Ensayo

Fitzgerald: Ecos de la Era del Jazz…

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En el siglo XX tenemos un nombre que no podemos echar en saco roto; al contrario, hay que releerlo, y ahora tenemos una gran oportunidad en Cátedra-Universales, que como siempre está al tanto para reverdecer lo clásico y lo actual; hagámoslo. La contraportada nos saca de dudas: el volumen «recoge veintidós de los mejores ensayos que Fitzgerald publicó a lo largo de su carrera como colaborador en prensa y en revistas literarias, cuatro de ellos traducidos al castellano por primera vez».

No sabría decir si primero es que se lea la larga introducción 153 páginas o el ensayo del autor: Ecos de la Era del Jazz….; en concreto, yo empecé por el texto del autor para que me contaminara de su estilo, si fuera posible; no olvidemos que estamos ante uno de «los grandes prosistas en inglés del último siglo«. Lo que no he hecho en ninguna ocasión ha sido la lectura por el final titulado «Mi Generación», publicado en octubre de 1968, pero escrito en 1940. No me ha sorprendido ese afán nacionalista, propio de muchas personas de los lugares en que nacen y , sobre todo, esa capacidad de soñar en plena juventud. Me ha llamado la atención la cita picassiana: «Ya puedes hacer algo el primero que luego viene alguien y lo embellece». Termina con una alabanza a los de su generación, «tenaz por herencia, forjada en mil batallas, sabia en esencia», pág. 467. Su generación surgida tras la primera guerra mundial quería romper con una mentalidad muy distinta que se columpiaba sin más en el siglo XIX.

La historia de su vida es una lucha constante para poder escribir y guardar una imagen placentera en su entorno; lo que pensaban los escritores lo obviaba. Aunque en algún momento llegó a escribir que la poesía era lo más importante, lo que merecía la pena, al final se dedicó a la prosa embelleciéndola.

El más extenso de este ensayo se titula «Cómo sobrevivir con 36000 dólares al año». Un mes antes de casarse, pidió consejo «dónde invertir una pequeña suma de dinero», pág. 203. Como basamento, después de una reflexión y diversos avatares en su país, buscó otro en el que la vida fuera más económica para dedicarse enteramente a la escritura; donde vivía «se convirtió en la población más cara del planeta», pag. 211, de ahí que se embarcara rumbo a Francia «A la costa azul», suave y cálido sur francés. Fueron enormemente felices en este lugar de trozos de cielo, aunque no ahorraron como pretendían. La belleza del paisaje mediterráneo le cautivó y atrajo a otros compatriotas a visitarlo.

La trilogía «El derrumbe» no pasó desapercibida; la acogida fue enorme, pero también sinsabores de personas cercanas al escritor, aunque lo primordial es que su nombre todavía estaba en el candelero de la literatura, y eso que además de los problemas personales la famosa «Depresión» atosigaba, estaba encima ( «También hubo malos ratos, pero hasta que tenga cuarenta y nueve años, solía repetirme a mí mismo todo seguirá igual»), pág. 397. El derrumbe puede venir de múltiples maneras; si es «mentalmente, es despojado de su capacidad de decisión»; si por el contrario es físico, «no te queda sino resignarte a la inicua realidad del sanatorio». El problema existencial revoloteaba en demasía; todo se agigantaba y debía hacer un esfuerzo en cada instante. Llegó un momento en que todo le molestaba, incluso a los escritores. Da igual que estos escritos, en parte, sean un artificio literario. El escritor desea construir una imagen de sí para la posteridad en la que cabe toda interpretación. En el fondo pensaría que vamos muriendo a retazos y se ve inmerso. Eso sí, acudiendo a un estilo exuberante. El lector /a no espera que termine con la sabia expresión evangélica de Mateo: «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal perdiera su sabor con qué será salada?», pág. 404.

En la segunda trilogía no se aparta de la desintegración la que estamos abocados; es el pesimismo vital en el que se siente como partícipe sin que nada le aparte. Antes estaba el recuerdo universitario, las voces críticas y amigas; las carencias que vivió y que lastraron muchas de sus ideas que no pudo desarrollarlas, ni siquiera con la imaginación porque siempre acudía a su mente el no poder lograrlas, como si estuviera en una sala oscura. Termina este derrumbe con la amargura ante todo, «que dota de una aura desoladora a la conclusión de esta trilogía confesional», pág.117.

No es menos esa fatalidad que le atosiga en la tercera trilogía, que le envuelve en todo instante (» el estado natural del adulto consciente es de la infelicidad contrastada», pág. 422). Incluso recalca que en el pasado «mi felicidad se parecía más un éxtasis que no podía compartir». La desesperación anidaba en su mente como en la sociedad en la que vivió en momentos concretos; todo, sin duda, un fracaso existencial, a mediados de los años treinta («mi reciente experiencia marcha en paralelo junto a esa ola de desesperación que azotó a la nación»).

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Fitzerald, F. S., Ecos de l Era del Jazz y otros ensayos. Madrid, Cátedra, 2024, 470 págs.
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Novela

Virginia Woolf: Orlando

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Poco importa si Orlando es una «alegoría, una novela, fantasía, biografía o larga carta amor». Lo primordial es que te acerques a su lectura para después opinar. Ese es el problema. Lo cierto es que rompe lo convencional como creación literaria para adentrarse en las identidades humanas desde otra atalaya que supuso una ventana en el arte de escribir, como una recreación placentera en la pluma de Virginia Woolf.

El protagonista está inmerso desde la época isabelina ( en las primeras páginas describe el beso de Orlando » besando a una muchacha-¿quién demonios podría ser aquella libertina desvergonzada-?)», hasta bien entrado el siglo veinte en la que la expresión literaria se yergue como basamento de algo que atrapa no solo por la forma, también por cómo se nos detalla un período de la historia de Inglaterra. Inmediatamente, la escena es descrita como que no del todo se podría culpar a Orlando, «era la época isabelina; su moral no era la nuestra; ni sus poetas, ni su clima, ni siquiera sus vestiduras. Todo era diferente». Más allá de las convenciones sociales se desliza con nitidez el cambio del género masculino al femenino y el amor se convierte en lo sustantivo, sin que casi al final se atisbe una diferencia nítida. Según la crítica más exigente, «puede considerarse que la obra es un tributo de amor de Virginia Woolf hacia Vita Sackville-West», pág. 44. Virginia nos dice que el título fue como un automatismo: Orlando: Biografía, «mi cuerpo se inundó de éxtasis y mi cerebro de ideas», pág.45. Detrás de Orlando está Vita; el amor se hizo más que espiritual. En Virginia brotó lo que su corazón y mente clamaba.

Ya desde el capítulo primero se nos traza una semblanza fundamental de Orlando: …»le gustaban los lugares solitarios, las vías panorámicas y sentirse por siempre, por siempre jamás en soledad». La expresión «estoy solo» marcará el devenir, cuyo denominador común, al menos en su juventud, fue la fuerza de la naturaleza («sentir la columna vertebral de la tierra»), que cuando se halla en la meseta central de Anatolia cobrará todo su vigor ya como mujer. En este capítulo se resalta, mientras Orlando estaba dormido, sin darse cuenta que una reina lo había besado. Mucho tiempo después le llegó un aviso que «debía acudir ante la reina a Whitehall». Se le dieron tierras, sería «el roble que le sostendría de su ancianidad». Orlando era «joven, rico, apuesto». Tenía en todos los sentidos un porvenir lleno de felicidad, incluso «muchas damas estaban dispuestas a concederle sus favores». Mas el primer gran amor-breve- de Orlando fue una princesa rusa, que había venido con el séquito del embajador moscovita en un invierno congelado. Según él, conoció por vez primera «los deleites del amor». La huida de la princesa a Moscú fue como un sablazo («el mundo entero parecía repicar con las noticias de su engaño»). Aturdido y pasmado vio cómo el barco de la embajada moscovita estaba haciéndose a la mar«. Furioso, de su boca salieron las palabras más duras a una persona («Infiel, adúltera, diabla, embustera, veleidosa«).

Al trazar la biografía de Orlando, la autora se propuso «trabajar con perseverancia»; «exponer los hechos en la medida en que se conozcan y que el lector saque sus propias consecuencias», pág.119. Orlando se retiró a su gran mansión en el campo y quedó profundamente dormido durante siete días; no hubo forma de despertarlo. Al séptimo se despertó a la hora acostumbrada. Había elegido la soledad para conocerse y sacar conclusiones, el caso es que le causó «un extraño deleite por los pensamientos sobre la muerte». El amor a la soledad, su indolencia, su melancolía le rumiaban su pensamiento. Le dio por la lectura y se puso a leer a Sir Thomas Browene; la creación literaria le esperaba aunque bien sabía que era «una deshonra imperdonable para un noble. Y así «sumergiendo la pluma en el tintero«, se preguntaba qué sería de la rusa que le había abandonado sin que desbrozara ese veneno que le atosigaba con denuedo. Su mente le llevó a pensar que por nacimiento era un escritor más que un aristócrata. En su vida aparece Nicholas Greene, un poeta que Orlando manda llamar puesto que era un gran poeta para entablar conversación para ver cómo se sentía en el arte de escribir. La imagen que le transmitió fue que dedicarse a este menester era pasar penalidades y no se podía vivir de ella; le citó a Shakespeare. Lo que quedó fijo en la mente de Orlando : … «era que el arte de la poesía había muerto en Inglaterra«, pág.137. Sin embargo, admitía que Shakespeare había escrito «algunas escenas que no estaban mal, pero era Marlowe principalmente quien se las había inspirado». Con fuerza nítida vino a decir que la época de la literatura había pasado y se decantaba por la griega, «la isabelina era inferior a la griega en todos los aspectos». Con estas ideas, Orlando se vino a bajo, pero a reglón seguido, oye también que «la isabelina era una gran era». En estos pensamientos decidió que escribiría como le apetezca, dejando al lado imitaciones, se decantó por sacar un cuaderno en el que había puesto «El roble: poema» y escribía hasta bien entrada la media noche. Finalmente, en un arrebato de que su vida tenía que cambiar pidió «al rey Carlos que le enviase a Constantinopla como embajador extraordinario». Era una forma de quitarse tanto sinsabor.

En este período, llamado la Restauración, supuso una forma distinta de ver la vida; cumplió con lo que se le pedía, hasta la naturaleza estaba a sus pies, y cómo no, era «prenda codiciada de muchas mujeres y de algunos hombres». De nuevo, se nos advierte: «cae en un profundo sueño entre sábanas muy revueltas» que duró siete días. Un dato importante es que los turcos se levantaron contra el sultán y los extranjeros fueron acuchillados, pero al ver que Orlando, aparentemente estaba muerto lo dejaron sin tocarlo. Más tarde, se nos dice que unos trompetistas hicieron sonar un terrible toque: «La Verdad, ante lo cual Orlando despertó». Se puso de pie, desnudo. y es entonces cuando la relatora confiesa…, «que él era una mujer», pág. 181. Era innegable que Orlando se había convertido en mujer». Y así, el embajador de Gran Bretaña ante la corte del sultán abandonó Constantinopla.

Después de varias vicisitudes, se embarca para Inglaterra. Su pensamiento ya es otro: «Todo lo que podré hacer en cuanto ponga pie en tierra inglesa será servir el té y preguntarles a mis señores cómo lo desean». En su espíritu anidaba lo que siempre soñó: la contemplación, la soledad, el amor, y exclamó: «Gracias a Dios que ya soy una mujer», y era a una mujer a quien amaba. Pero, hete aquí que, nada más llegar la presentaron tres demandas fundamentales durante su ausencia: » que estaba muerta y no podía poseer ningún tipo de propiedad, que era una mujer, que era un duque inglés y se había casado con una tal Rosina». Los litigios disminuyeron su riqueza principalmente por ser mujer. En todo momento sentía su belleza; ante el espejo , el deseo le desbordaba, hasta en una ocasión pudo oír las hojas agitándose con el viento y el gorjeo de los pájaros y después suspiró: Vida, un amante». Solo faltaba introducirse en la sociedad londinense, y esta tampoco le satisfizo («¿es esto a lo que la gente llama vida?). Se percata de que el siglo XVIII tampoco trajo esa luz que ansiaba como mujer («El siglo XVIII había terminado; daba comienzo el XIX», pág. 253). Lo que se decía la hundía más: » las mujeres son solo niños grandes»; están para halagarlas, para el entretenimiento. La entrevista con el señor Pope sirvió de poco; su alivio fue necesario cuando se marchó el intelectual, al contemplar «las alegres barcazas cargadas que iban remando río arriba»; los intelectuales no querían comprender y no sabían. Es el final del capítulo cuarto cuando Londres es descrito como negrura: «Cubría la ciudad una turbulenta y confusa nube. Todo era oscuridad; todo eran dudas, todo era confusión». Así estaban las relaciones humanas en un siglo en que fue bautizado como Ilustración.

Por si fuera poco, la entrada en el siglo XIX, la época victoriana tampoco se significó por el cambio que deseaba Orlando como mujer («La vida de una mujer promedio consistía en una sucesión de partos»). Cuando la mujer llegaba a los treinta tenía unos quince o dieciséis hijos. Una tarde Orlando se palpó el pecho y encontró el manuscrito de su poema «EL Roble«, «manchado de agua de mar, de sangre, de los viajes», después de tantos años. En la primera página estaba escrito el año de comienzo 1586 con su letra. Atrás quedaban trescientos años («Después de todo…. no ha cambiado nada»). Su pensamiento era transparente. Se preguntó: ahora con la reina Victoria y mucho antes con la reina Isabel, «¿pero cuál es la diferencia?». La ventana a la que se asomaba fue la testigo de su idea. Y además, el siglo XIX «le resultaba extremadamente adverso». La soledad le embarcaba, «todo el mundo tiene pareja menos yo…, estoy soltera, sin compañero, sola«. Su pareja era el páramo, la naturaleza, «soy la novia-susurró-«. A pesar de que había conocido a hombres y mujeres, no había entendido a ninguno. Un día «vio una silueta que se alzaba oscura contra el cielo del amanecer teñido de amarillo». Es entonces cuando encontró a su prometido: D. Marmaduque Bontrthrop, librepensador. Las expresiones «eres una mujer», exclamó ella; y «eres un hombre, Orlando», exclamó él, marcan un interrogante, cuál es la diferencia; quién es quién. Y así estuvieron más de dos horas hablando y del corazón de Orlando salió: «soy una mujer, una verdadera mujer, por fin», pág. 277. La afinidad entre los dos era tan evidente que prosiguieron preguntándose «(«una revelación tal que una mujer pudiera ser tan tolerante y honesta como una hombre, y que un hombre pudiera ser tan peculiar y sutil como una mujer»). La necesidad del compromiso se asentó («cómo pasaba el anillo de uno a otro»). El amor había llamado a la puerta y se había casado.

El último capítulo viene marcado por la primera guerra del siglo XX. Es el final con su libro literario The Oak tree en el que se recogen trescientos años («Allí estaba el tintero; allí estaba la pluma, allí estaba el manuscrito de su poema»). Lo que deseó siempre fue escribir poesía, qué más da que estuviera casada con un marido que siempre estaba en Cabo de Hornos, ¿ «eso era matrimonio»? Su estado de felicidad era otro, la entrega a la escritura, a que volara su pensamiento se hizo: «Escribió, escribió, escribió«. Vida y pensamiento son como dos polos opuestos. ¿Solo queda mirar por la ventana? Entonces es cuando surge la terrible pregunta, ¿qué es la vida?…, «que ¡ay!, no lo sabemos«. En ese momento, Orlando se levantó, «dejó la pluma, se acercó a la ventana y exclamó: «¡Se acabó!». Sorprendentemente se nos atestigua un signo de vida: «Es un niño precioso, mi señora». «En otras palabras, Orlando había dado a luz a un hijo sin percance alguno, el jueves 20 de marzo, a las tres en punto de la madrugada».

«Y sonó la duodécima campanada de medianoche: la duodécima campanada del jueves, once de octubre de mil novecientos veintiocho». Los años 1568 y 1928 se amoldaron. La tríada: Orlando, el hijo carnal y The Oak tree permanecerán para adentrarse en el alma de una mujer con la literatura inglesa como cabecera desde el período isabelino hasta su muerte. Eso sí, la poesía como bálsamo, como refugioQué tienen que ver las alabanzas y la fama con la poesía?).

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Woolf, V., Orlando. Madrid, Cátedra, 2024, 361 págs.

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Ensayo

El actor y la palabra. Breviario para actuar

«Este breviario para actores no es la Biblia«, advertencia del autor para los/as posibles lectores. Buen comienzo que se acepta, de lo contrario chocaría con el buen entendimiento a la hora de esparcir unas ideas que no pretenden ser el canon único; pero sí cabe la experiencia después de tantos años dedicados a esta materia. Su reflexión nos sirve para aposentarnos y después contribuir a expandir si conseguimos algo más que sumar. Al final, con toda seguridad, meditaremos qué es lo que se pretende. Su lectura nos cultivará desde muchos ángulos.

Que leamos a un filólogo y además especialista en W. Shakespeare no es fácil encontrarlo si también ha recibido el título «Oficial del Imperio Británico». La primera palabra es agradecimiento. La «emoción en la palabra» no siempre resulta fácil y debe prevalecer en el arte dramático; es cuando el escenario, entonces, se viste de hermosura. Es lo que se pretende con este «Breviario»: buscar la esencia, lo semiótico que nos eleve. Las notas, tanto teóricas como prácticas, son fundamentales; es donde el autor se encuentra al interrelacionar su sapiencia escénica después de tanto tiempo de entrega. El primer peldaño en el que debemos detenernos a propuesta de José Saiz Molina es en las dos primeras líneas del primer parlamento de la primera comedia shakesperiana en la que » le dice Valentine a Proteus: Cease to persuade, my loving Proteus. / Home- keeping youth have homely wits», pág. 14. Es la autenticidad del teatro o lo que nos lleva a la acción sea cual fuere.

La estructura de este ensayo parte de unos Preliminares (Prólogo. Una nota ahora que nos enfrentamos juntos a la quinta edición de ese breviario. Notas preliminares. Stanislavski y la palabra: un par de notas breves). Seis capítulos ( Traducción. El rumor del lenguaje. Verso. Magia en la escena. Gestualidad Los ojos, los labios, las manos. Estilo verbal. El volumen de la palabra. Técnica. Poseer y ser poseídos. Teatro. Belleza interior). Apéndice (Selección de parlamentos. Sobre la elección de parlamentos. Tabla resumen.. Selección de parlamentos). Glosario de términos teatrales). Bibliografía. Índice onomástico.

En el prólogo se vierten aspectos que un actor no debe olvidar, aun teniendo en cuenta el arte difícil que tiene entre manos para actuar. El autor recalca la tríada imprescindible: «el texto/verbo, el texto/cuerpo. el texto/gesto», pág.25. He aquí el resumen de una buena actuación en un escenario desnudo que el actor tiene que implementar. La palabra como algo sagrada-aunque el autor defiende lo contrario, o lo matiza- sin que el cuerpo o el gesto pueda sustituirla. Su final es más esclarecedor: …»la conexión del actor con el texto me parece una experiencia casi religiosa, una posesión mística», pág.28.

Las 31 notas preliminares son como faro que allanan el camino, siempre que tengas como base el texto, sea cual fuere; en él debe estar todo. El espectador espera que todo esté aunado para una buena representación y comprensión certera que es el final de lo que se pretende. La nota de Stanislavski en la que lo interior sobresale hay que tenerla siempre presente; hacerla tuya («sin dominio estilístico de lo verbal, los demás esfuerzos pueden llegar a ser inútiles». O también la nota breve: «Cada letra es una nota musical…, cada sílaba, cada palabra», pág 48. Estas notas terminan con el gran soneto de Lope de Vega. Detente, reflexiona, anímate a interpretarlo hasta el último verso: «Esto es amor: quien lo probó lo sabe». Más sencillez y perfección se nos escapa.

El rumor del lenguaje se adueña del personaje, de ahí la importancia de los que se consideran expertos a los que se deben tener en cuenta, imbuirte de ese halo que te hará ser mejor. Si no se llega a la comprensión total hay que reflexionar más o pedir ayuda que te beneficiará, pero siempre con el texto por delante. La palabra como base, como un revoloteo que debe primar en el escenario en que actúas para un público absorto en lo que pronuncias, que sabrá discernir lo semántico con el movimiento, los gestos, en un entorno propicio. El rumor es algo más que un aleteo en la representación y más cuando se necesitan unas pausas para que el silencio sea el protagonista, para que el espectador reflexione, se convierta en copartícipe de lo que observa.

Si algo nos introduce en la representación es el verso. Es la herramienta capital para conseguir la interioridad de quien está representando; es el aire que se necesita, igual que en las obras velazqueñas, que se necesita para comprender mejor los cuadros. Ese mirar detenidamente o memorizar es clave ante la complejidad que puede surgir ante la emoción versal. Es este cuadro en que está la forma de actuar hay que añadir «los ojos, los labios, las manos…» , en la que gestualidad se yergue con el texto. Las posibilidades se agrandan si estamos inmersos y hacemos nuestro con lo «interiorízate» que debe prevalecer, para que la musicalidad verbal nos visite; sin esto, difícilmente, tendrá una buena actuación, el público lo percibirá y, tal vez, al final puedan más los pies que las manos. Y cómo no destacar en este breviario «la belleza interior»; deberías «ir construyendo un mundo interior, un paraíso interior que sea mil veces más bello que el que los mortales perdemos cada día», pág. 119.

Como práctica viene un Apéndice con el que podrás desarrollar tus dotes después de haber leído y comprendido la teoría. El objetivo: «constituir un espacio escénico adecuado para poder trabajar todas y cada una de las propuestas». Se han seleccionado una serie de parlamentos extraídos de obras significativas de Shakespeare en bilingüe. Pueden ayudarnos el «glosario de términos teatrales» y, sin duda un » Índice onomástico».

Conejero-Tomás, M. Á, El actor y la palabra. Madrid, Cátedra, 2024, 217 págs.

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Teatro

Comedia famosa de La traición en la amistad

La contraportada del libro ya nos insta a que nos apresuremos a leer la obra: «En los últimos años, el de María de Zayas y Sotomayor se ha convertido en uno de los fenómenos más notables para los historiadores de la literatura y la cultura áurea…». La lectura nos convencerá de tal aserto al añadirse lo placentero con que nos sentimos copartícipes de los hechos narrados y descritos. Dejemos que fue censurada; los amores jóvenes no se pueden prohibir porque son inherentes y necesarios a lo existencial; es más, la naturaleza nos exhorta a cumplir. Nos ennoblece y somos más felices. Poco importa que la vida de la autora esté rodeada de un halo de misterio; lo primordial es su obra, que aunque sea de enredo aviva el pensamiento.

Los versos de Lope de Vega nos llena de alegría al saber las destrezas y sabiduría de María de Zayas en su Laurel de Apolo: …»aprisa desnudad, y de las rosas / tejed ricas guirnaldas y trofeos / a la inmortal María de Zayas, …., / porque su ingenio, vivamente claro / es tan único y raro, / que ella solo pudiera / no solo pretender la verde rama, / para solo ser sol de tu ribera».

Tres jornadas jalonan la obra con cincuenta y cuatro escenas. La intriga se establece alrededor de un grupo de jóvenes en los que prima lo humanístico (Nadie puede sin amor vivir); cuatro masculinos y cuatro femeninos; personajes capitales en la obra. También colaboran dos criados; hay que añadir un paje y dos músicos. El comienzo es nítido y nos anima a no descansar la lectura o a estar muy atentos si la vemos representada: («Vi, como digo, a Liseo / en el Prado el otro día, / con más gala que Narciso, / más belleza y gallardía. / Puso los ojos en mí / y en ellos mismos me envía / aquel veneno que dicen / que se bebe por la vista.)

Las relaciones amorosas de tres mujeres hacia un joven son las señas de identidad del sentimiento que una persona siente y quiere pregonarlo; es una necesidad vital. La autora nos descifra ya al principio lo que acontece, como protagonistas Liseo y Marcia; esta se lo detalla a su amiga Fenisa (…» que Liseo / es prenda que el alma estima; / y mientras mi padre asiste, como ves, en Lombardía, / en esta guerra de amor / he de emplearme atrevida»). Es el momento para la entrega. Su disposición es tan alta que abandona todo prejuicio, el qué dirán («Por qué ha de ser milagro / que yo ame, si me obliga / toda la gala que he visto?). Sin amor nadie puede vivir, el alma de la protagonista se derrama hacia la fusión. Su amiga Fenisa queda rendida, prendada al contemplar el rostro («verás en aqueste naipe / un hombre donde se cifran / todas las gracias del mundo»). Se establece un diálogo en que cada una se posiciona («Cómo pides / que no me enoje si quitas / a mis deseos las alas … ¿Quiéreles acaso?). La contestación no es sincera: («¿Yo Marcia? / No está mala la codicia! –No es malicia, sino celos»). Es cuando comienza la alevosa traición entre dos amigas, de ahí el título.

Fenisa quiere saber más de esta persona que ha entrado en su corazón; claro, se lo oculta a su amiga Marcia; entonces recurre a don Juan para que la guíe-cree que le gusta- («… quiérole preguntar / quién es este por quien muero / nuevamente«), pero se da cuenta de sus intenciones, que es por otro y la rechaza. Fenisa le acusa de celoso. Y le dice claramente que es a Liseo quien ama con todas sus fuerzas, que «pretende de Marcia la bella / el dichoso casamiento, / siendo, por fuerza de estrellas» Don Juan queda molido, rendido y pronuncia «Tras ti voy, fiera, / que por amarte me has muerto«.

El diálogo entre Fenisa y Liseo no se deja esperar: «Dichosa es la que merece amarte. -¿Qué mandáis, Fenisa hermosa? -A ver mi dulce ingrato / la gala que no merezco…, y aunque a mi don Juan adoro, / quiero también a Liseo / porque en mi alma hay lugar / para amar a cuantos veo». Fenisa se va porque las respuestas no la seducen, y se despide con un aparte: («¡Ay, ojos, en cuyas niñas / puso su belleza el cielo!). A Dios». La acción cobra fuerza cuando Fenisa le entrega una carta de Marcia, que entre otras cosas resalta: «En tu retrato miré / las partes que te dio el cielo, / y al fin por ojos y oídos / me dio el amor su veneno» . Liseo entre dos aguas duda, pero León le recuerda a su abuelo-cura- «que no dejaba doncellas, ni aun las casadas«; y antes le dice que es necio si no se aprovecha, y le resalta: «Marcia te adora y estima; / Fenisa, por ti muriendo. / ¿Y Laura?» La doble moral que se percibe se lo recuerda sarcásticamente con los doce hijos que ha tenido el cura, y otros muchos que ha tenido el obispo en secreto que se presenta a recriminarlo : «¡Traidor!, cuántos hijos tenéis? – Pienso / que he de tener, / si no me engaño y es cierto, / tantos como useñoría, y aun sospecho que uno menos». La burla a la clerecía era normal en ese tiempo.

El final de la jornada primera es clarividente. Laura cuenta cómo perdió la virginidad con Liseo («…mi honra le entregué, Félix, joya hermosa, y que nací / solo obligada a guardarla, / y con esto me perdí«). Se termina con una soneto; su dos primeros versos muestran un alma herida: («Que muera yo, Liseo, por tus ojos / y que gusten tus ojos de matarme«). El último verso es esclarecedor : «…para unos ojos que a tus ojos quieren«.

La segunda jornada se inicia con otro soneto en boca de Marcia («Amar el día, aborrecer el día, / llamar la noche y despreciarla luego; / temer el fuego y acercarse el fuego, / tener a un tiempo pena y alegría» ). Laura le cuenta a Marcia el gozo que ha tenido con Liseo y también con Fenisa. El enredo en toda la jornada es total y se requiere atención y viveza, que parte de una mentira para ver cómo se comportan todos lo personajes con ideas como matrimonio, seducir si viene el momento, violencia, insultos, aborrecimiento, disfrute en las fiestas de la iglesia de Santa Cruz, cambios en las relaciones amorosas. Estas mudanzas en demasía, quizá, debieron acortarse. El lector / a está avizor. Sinceramente demasiado embrollo para tan poco. Nos quedan algunas ideas ya repetidas en la literatura, por ejemplo en boca de Marcia: «los engaños / de los hombres de ahora», o mal haya la mujer que en hombre fía«. No eran necesario tantas idas y venidas para llegar al alma de los personajes en esta jornada. Se pone fin con el diálogo entre don Juan y Belisa: «Quisiera / que buscaras a Gerardo, / porque mi prima desea / tratar con él ciertas cosas / de importancia. – Mi bien, entra,/ y dirase por los dos: / lo de César darlo a César» . Es el anuncio de que algo va a suceder de importancia.

La tercera jornada prosigue sin que se detalle con claridad todo lo que va aconteciendo. Eso sí, Laura se desata: ¿Qué pecado he cometido / para tan gran penitencia? Mucho ocurre para tan poco, aunque todo queda ensamblado, menos Fenisa («Señores míos, Fenisa, / cual ven, sin amantes queda. / Si alguno la quiere, avise / para que su casa sepa»), en tierra de nadie, precisamente la que quiere un espacio propio, una lucha de ser ella, de por qué no puede abanderar la libertad, en su alma caben muchas cosas que solo se permitían a los hombres, es una lucha que no descansa desde el principio; casi al final proclama (» Tengo la condición del mismo cielo, / que como él tiene asiento para todos, / a todos doy lugar dentro de mi pecho«; la libertad sexual como reivindicación para igualarse con los hombres; o «Naturaleza es varia y hermosa»; pero se percibe un cierto sabor al comportamiento de los personajes que se corresponde con la sociedad que la autora imagina, incluso los arreglos finales como salida ante tanta confusión. El choque entre lo masculino/femenino para que cada lector/a se vea en la obra, en la que la amistad puede ser sagrada, gloriosa, pero también, traidora, perniciosa. La exaltación de la belleza nítida incluso entre géneros iguales; a mi parecer predomina el femenino en la obra. Si bien se nos deja un campo abierto para que pensemos y elijamos, incluso entre la amistad y el amor («Perdona, amistad que amor / tiene mi gusto sujeto«). En la obra sobresale traición, si bien para conseguir el bien deseado.

Zayas y Sotomayor, María de, La traición en la amistad. Madrid, Cátedra, 2024
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Personales

Vendaval de ensueños

Cuando queda el rescoldo de las cenizas siempre hay una esperanza, aunque sea en vano, puede vibrar en algún momento ante lo insólito distancial. Qué más da. La presencia no siempre es necesaria, la memoria sí como el aire que se respira. Es mejor estar en suspenso que caído. El corazón generoso debe estar preparado para la dicha, y olvidar el contratiempo, ese viento airado que no se sabe cómo y por qué se desata. Lo inicuo desaparece y queda lo bueno, lo que resplandece aunque esté oculto. El sosiego dulce y caro en este verano abrasador nos hace más cercanos por la necesidad que nos empuja al abrazo antes que la naturaleza lance ¡basta!


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