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Teatro

Los cabellos de Absalón. La gran comedia de don Pedro Calderón de la Barca

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Una historia bíblica que nos sumerge en lo existencial, puesta en los escenarios por uno de los dramaturgos fundamentales de los siglos de oro en donde se desgrana lo filosófico y la crítica social. Una obra que en pleno siglo XXI coadyuva a extender nuestro pensamiento y a preguntarnos las razones por las que, a veces, nos decantamos por el mal.

La violación de Tamar narrada en el Segundo Libro de Samuel, también en Antigüedades de Flavio Josefo, e incluso en crónicas medievales nos conmueve hoy y nos hace que reflexionemos a pesar del tiempo transcurrido. A buen seguro que daremos muchas vueltas en esa tríada Tamar, Amón y Absalón, una vez leída la comedia, y más cuando la violación se ha realizado por un hermano, y cómo se prepara la venganza por el otro hermano.

Para comprender el desarrollo de la obra y cómo llegó al público, el editor nos muestra una serie de apartados que conviene leer antes para acercarse a los problemas, circunstancias y hechos capitales; entre otros destaquemos: «La historia de Tamar, Amón y Absalón». «Del relato bíblico al espectáculo teatral». «La muerte de Amón y dos hipótesis sobre el texto perdido». «Entre Eurípides y Aristófanes».

El editor nos advierte de que estamos ante «las fuentes usadas por Calderón y los vericuetos de su transmisión textual. Pero, sobre todo, el deslinde del texto (del verdadero texto del autor)», pág.16. La investigación es encomiable y creíble al partir del Segundo Libro de Samuel. La obra de Calderón comienza con el regreso triunfal de David a Jerusalén. Consta de tres jornadas y dos entremeses; el primero al finalizar la primera jornada y el otro al terminar la obra.

Con buen criterio se nos detalla el inicio del epígrafe 13: «Aconteció después de esto que, teniendo Absalón, hijo de David una hermana hermosa que se llamaba Tamar, se enamoró de ella Amón, hijo de David«. La comedia de Calderón comienza con auténticas alabanzas de los personajes: Así Salomón, («Vuelva felicemente / de laurel coronada la alta frente / el campeón israelita»); después Adonías, («Ciña su blanca nieve / de la rama inmortal círculo breve / el defensor de Dios y su ley pía«); Absalón, («Himnos la fama cante / con labio de metal, voz de diamante / de Jehová al real caudillo»); Tamar, («Hoy de Jerusalén las hijas bellas, / coronadas de flores y de estrellas / entonen otra vez, con mayor gloria«). Lo redondea todo la exaltación de David a los que admira («Queridas prendas mías, / báculos vivos de mis luengos días / dadme todos los brazos», pág.70).

El final nos conmueven las palabras de David: («Ay, hijo mío, Absalón, / no fuera yo antes el muerto que tú). (,,,) . «Y ahora, no alegres salvas, / roncos, sí, tristes acentos / esta victoria publiquen / a Jerusalén volviendo, / más que vencedor, vencido«.

No se le puede escapar al posible lector/a la fuerza creativa de Calderón que subyace en el texto, así como la palabra exacta impregnada de belleza estilística. Conviene también tener en cuenta la opinión y certeza de don Alfredo Rodríguez-el que hace la edición-: «Resultaría sorprendente que un hecho de tal envergadura dramática hubiese sido omitido por Calderón en su texto originario, máxime habida cuenta de que él sigue la disposición del relato bíblico en lo que es la trama principal, la que afecta a Tamar, Amón y Absalón» pág. 32. Se refiere a la omisión en la segunda jornada de unos 500 versos por parte de la compañía «que representó la obra y la vendió a un impresor hacia 1675″. Son aspectos que pudieron ocurrir no solo con Calderón de la Barca; el poder de las compañías de teatro fue enorme; siempre tenemos que considerar en la obra literaria. Sin olvidar que lo fundamental es leerla. El enriquecimiento personal dependerá de la atención que tengamos con los hechos y si, hoy, nos aprovecha.

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Calderón de la Barca, P., Los cabellos de Absalón. Madrid, Cátedra, 2024
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Poesía

Poesía Completa. S.T. Coleridge

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La poesía debe permanecer en el candelero o si queremos como «el cirio Pascual», y, eso sí, encenderlo cuando se apague o se extinga. Coleridge es de los poetas en lengua inglesa que hay que leer con detenimiento; así como a Shakespeare, Milton, Elizabet Barret, Blake, Emily Brontë, Wordsworth, Keats.

Su espíritu cristiano le hace singular a la hora de enfocar y vivir la poesía como sustento de la alegría y también del sufrimiento. Se agarra sin miramientos, Su búsqueda interior para encontrar a Dios es una constante, Su epitafio lo deja entrever:

¡Tú viajero cristiano, detente, hijo de Dios! / Y lee con ternura. Bajo esta hierba yace / un poeta, o al menos quien tal cosa soñó- / ¡Eleva una oración por Coleridge ! / El mismo que durante mucho tiempo / luchó hasta entregar su último aliento / y halló la muerte en vida pueda aquí / hallar su vida ahora! Ten tú misericordia, / bendícelo si puedes- ¡él quiso que la fama / lo perdonara, y esperó en su Cristo! / ¡Ten fe y haz tú lo mismo! El ¡Do thou the same! llega al alma. Su búsqueda espiritual le animó como salvavidas en horas convulsas, esa luz tan necesaria cuando la aridez, la duda constante sin saber qué hacer, quiénes somos, se apoderan de las personas.

Cuando recordamos a Coleridge nos viene a la memoria otro de los grandes poetas ingleses: Wordsworth. Entre los dos se fraguó una amistad sincera aunque discreparan en algunos conceptos. Lo que les unió es la importancia de la poesía en la sociedad humana; la forma puede variar, pero no la sustancia; el ahínco por ella prevalece. Nos legaron sus Baladas líricas, clave para el desarrollo del Romanticismo inglés. Coleridge se asienta en el Evangelio como fuerza, como motor del buen hacer, así como los apóstoles Juan, Pedro, y, claro, Cristo como cabeza redentora y acogedora. Su madurez poética se afianza cada vez más.

La dualidad a que llega la crítica para definir a ambos poetas se cobija en lo sobrenatural para Coleridge y naturaleza para Wordsworth. Sin embargo, este ha llegado más lejos y se le tiene más en cuenta, hasta tal punto que la poesía del siglo XX está «wordsworthizada». Como siempre, la fortaleza anida en la lectura poética que se haga. Para la posteridad, Coleridge nos dejó dos monumentos difícil de ser superados por su arrolladora imaginación Kubla khan y Balada del viejo marinero. También, como gran crítico literario destacó el soneto Night and Death de Blanco White (1775-1841), como el mejor concebido de nuestro idioma (Weak man, why to / shun death this / anxious strife? / if light can thus deceive / wherefore not lif?). Con ambos poetas, la lírica romántica inglesa se vistió de hermosura, aunque, quizá, J. Keats (1795-1821), sea la mejor voz poética del romanticismo inglés porque engrandeció la poesía inglesa de este período; pone la belleza como ideal al sacar el jugo máximo de las palabras.

Queramos o no, el poema que más se recuerda es Kubla Khan; fruto de un sueño producido por el opio. Imágenes extrañas se agolpan en nuestra mente, lo onírico se adueña de todo. El poeta nos adelanta cuándo y cómo lo creó:…»el verano del año 1797, el Autor, aquejado de mala salud, se había retirado a una solitaria granja entre Porlock y Linton…». Cayó en un profundo sueño, y casi la certeza de que había compuesto entre doscientos y trescientos versos, pero al requerirlo alguien que venía de Porlock y charlar durante una hora…, no pudo terminarlo al interrumpirlo bruscamente y se le fue la inspiración. Desde entonces existe la expresión inglesa «Person from Porlock» con ese significado; cuando volvió a coger la pluma se percata de que a excepción de ocho o diez versos e imágenes sueltas se habían desvanecido «como las imágenes en la superficie de una arroyo cuando se arroja una piedra». Al perdurar en su imaginación lo soñado, se propone terminarlo, pero ante la imposibilidad nos lega un fragmento distinto, pero describe «igualmente fiel el sueño del dolor y la enfermedad«. Es el «En Xanadú, Kubla Khan» ….»allí donde el Alfa, el río sagrado, corría / por cavernas inmensurables para el hombre, / hacia un mar sin sol». Con un final esplendoroso donde mana lecha y miel : «Tejed un círculo a su alrededor tres veces, / y cerrad los ojos con temor santo, / pues él se ha alimentado de rocío de miel, / y ha bebido la leche del Paraíso». La lírica romántica está en pie, se sobrepone.

Lo cotidiano y lo divino se amasan para conseguir una poesía que impregne, que llegue a la gran mayoría con la certeza de que se conseguirá el bienestar de las personas; es exactamente lo que se propuso Coleridge. Si hay que aplicarle una palabra es la de SOÑADOR; pero, inmediatamente debemos decir que chocó con la realidad. Se le conoce como el poeta enamorado de lo extraordinario. El que nos transporta a las regiones de lo sobrenatural, el que abandona la realidad que nos envuelve.

Coleridge, S. T., Poesía completa. Madrid, Cátedra, 2024, 622 págs.

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Teatro

Tres tragedias de María Rosa de Gálvez

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El estigma de la procedencia marca a las personas, pero en este caso más allá de la niñez en que se vio envuelta María Rosa de Gálvez lo primordial es la lectura de estas tres tragedias. Es aquí donde debemos elevar el pensamiento y no resaltar su niñez.

Sí marca, por la realidad profunda que encierra, la Advertencia de la autora antes del comienzo de las tres tragedias, como un ejercicio espiritual, para después adentrarse con ahínco en versos que nos elevan en los que se exige pausa y reflexión (» son fruto de mi afición a este género de poesía y de mi deseo de manifestar que la escasez que en este ramo se advierte en nuestra literatura es más bien nacida de no haberse nuestros ingenios dedicado a cultivarlo que de su ineptitud para ver dado en él pruebas de su fecundidad»).

Lo fundamental que hace levantar la mirada para quedarse en vilo es el común denominador de que lo extranjero se agranda y lo de casa desmerece; incluso, hoy, oímos esta aseveración no solo de personas iletradas, también de las letradas. Esta mujer en un tiempo en que no era tan fácil decirlo supo aupar el espejo («…y aun se atreve a desacreditar a los verdaderos poetas (que algunos hay) valiéndose para dar más importancia a su trabajo de exaltar las composiciones de otros países y deprimir las nuestras»). Sus tragedias originales nos envuelven, nos acunan en un espacio esplendoroso, pletórico de una riqueza lingüística, que va más allá del común.

Nunca sabremos con certeza los motivos por los que María Rosa Gálvez quiso recordar a la egregia poeta Safo con el marbete «Drama trágico en un acto«. Sin duda, es una exaltación, es un canto a esta mujer griega más allá de que no sepamos con exactitud quién fue en realidad; en esta edición se nos recuerdan los fragmentos que nos han llegado, «debido a que en 1073 el papa Gregorio VII mandó quemar todas las copias de sus obras por su supuesta inmoralidad», pág.94. Aun así, uno de sus rasgos que nos motivan, que sentimos. es su sufrimiento. El final de este drama nos inunda de querencia, de estar con ella; amor y decepción unidos («¡…adorando a Faón…y hasta el sepulcro… / su imagen y mi amor conmigo llevo! ).

Hoy se la recuerda, como apunta el editor, en la llamada «la pecera» del Círculo de Bellas Artes de Madrid con las significativas palabras: » Así, la poeta, desnuda, pero con ramo de laurel que la identifica como perteneciente al cortejo de Apolo, desde su lecho de roca recibe cada día a comensales y tertulianos que junto a Safo se dan cita en el Círculo de Bellas Artes mientras ven a los paseantes por la madrileña calle de Alcalá«, pág.110.

Doce escenas conforman la obra; en la diez se nos aclara en boca de Safo lo que nos anonada y sentimos cuando desde la roca famosa nos anuncia: «Vosotros, moradores de Leocadia, / a Faón le diréis que Safo ha muerto / víctima de su engaño, y que esta roca / su delito y mi amor harán eternos»).

Tal vez sea leyenda, como tantas cosas que nos han llegado de la antigüedad, de que desde la roca de Leucadia se suicidó por amor a un joven. Sea o no verdad se nos ha transmitido. María Rosa de Gálvez crea este drama para revivirlo, para que no se olvide. Lo consigue con una justeza lingüística, con un leguaje preciso y poético. Es la mujer fuerte bíblica que anhela libertad; su deseo va más allá de convencionalismo. Los versos «preferí ser su amante a ser su esposa, / que amor, de libres corazones dueño, / huye un lazo que impone obligaciones»; son todo un alarde de grandeza, de ser ella, por encima de todo. El amor pasional triunfa con el deseo que permanezca. Como también, saca la daga contra los hombres: ¡Oh mujeres de Leocadia! / Vosotras que miráis en mí el ejemplo / de la negra perfidia de los hombres / abominad su amor, aborrecedlos / pagad sus rendimientos con engaños», pág. 194.

La última escena estremece: A Safo moribunda la llevan delante de su amante; no lo reconoce. Faón se arrodilla e implora: «Tú que hiciste / mi corazón feliz en otro tiempo, / recibe de Faón antes que mueras / el llanto que a tus pies derrama«. Safo, desafiante, exige: «¡ Oh, tú, seas quien fueres,,, / que has visto de mi muerte el triste ejemplo, / publica que es… supersticioso engaño … buscar aquí el olvido…pues yo muero / adorando a Faón…y hasta el sepulcro… / su imagen y mi amor conmigo llevo!

Si María Rosa Gálvez tiene buen cuidado de mostrarnos a Safo como autodidacta, sentimental, sabia, respetuosa, como un canto a lo que es ser mujer, no van a ser menos Blanca de Rosi y Zinda; estas con otra mirada de salvadoras de la injusticia, de la esclavitud, la tiranía en la que la libertad acopla todo el entorno de la sociedad. Así en Blanca de Rosi tiene que estar atenta a las relaciones que suponga callar y aceptar lo que venga. La fuerza del opresor ante todo, incluso doblegar, el intento de violar es expuesto con una crudeza de quien defiende su cuerpo, su yo; en esta obra Acciolino exige a Blanca («…será mi esposa, y si opusieres / a mi amor tu fiereza, como esclava / sufrirás los rigores de la suerte»).

Para el desarrollo de la obra, de larga tradición italiana, la autora recurre a cinco actos, en los que narra las guerras civiles entre güelfos y gibelinos. La ciudad de Bazano cae en manos del ejército del emperador Federico, mandado por Acciolino, natural de Bazano, que abandonó la ciudad al ser despreciado por Blanca. La malicia y el rencor de Acciolino le insta asolar la ciudad y, más aun, tomar a Blanca por la fuerza; se interpone Leopoldo-delegado del Emperador- y consigue la paz sin violencias. Entonces Acciolino intenta violar a Blanca. Bautista-esposo- sale en su defensa, pero los esbirros de Acciolino lo asesinan y lo dejan en el panteón familiar. Allí se fue Blanca, desesperada, se suicida al dejar caer la losa de la tumba de su esposo sobre ella («Ya está en su rostro, la muerte impresa»). También se dirigió Acciolino; lo esperan las gentes de Bazano («Detente, horrible monstruo; / no has de salir con vida de este sitio»). Acciolino, viéndose rodeado, se suicida también con el puñal de Blanca («Este puñal, que cometió el delito, / es quien toca la venganza solo»).

Según parte de la crítica varía del original, poco importa. María Rosa de Gálvez se ha valido de la leyenda y ha creado otra con la fuerza que le caracteriza, defensa de la libertad frente a la tiranía, la fidelidad frente al cacique de turno-«la violencia en amor odio»-.

Zinda, drama heroico en tres actos, prosigue con la idea de la exaltación de lo femenino en igualdad con lo humano. Es la mujer andariega, la que exige, de pie; lo sedente porque sí no tiene sentido en una sociedad viviente. La esclavitud no cabe en el género humano, da igual el color de la piel. El basamento de esta historia se remonta a la reina africana Nzinga Mbande, heroína en defensa de la libertad de su pueblo y de sus riquezas. De ella parte María Rosa.

El encargado de la edición apunta unos hechos concretos en las páginas 131-134; nos sirven de ayuda para acercarnos a lo que pudo ser ayuda para la creación de la obra de María Rosa: «La célebre y famosa Zingha, que otros llaman Ginga, fue una reina de Angola, (país situado entre el reino de Congo propio y el de Bengala) muy nombrada en la Historia de África por los dos extremos que en ella se juntaron de crueldad y de cristianismo». Simplemente, violencia, saqueo, muerte, fiereza, venganza, poder, pueblos antropófagos, horror, odio. (…) «Así vivió la inhumana Zingha por espacio de 30 años hasta su edad septuagenaria, en la cual, ya desengañada de sus atroces delitos, arrepentida de sus infames venganzas» …..Al final recuperó la luz del cristianismo-en su momento fue bautizada- y por consejo de su confesor «dejó a disposición del rey de Portugal todas las pretensiones y derechos que podía alegar al reino de Angola», pág.133.

El final es muy parecido con la fuerza estilística con que lo describe María Rosa: ….»las virtudes / nuestros pechos conquistan; el antiguo / tratado de alianza y de comercio / en nombre de mis pueblos ratifico / con Portugal, Pereyra; y si renuncias / al tráfico de esclavos, te permito / que de ese Dios que adoras, los preceptos / enseñen mi imperio sus ministros». Las palabras de Pereyra lo corroboran: ¡Oh generosa Zinda!, en ti se ha visto / que la ferocidad cede y se rinde / a la santa virtud y al heroísmo».

El tema capital de Zinda es la abolición de la esclavitud: su meta es señalar a aquellos que se aprovechan de ciertas personas por el color de su piel para maltratarlos, para aprovecharse, convertirlos en verdaderos objetos. Cuando Zinda oye,…»mas tu hijo / pasará a Portugal en esa nave / que está para partir, (…), ese niño / será esclavo en Europa«, la fuerza de Zinda se estremece: …»Tened…esclavo…nunca. / No , perezca / antes un y mil veces. Si atrevidos / intentáis arrancarlo de mis brazos, / al foso desde aquí lo precipito», pág. 337. La fuerza, el sufrimiento maternal nos anega de sentimiento doloroso, e insta a su hijo que no tema, la muerte es un momento (…»tú no sabes / lo que es la esclavitud de esos impíos»). La tríada, como defensa de la obra, libertad, abolición de la esclavitud y la aberración del colonialismo hay que proclamarlo, enseñorearlo. No ser esclavos /as de los blancos.

Tres tragedias para la eternidad en las que nos debemos mirar y alumbrar para no caer, de nuevo, en las catatumbas del mal, en lo lóbrego, y defender los derechos primordiales de las persona-mas allá de la raza- como axioma humano.

Gálvez de, María Rosa, Tres tragedias. Madrid, Cátedra, 2024. 371 págs.
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Personales, Uncategorized

A vueltas con el silencio

Es normal, cuando la primavera estalla, que el corazón se derrame, salte, pida claridad, añore, sea luz centelleante; exija abrazos. Somos así; la naturaleza es sabia, nos invita a ser nosotros, antes que el calor se vaya perdiendo, que el tiempo se deslice en la finitud, antes que nos arrebate el sentimiento y la belleza decaiga sin viento airado, pero atenta. La búsqueda de fulgor declina sin mañana. El cantarino arroyo sin maleza se va inclinando con una hoz que deleita al oído y vista entre verdes hayas que se cimbrean y acompañan en el atardecer, en la hora violeta que enternece.

Teatro

La viuda valenciana

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Cuando pronunciamos Lope nos viene a la memoria la tríada expresión, ya famosa después de tanto tiempo, ¡Es Lope! ¡Es Lope! ¡Es Lope! Es como una bienvenida, como entrar en una casa llena de luz y saberes. En este caso es el amor hecho fuego; pero también libertad, igualdad y belleza.

Una de las pautas esenciales, después de su lectura, consiste en la práctica o acercamiento a lo que hemos leído; en este caso con el título «Después de la lectura«: Del Barroco a nuestros días: contrastes y huellas. Comprende dieciocho preguntas o aspectos que nos conduzcan al desarrollo de la obra literaria. La que más me ha encantado es la ultima; parte del poema de José Hierro: Lope. La noche . Marta. No entiendo por qué no viene el poema entero; tanto en la obra como en el poema es el amor el que triunfa. De hecho La viuda valenciana está dedicada a Marcia Leonarda (Marta de Nevares); es la mujer última que ocupó ese ansia de amar, y en un momento en que ya era sacerdote, pero «los ojos verdes, cabellos rizos y copiosos, boca que ponen en cuidado los que la miran cuando ser ríe...», pág.40, pudieron más ante una entrega amorosa total. La hermosura que desprendía juntó cielo y tierra, y si «escribe un papel, la lengua castellana compite con lo mejor». Fue un amor genuflexo ante una preciosa divinidad. Mereció para la posterioridad que colgara los hábitos para dejarnos lo sublime hecho carne.

En la estructura de la comedia, Lope se atiene a su Arte nuevo de hacer comedias. » en el acto primero ponga el caso, en el segundo enlace los sucesos, de suerte que hasta el medio del tercero juzgue nadie en lo que para». En el primer acto, Leonarda, hermosa, joven, viuda, al morir su marido, promete no casarse- «como he dado en no casarme» para mantener el título de viuda. Julia, su criada, discrepa y le muestra lo guapa y atractiva que desprende, y le invita al goce-«Acábate de ver». Su insistencia es clara: «Dejadme, aquí, pensamientos; / no hay más, no me he de casar» . Al entrar en escena su tío le espeta: «Tío, si es de casamiento, / ni se miente ni se hable«. En el diálogo, insiste: «La viudez casta y segura, / ¿no es de todos alabada?». Este diálogo termina con («¡Qué viejo tan importuno!) / (¡Qué mujer tan arrogante!). A continuación aparecen tres pretendientes que desean a la viuda, todos de forma ridícula; son rechazados con desaires. Con sorpresa el corazón de Leonarda empieza a latir fuertemente, un joven le ha llamado la atención. Ahora es ella la que requiere conocimientos. Una condición: debe ser en secreto («…y camina y dile en disfraz, Urbán, / que una dama se le inclina, / y que le ama tiernamente, / y que le podrá gozar…).Todos los pormenores están descritos y han de cumplirse, El acto termina con las palabras de Camilo: «Yo he de saber lo que es esto, / aunque me cueste la vida».

El acto segundo lo empieza Camilo «Entre el temor y el deseo«, se dispone a ir a casa de Leonarda. En su itinerario se va preguntando: «… si a oscuras la he de gozar, / ¿no es todo una misma cosa? Leonarda está impaciente con su criada por cuándo llegará el mancebo y si sabrá saltar los obstáculos que se le presenten. Por fin llega el momento, entra Camilo, se dan la mano, se sientan- ¡Ay, señor, con vos me asiento!– y conversan. Ante el temor de que no puede verla; la sala está oscura; el hecho cruel de no poder verla, dice: «Ya me enciende el corazón / amor sin luz, pues no veo; / que ha tocado en el deseo / como piedra el eslabón«. Leonarda sin tapujos le lanza lo enamorada que está desde que lo vio, pero deseó que fuera en secreto. Ante tanta espera y palabras amorosas sin que se puedan ver, Leonarda se entrega, otra vez-«Este pecho que me habéis enamorado-. Le pide tranquilidad, que no se apene-«Yo os vi y el alma os rendí». Se despiden cariñosamente, y, de nuevo, es Leonarda la que toma la palabra: «Noches quedan, mi Camilo; / esto por ahora baste». Ahora es cuando Camilo quiere el abrazo como despedida-¿No os he de abrazar primero? La respuesta no se deja esperar: «Si´, por cierto«.

Ya casi finalizando Camilo confiesa a su criado que está enamorado, y además la gozó aunque a ciegas. Se contenta con «Imitar a Amor, y ser / sin ojos enamorado». Poco después, aparecen Leonarda y su criada. Reconoce a Camilo-«Julia, Camilo es aquel. ¡Ay señora ya lo vi)– tiene un diálogo con Leonarda sin saber que es ella, narra que se ve por las noches y la describe como hermosa, única, que no la ve y la siente.

El acto tercero es deleitable y dolorido. Comienza con la discusión entre Celia y Camilo. Este dio por terminada la relación que mantenía con Celia, pero esta no lo acepta-«que se entienda tu traición»-. Las divergencias entre ambos es oída por Julia y Leonarda, que están escondidas. Después de algunos sobresaltos se va descubriendo la certeza del amor. En la escena 22, Leonarda, cauta, manifiesta: (» ¡Que no me aprovechan hoy / con este viejo cautelas! / Cuando a Camilo he de ver, / tengo aquesta sombra en casa! / Pero bien lejos del pasa / y yo le sabré esconder). Camilo desea ya luz, no tanta oscuridad («Ya no se puede sufrir. / Heme aquí que me descubro. / ¿Qué importa, si ciego estoy / para el desengaño de hoy? Leonarda, tranquila, arde en deseos de decirle la verdad («Por quien soy, de vos me encubro. / Pero no saldréis de aquí / sin que vais desengañado / y habéisme mucho agraviado / con pensar eso de mí»). Y aunque en lo hablado y escrito no anduvo discreto, lo perdona. Camilo disculpa, pero ansía luz, sin ella cabe desconfianza. «Luz traigo, y veros quiero«. Ante tanta luminosidad y belleza no hay duda («¿ No sois la viuda / que yo tantas veces vi?) . Las palabras sinceras de Leonarda no se dejaron esperar: «Si fuere voluntad suya, / yo quiero ser su mujer«. Es el triunfo de la independencia de las personas, el camino de la libertad, del deseo sin cortapisas; callarse y encerrarse como en otro tiempo fue para la mujer no cabe; es la transformación de Leonarda, ser ella. Es el triunfo del amor ¡Es Lope!, ¿quién si no?

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Lope de Vega, F., La viuda valenciana. Madrid, Cátedra-Base, 2024, 172 págs.
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