI, quizá en lo que esté de acuerdo es que es demasiado larga para lo que pretendió el autor. Se obvia que fue muy leída-no lo digo por el editor que nos ha dado una excelente aproximación a la obra– por la crítica recogida en esta edición; por cierto, mucha la desconocía, de ahí mi sorpresa después de una relectura atenta.
Al final te quedas en lo que parte de la crítica recogió: es una nueva forma de novelar como si pusiéramos «una cámara cinematográfica» y de hecho cuando la terminas lo piensas. Ferlosio fue un gran renovador, queramos o no. Esta cristalización se dio como cimentada para ese momento, como la cúspide a la que había que llegar. Bien es cierto, como nos recuerda el editor, que pone en boca de Baquero Goyanes, que la objetividad basada en el diálogo ya Galdós la entrevió en sus novelas Realidad y Casandra, pág.96. El adjetivo «irrepetible», según Marsé, llenaba todo el espacio conseguido.
El todo fluye heraclitiano se hace realidad en la dualidad río-juventud; cómo esta, como el agua, se diluye en una tarde de domingo junto al río que será testigo del paso del tiempo para advertirnos de que el instante se nos escapa. El existencialismo se alza con una simbología en el que el río-lugar nos insinúa. El comienzo, al describir el río-«empezando por el Jarama», y el final- «y el ruido del agua sonando allá abajo en la compuerta se dejaba de oír súbitamente»- es revelador para todo lo que se pretendió con ese «pelotón de modorra» que se subraya con excelentes diálogos y frases atinadas en todo momento. Una verdadera obra artística con esa gente-los jarameros- que van «a bañarse en el río» para pasar los domingos.
———–
Sánchez Ferlosio, R., El Jarama. Madrid, Cátedra, 2023, 758 págs. Premio Nadal, 1955,
Para que esta «página literaria» mejore, atrévete a colaborar con un «Bizum» al 637160890. A final de año daré cuenta de lo recaudado
«Este libro quiere ser un lugar de fácil acceso para la historia del Teatro Español…». Con esta idea comencé a leer todo un tratado más que didáctico del ensayo que acaba de publicarse en la editorial Cátedra dirigido por don Eduardo Pérez-Rasilla (ed.).
Son «los recuerdos de un teatro que permanece», frase que leemos en la última línea y página, después de una agotadora lectura que me ha hecho revivir algunas obras que vi representadas en este teatro mítico de Madrid en pleno centro llamado «barrio de las las letras», muy cerca también del no menos mítico Ateneo Científico, Literario y Artístico de Madrid. Espronceda dejó su impronta que llevamos en la frente los socios del Ateneo: «A todos, gloria, tu pendón nos guía, / y a todos nos excita tu deseo: / apellidarse socio ¿ quién no ansía / y con las listas estar del Ateneo?» .
Trece capítulos y presentación conforman la historia del teatro, llamado en su origen «Corral del Príncipe», hasta hoy. La presentación es un diálogo entre la Directora artística del Teatro Español y el editor del volumen. La explicación entre los dos es nítida para acercarse a lo que fue y es el emblemático teatro en la famosa plaza de santa Ana. La «sensación de vértigo» con que es vista y descrita la historia del teatro hace pensar al lector/a que hay muchas cosas que con el paso del tiempo se han perdido-o se han olvidado-, pero que con la investigación desde sus orígenes nos hace hoy rememorar muchos hechos capitales del ya famoso Teatro Español. Y eso es lo que el ensayo pretende: que sea un libro de cabecera para entender y saber todo lo referente a la dramaturgia y su entorno; fijar lo que se ha descubierto. Propalar «una joya que estaba escondida, como en una pirámide». Se apunta que son casi cuatro años de investigación.
Al referirnos a este teatro, una de las representaciones que pervive con ahínco y de más éxito fue la representación de Electra de Pérez Galdós el 30 de enero de 1901. Pérez Rasilla ha rastreado todo lo que supuso el estreno y la importancia del teatro galdosiano anterior a 1939 ya que no estuvo sola esta obra en este período. El célebre estreno supuso un aldabonazo; la obra dramática se convirtió en un referente incluso ya en el ensayo general antes de su estreno como se recoge en La correspondencia de España citada por el editor: «…que Electra me parece no solo el mejor drama de Galdós, sino el mejor drama de todo nuestro teatro contemporáneo, y una de las obras más magistrales que en castellano se escribieron jamás», pág.432.
El frenesí y el entusiasmo se apoderó del público asistente y de la crítica. Resaltemos la del periódico El Dia al día siguiente del estreno: «El ilustre literato que es hoy una legítima gloria nacional, ha hecho más por la causa de la libertad y del progreso en una sola noche que toda una generación durante un cuarto de siglo de esfuerzos inútiles. Toda la prensa fue un clamor a Galdós como maestro literario«. Al final del estudio investigado se nos da cuenta de diversas reposiciones en 1913, 1929, 1937 y 2010, pág. 448.
En realidad, los trece capítulos desde el primero con el título «El corral de comedias del Príncipe» hasta el último «De lo efímero que permanece. Recuerdos del Teatro Español» constituyen un verdadero venero en el que se nos informa de una joya más que literaria que pervive en el corazón de todas las Españas. No hace falta solemnizar las palabras porque cada investigador/a ha sabido adentrarse en un santuario dramático y darnos a conocer hasta la más mínima brizna cultural. Hay hechos concretos que no podemos ladear como aquel 11 de julio de 1802 en que ardió completamente y hubo que reconstruirlo. Se abriría el 25 de agosto de de 1806. Por tanto se tardó cuatro años en la reconstrucción. Antes, llamado «Corral del Príncipe«, en 1744 se acordó la demolición, para construirlo en el mismo solar. Se inauguró en junio de 1745 con el nombre «Coliseo del Príncipe», para más tarde «Teatro Español» con que se conoce hoy. Este telar investigador se puede leer en los dos primeros capítulos, págs. 21 77.
El siglo XIX es recordado con dos adjetivos: «fascinante y abrumador», bien por las obras representadas como por los actores y actrices, teniendo como base no solo la prensa sino también los archivos consultados. En este mismo período la investigación se acerca al «disputado príncipe de los ingenios nacionales» como colofón al gran éxito del Teatro Español que supo mantenerse, incluso, ante las adversidades. Fue «garante de la pervivencia y el remozamiento tanto de los clásicos de los siglos anteriores como de los que ya empezaban a considerarse tales», pág.158.
Del siglo XX,ante la escasa bibliografía, la autora se decanta por los periódicos y revistas de la época para destacar los hechos primordiales. Los vericuetos nos dan ideas más que suficientes para entender unos años capitales en torno al Teatro Español, necesarios para comprender lo nimio y lo grandioso. Más que la voz de la autora, quiere que sea «el eco del pasado quien tome el rumbo para explicar qué pasó realmente…». Es de agradecer que al final de la investigación encontremos un cronograma del teatro.
Particularmente, me he detenido con esmero porque muchas personas hablan de oídas desde que Pérez Galdós es aceptado como director artístico del teatro un 11 de julio de 1912 a propuesta de Madrazo. El escritor canario-madrileño-santanderino pronto se vio envuelto en el posible estreno de El Embrujado en el Teatro Español que Valle-Inclán le pidió con insistencia-no olvidemos que le llamó en varias ocasiones maestro de habla y por escrito-. El escritor gallego no entendió que la empresa tenía más poderío porque, sobremanera, valoraba más los intereses. Ante el hecho de que su obra no se estrenaba, insistió una y otra vez. Cansado fue al Ateneo de Madrid a despotricar y como vino se fue. La autora recoge algunos de los pormenores en la página 177 y siguientes. El primer actor de la compañía dimitió y aludió que «la empresa no le deja estrenar para su beneficio El embrujado de Valle Inclán» ( El Liberal, 24 de febrero de 1913). Ante el enfado del autor gallego, Galdós respondió que «el señor Fuentes expresó su deseo de representar El embrujado, y así se hubiera hecho si Valle-Inclán no pretendiera que la actriz Matilde Moreno fuera sustituida por su esposa». Valle-Inclán no quiso entender las líneas que Matilde Moreno le envió: «en todo negocio teatral tienen que marchar de acuerdo los intereses artísticos y los intereses materiales». Estoy en desacuerdo con que Galdós fuera una marioneta. Galdós era el director artístico, pero primaban los intereses, es decir ganar dinero. Valle-Inclán se molestó porque esperaba una ayuda de Galdós, y eso no se podía hacer, ni siquiera el ayuntamiento pudo porque había un contrato. Cuando quisieron, de nuevo, proponer a Galdós, este no lo aceptó. Seamos serios, si tan buena era la obra El embrujado por qué tardó en estrenarse, y en el fondo Valle-Inclán no solo actuó como prestigio, también por intereses, que esto no se dice. Galdós ha dado prestigio al Teatro Español se mire como se mire. La dirección de Benavente quedó un poco oscura más allá de la certeza o no de lo que ocurrió.
Los siguientes capítulos, desde el sexto, contribuyen de manera certera a la importancia de un teatro y las obras que se representaron y otros hechos para insistir en la importancia del teatro desde la guerra. Así, entre 1936 y 1950 supuso «ruptura y una gran continuidad en el teatro de Madrid». De forma pormenorizada vienen las obras que se representaron por temporada. A partir de 1950 es otro el teatro que acoge el Teatro Español, con especial significación a finales de los años cincuenta, pero es a partir de los años sesenta cuando el vuelco es total tanto del extranjero como del español. Lo estético y lo político se amasa más y los/as espectadores toman conciencia de forma notoria. Las señas de identidad que dejó el teatro en este período siempre reverdecerán; como se destaca: el «talento que entonces se desplegó en todos los ámbitos de la creación escénica», pág.253.
Con el título «Vida desde las cenizas (1979-2022»), la investigación más extensa, comienza con el incendio que destruyó el teatro el 19 de octubre de 1975, que «durmió algo más de cuatro años»; son años en los que no hubo certezas para una pronta recuperación, aunque ya el cambio socio-político llamaba a la puerta; eran muchas cosas que había que hacer y con otras orientaciones. Las elecciones de 1979 contribuyeron a otras formas y en este momento se erigió la figura de Tierno Galván como alcalde de Madrid. La cultura se contemplaba desde otro mirador y el teatro no podía quedarse parado. La temporada 1980/1981 fue como una explosión cultural. Destaquemos, entre muchas, cuando llegaron al Teatro Español producciones del Teatre Lliuri de Barcelona en diciembre de 2006. O el estreno de las Naves del Español-antiguo matadero-. Forman parte del Teatro Español, a bastante distancia. El no hay billetes fue una expresión, casi siempre, en ambos sitios. Son muchos aspectos estelares que anidan y que el investigador nos ha otorgado para que nos recreemos con la lectura serena, apacible.
«La huella del Español en la ciudad» contribuye a un conocimiento del entorno en el que está construido «con todo los condicionantes que esto implica»- pág.371-, aunque algunos de los hechos ya han sido rememorados en capítulos anteriores. Se destaca «Corral de comedias», «Coliseo a la italiana», «Incendio y reconstrucción», «Epicentro cultural», etc. Conviene, también, leer una breve estampa del cronista oficial de la Villa siempre tan cercana a los acontecimientos fundamentales. Me ha llamado la atención por su singularidad el hecho de que aun no se ha podido realizar que el tráfico continúe por la puerta del teatro («El tráfico sigue discurriendo…», pág.391). También contribuye a resaltar la zona «un paseo histórico – anecdótico» por sus calles, y cómo no, la majestuosa plaza «Santa Ana» y las tan nombradas por Galdós como «Plaza del Ángel» o «De la Cruz».
Sin lugar para la duda, estamos ante un libro necesario para conocer los pormenores del gran Teatro Español con tantas luces que prosiguen no solo en sus paredes sino en el «miajón» de las obras representadas, hagámoslo posible.
————-
Pérez Rasilla, E. (ed.), El teatro español de Madrid. La Historia (1583-2023). Madrid, Cátedra, 2023, 464 págs.
Para que esta «página literaria» mejore, atrévete a colaborar con un «Bizum» al 637160890. A final de año daré cuenta de lo recaudado
Poco importan los géneros cuando se sumerge en lo existencial de las personas para uno de los grandes de la literatura como es Samuel Beckett, premio Nobel, 1969. Lo filosófico, la continua pregunta que nos hacemos sobre nuestro ser la vemos más profundamente hermética en esta novela. Si ya en su teatro nos llevó por vericuetos oscuros, ahora también se decanta por este motivo en el personaje Watt, vagabundo irlandés que está al servicio en una mansión cuyo propietario es un ser enigmático donde los haya. Todo un acontecimiento que nos apabulla ante tanta comicidad como negrura, rutina de aquí para allá en ese discurrir lento de la vida del personaje capital. No sé si como apunta el editor es «un enorme ejercicio de metaficción». Desde luego por ahí puede conducirnos a ese lugar desconocido ya que parece como si la novela pareciera inconclusa o deja a los/as lectores que la terminen. Es como un campo abierto que no se puede cerrar o, al menos, el autor no lo hace. Las dificultades de la lectura hacen que se pierda parte del hilo conductor.
La novela fue escrita en París,1945, con las circunstancias propias del entorno, como la guerra sin ninguna referencia, y publicada en 1953. En el primer capítulo de los cuatro enumerados que tiene-nos enteramos en el capítulo cuarto- más una Adenda predomina el diálogo que se realiza, en un primer momento, en el parque alrededor de un banco-mejor, «su banco»-(«El señor Hackett dobló la esquina y divisó, en la luz que agonizaba, a cierta distancia, su banco«), porque el señor Hackett así lo creía, aunque, probablemente, era «de la ciudadanía en general» o «propiedad del municipio».
Resulta interesante la estampa, al principio de la novela, de un señor que pasaba por allí con su esposa cuando pronunció: «Vaya por Dios, ahí está Hackett«. Al principio, la señora no se percató de quién era, después susurró, «pobre infeliz». Decidieron pararse y hablar con el personaje; después de las presentaciones de rigor, el señor Hackett no pudo levantarse porque le «fallaban las piernas«. En un diálogo lento pero preciso se nos cuenta que el señor Hackett tenía un año cuando se cayó de una escalera: e inmediatamente después un tranvía que se detiene y baja alguien; ante ciertas conjeturas se reconoce al señor Watt y prosigue el diálogo en el que se destaca que desde hace siete años tiene una deuda de seis chelines y nueve peniques con Nixon. A partir de este momento se nos narra la vida de este personaje sin domicilio fijo, con una narizota roja y sombrero, el señor Watt.
Un capítulo dedicado a Watt para narrarnos quién es el personaje parece, antes de terminar la novela, excesivo; una vez acabada, no tanto. Desde luego no es imaginable que tropiece con un mozo para detallarnos quién es («Watt tropezó con un mozo quetransportaba una lechera«), y una vez cogido el tren una serie de personas para que veamos el comportamiento del personaje descrito, todo con alarde estilístico que ayuda a la lectura. La entrada de la casa a la que se dirigía Watt estaba oscuras y la puerta delantera cerrada y también la trasera cerrada («nunca supo cómo llegó a entrar en lacasa del señor Knott). Un criado se marcha de la casa al llegar Watt. Casi al final de este capítulo se nos describe los que estaban al servicio del señor («Había tres hombres en la casa, el amo a quien como bien sabes llamamos señor Knott, un viejo criado llamado Vincent, creo, y uno más joven, solo en el sentido de que es una adquisición más frecuente, llamado, si no me equivoco, Walter»).
El capítulo segundo comienza : «El señor Knott era un buen amo a su manera«. Watt trabaja en la planta baja de la casa, pero veía poco al señor, y este «ni veía a nadie ni llegaban a sus oídos noticias de nadie»; ni tampoco salía de su propiedad según Watt o no se enteraba. La larga exposición de los señores «Gall» , padre e hijo para afinar el piano, desespera, desconcierta no solo a Watt-o no llega a comprender- también a los/as lectores o a mí me lo parece. Otros incidentes también corroboran esta idea, que puede ser sublime pero que no sé a qué vienen tanta repetición. ¿De qué manera influyó todo esto en la mente de Watt que no podía asimilar tanto barullo? Sí se aprecia en el personaje un cierto miramiento por todo lo que va ocurriendo, como el detalle de que el señor a veces se levantaba tarde y se acostaba temprano, » a veces se levantaba muy tarde y se acostaba muy temprano». No podía faltar las repeticiones continuas de todo, incluidas las comidas, bebidas, horas, el cuenco en que se servía también de los días de la semana. Aunque nunca se quejó de la comida, a veces ni la probaba.
Al final de este capítulo segundo se nos muestra que Watt estaba cansado de la planta baja; parecía como agotado. No había aprendido nada, tampoco sabía nada del señor. Si antes se veía pobre, pequeño, ahora más si cabe. No tenía sentido nada.
En el capítulo tercero leemos que Watt es trasladado a otro pabellón. Hay un dato más que se nos aporta, de gustarle el sol pasa a decantarse por el viento aunque soplara fuerte. Un hecho que no puede pasarse desapercibido fue cuando están en el jardín cuatro personas: «el señor Knot, Watt, Arthur y el señor Graves. Era un hermoso día de verano. El seño Knott deambulaba lentamente por ahí, ahora desaparecía detrás de un arbusto, ahora salía detrás de otro. Watt estaba sentado en un montículo…». El diálogo tal vez nos resulte inane pero cuesta no proseguir para al menos otear a dónde nos conduce sin perder de vista a Watt pues es quien intenta ir comprendiendo todo lo que ve y oye. El diálogo de Watt y Sam cuando los dos se encontraban en el sanatorio recuerdan su paso por la casa del señor Knott; resulta repetitivo y soporífero a no ser que se quiera llegar al desquiciamiento de la existencia, a lo absurdo sin más. No olvidemos que aunque compra el billete del tren en el último capítulo, no se monta. Y el final del personaje es que está en el psiquiátrico; es cuando cuenta su historia.
Es en el capítulo cuarto es cuando nos percatamos del desarrollo de la novela, o el orden con que Watt lo cuenta, mucho tiempo después a Sam en su encuentro en el sanatorio; llama la atención que se empiece por el capítulo segundo, después el primero, cuarto y tercero. Sam por el contrario insiste en una cronología-salvo el hecho de la estancia de los dos en el psiquiátrico- de los hechos que es como he pretendido realizar esta reseña. El lector/a se da cuenta de que este capítulo se narra después de la estancia de Watt en la casa de del señor Knott.
Es en este capítulo cuarto cuando Watt sale de la casa, camino de la estación («Al igual que vino, así se marchó Watt, en la noche, que todas las cosas cubre con su manto, especialmente si está nublado»). Y sin duda con sus dos bolsas pequeñas, su abrigo verde deteriorado y un sobrero de su abuelo, ya de color pimienta. Cuando llegó a la estación de ferrocarril estaba cerrada. Después el largo diálogo, pero sustancioso. con el guardavía, llamado Case. Una vez superadas las dificultades, entró en la sala de espera y prorrumpió; «Ahora soy libre, libre de salir y entrar cuando me plazca«. De nuevo extrañeza cuando pide un billete y al preguntarle a dónde, por respuesta nítida contestó: «El que esté máscerca«; «quería decir el final del trayecto que esté más alejado«. Y así, «el larguirucho con sombreros y bolsas» despareció-no se subió al tren-, «mientras las colinas volcándose sobre la llanura hacían una estampa tan bonita, en la temprana luz de la mañana, que no se podía encontrar una igual ni un día entero de marcha».
No sé si la novela de Knott ataca a lo racional, pero se atisba por momentos. No podemos olvidar el adjetivo absurdo con que se apodera Beckett. Incluso Watt llega a pensarlo anta tanta cotidianidad sin rumbo. Desde luego es rompedor con cómo se desarrolla lo cultural en ese momento; quiere llevarnos por otro camino más tortuoso. Las dificultades de la novela son nítidas; no sé si el autor ha querido mostrarnos que la sociedad está desquiciada, sin sentido, en la que las apariencias son portadoras de la negatividad absoluta. Tal vez, ahondando más en al existencia, se puede llegar a lo recóndito y a la sabiduría que llevamos dentro. ¡ Quién sabe!
Para que esta «página literaria» mejore, atrévete a colaborar con un «Bizum» al 637160890. A final de año daré cuenta de lo recaudado
Al cabo de tantos años, doña Emilia está vigente; su prosa se amasa con su estilo característico, propio de quien se decidió por dedicarse a escribir. En ella hallamos las tres palabras que la coronan: novelista, galdosiana, ateneísta. Sin duda, lo más alto. Muy pocas llevan esta tiara.
Estamos ante una Antología de la magistral narrativa breve que como nadie supo plasmar con registros diferentes y temas que hoy nos llaman la atención por su vigencia. Con exactitud, no sabemos cuántos cuentos escribió. Recuerdo que un compañero de quinto de Filología Hispánica discutió con el profesor lo que este manifestó, ya que el alumno tenía recogidos 323-ya había comenzado la investigación de su posible Tesis-. Quedamos asombrados. En esta edición, tampoco hay coincidencia; por una parte, se recogen quinientos ochenta; por otra, seiscientos ocho. Doña Emilia había inventariado en 1898 «ya medio millar», pág.16. De todas formas habrá cuentos «que duermen todavía el sueño de los justos en las hemerotecas» (Venga, a trabajar en este aspecto). En esta Antología tenemos la oportunidad de leer sesenta y dos desde La dama joven (1885)-Fuego a bordo, La gallega, el indulto, Primer amor- hasta Cuentos dispersos( 1865-1921)-La rosa, Sabel, La emparedada, Las cerezas rojas, La cómoda, Rabeno, El desaparecido, Maleficio-. Atrévete, es la única forma de no hablar de «oídas» como muchas personas hacen.
El editor nos recuerda que el relato más antiguo que se conoce es de 1866: Un matrimonio del siglo XIX. En esta Antología no se recoge. En cuanto a la estructura, vienen por colecciones: La dama joven, Cuentos escogidos, Cuentos de Marineda, Cuentos nuevos, Arco iris, Cuentos de amor, Cuentos sacro-profanos, Un destripador de antaño (historias y cuentos de Galicia), En tranvía (cuentos dramáticos), Cuentos de Navidad y Reyes, Cuentos de la patria, Lecciones de literatura, El fondo del alma, Sud exprés (cuentos actuales), Cuentos trágicos, Cuentos de la tierra, Cuentos dispersos.
Al espigar en las diversas modalidades con que doña Emilia nos introduce en su mundo de preocupaciones, con El indulto exige igualdad entre las personas, aspecto este que ya se venía exigiendo a finales del siglo XIX, y desde luego ella fue una abanderada. Lo que no entiendo es por qué se ha tardado tanto en reconocer la valía de la escritora. No tiene sentido que hablemos de de lo que se oye y decir que este cuento es uno de los mejores, hay que leerlo, y no solo manifestar que con el cuento reivindica los derechos de las personas, en este caso de las mujeres; la expresión que hoy está en voga: «la violencia de género» se hace realidad. La protagonista sufre, y el lector/a se adentra en una serie de circunstancias que con una técnica diáfana doña Emilia nos hace copartícipes de lo que ocurre en el triángulo: suegra, marido, mujer. Asesinato, barrio extramuros, lúgubre tarde, codicia, venganza, desprecio, poderío, parálisis momentánea, coartada del marido-que se valió de ir a la horca, por testimonio de unos amigos-,veinte años de condena, divorcio, pleito-que siempre perdía el inocente y el pobre-; y lo que faltaba: el indulto para un criminal. La fuerza dialogal del relato cobra un espíritu coral que lo hace más verosímil. El final deberán terminarlo los/as que lo lean. Doña Emilia era sí. Grande.
Las últimas líneas enternecen con los gritos del niño:..»desesperadamente, llamó al amanecer a las vecinas, que encontraron a Antonia en la cama, extendida, como muerta»; para su terminación, doña Emilia lo deja en suspenso: «El niño aseguraba que el hombre que había pasado allí la noche la llamó muchas veces al levantarse, y viendo que no respondía, echó a correr como un loco«.
Dentro del cajón de La dama joven (1885) también está La gallega. Cuento eminentemente costumbrista en el que se puede pensar que está dentro la autora si tenemos en cuenta la descripción de los personajes y su entorno por la empatía que nos muestra al acercarse al mundo rural, paisaje, brava leona ante los agravios, la hostilidad, el tiempo que nos alcanza, la vindicación de la aldea. Y en medio esa mujer que promete fecundidad, «alto y túrgido el seno, redonda y ebúrnea la garganta, carnosos los labios, moderado el reír, apacible el mirar». Todo, como si fuera una estatua precisa, altiva en que «el sol no logra quemar su cutis, y sus mejillas tienen el sano carmín del albaricoque maduro y de la guinda temprana». Y luego la comparación con las mujeres del territorio leonés:…»salen por las puertas de las casuchas terrizas, mujeres de enjuta piel pegada a los huesos, semblantes de recias y angulosas facciones, de color de arcilla o ladrillo, cual si estuviesen amasadas con el árido terruño y talladas en la dura roca de las sierras».
Doña Emilia hace hincapié en la verdadera mujer que pulula, que ama, que trabaja, que se desvive por la familia; en definitiva, en la que recaía todo; era la luz, el peso de la casa: «ellas cavan, ellas siembran, riegan y deshojan, baten el lino, lo tuercen, lo hilan y lo tejen en el gimiente telar«. Y si fuera poco, al casarse empeoraba su situación al sumar la constitución de una familia. Y así con detalles prístinos como el tener un niño/a por año con la tríada adjetival: «paridera, criadora, madraza» se la define como «como una loba» en el trabajo como arte. No se puede olvidar también el solaz, el divertimiento, el baile, que se peine «y alise sus dos trenzas, uniéndolas por lasa dos puntas«. La vestimenta dependiendo del lugar en que viva. Todo bien enriquecido por quien defendió siempre la igualdad entre las personas más allá de que fueran masculino o femenino, de ahí que se la recuerde en el siglo XXI y se la lea.
Dentro de esta colección he seleccionado también El primer amor por la seguridad, la entereza cuando nos visita por vez primera un aspecto capital en la existencia cuando vemos casi todo primaveral y la naturaleza humana se aúna. En este caso cobra todo su valor «una miniatura de marfil que mediría tres pulgadas de alto, con marco de oro»; de aquí parte el enamoramiento que siente el personaje ante la belleza de la joven retratada (…»la contemplación de aquella miniatura me produjo, y de cómo me quedé arrobado, suspensa la respiración, comiéndome el retrato con los ojos«). Incluso el contacto de la cara miniatura «me produjo sueños deliciosos».
No puede ser que ante algo esencial que nos pertenece caigamos enfermos o nos debilitemos. La autora con una precisión matemática llega a detallarnos cómo un objeto por sí puede llevarnos a la locura aunque al final esa belleza que fue se convierta en una realidad aplastante: esa belleza fue en la juventud de la tía; ahora, la observa fea. Después, el hecho de ese amor que sentía y lugar se deshace y lo rechaza. La forma poética de que la verdad es belleza y la belleza verdad no cabe con el paso del tiempo en ese objeto que le cambió.
Me ha llamado la atención de los cuentos dramáticos (1901) En tranvía. El comienzo ya nos advierte de que se refiere al tranvía que va al barrio de Salamanca y se coge en la Puerta del Sol de esas gentes que vienen de misa o «del matinal correteo por las calles». La precisión de los hechos nos apabulla por los datos en que se detiene la autora al detenerse en los niños que acompañan a las personas: …»¡y qué niños tan elegantes, tan bonitos, tan bien tratados! Dan ganan de comérselos a besos«. Y más exactitud cuando observa un niño de nueve meses que «pega brincos de gozo» e irradia la luz del cielo en sus ojos; no lejos se detiene en una niña de nueve años en la que va más allá de la edad y la describe como «la futura mujer hermosa tiene ya su dosis de coquetería».
De los cuentos dispersos ((1865-1921), he seleccionado Las cerezas rojas . La finca-casi ya abandonada, pero «-la incultura tiene su su poesía»- posee un espléndido cerezo que estaba ahí para el que quiera las cerezas-«del dueño no se sabe de él». Hubo un silencio largo; sin embargo en la comarca se sabía que ese árbol añoso tenía su historia y las cerezas no debían comerse, pero el tiempo todo lo borra. La casa pertenecía a Ramón Mestival que con su mujer agrandaron el huerto de la finca que les dio para mantenerse, además tenían un «chiquillo precioso». Todo estaba a pedir de boca ante tanta legumbre, árboles frutales con peras, manzanas, fresones, coles y, sobre todo del cerezo único; pedía lo que le apetecía, sacaba rédito al árbol. Fueron famosas las cerezas en el entorno porque encima de únicas, se adelantaban al resto de árboles.
Era el mes de junio «con su sonrisa de oro trigueño». Los árboles desprendían juventud, «gozosos de vivir» al cuajar «su fruta con gallarda abundancia». Se nos narra una historia que probablemente no sea leyenda el terrible acontecimiento de una familia: padre, hijo, madre, rapaz ladrón. Las cerezas que son azúcar, miel entre labios, almíbar, en este caso supondrá locura de la madre, muerte del hijo y padre que huye. El padre había prohibido al hijo que tocara la fruta » y en especial a la del cerezo aquel». Al ver el padre que destrozaban las ramas y desaparecía la fruta se puso en guardia. Ya cansado, al faltarle las mejores cerezas, preguntó a su mujer: «¿Tú has reparado si el niño come cerezas? Aunque conocía las «diablurillas del hijo» contestó que no («segura estoy como me estás hablando«). La defensa de la madre, aun sabiendo que su hijo comete la travesura por la noche para coger cerezas, no dice a su marido que el que destroza o come las cerezas es su propio hijo. Lo oculta para estar al lado de su hijo. La terrible historia estriba en que el padre creyendo que es un ladrón coge la escopeta, la carga y se emposca «a corta distancia del árbol» escondido. Al oír el ruido disparó. Era su hijo: «La madre se volvió loca; se echaba la culpa por mentir…, el padre desapareció…, el huerto dejó de cuidarse,….. y muchos les da respeto comer de esas cerezas». Se publicó en Blanco y Negro, 17 de julio de 1909.