Novela

La península de las casas vacías

Acabo de terminar la primera parte de la novela-ensayo de las cuatro de que está compuesta, un Interludio al finalizar la segunda, y un Epílogo. Es tiempo de un descanso y una reflexión después de la lectura de 156 páginas. Para estas primeras líneas me han servido tres palabras que aparecen en la contraportada del libro que, a su vez, pueden describir todo lo que he leído y lo que suceda: descomposición, deshumanización, desintegración. Es la «Iberia agonizante donde lo fantástico apuntala la crudeza de lo real» (contraportada). Tengo que hacer constar que el autor antes del Prólogo evoca a doce escritores que de alguna forma están en consonancia con el libro. De todos conocía las expresiones que señala. Solo voy a destacar a Montserrat Roig- la muerte la llamó temprano-: «La cultura es la opción más revolucionaria a largo plazo».

Aunque tenía noticias de este libro, lo que me hizo leerlo, ya, fue primordialmente la entrevista a David Uclés en La Revuelta y, sobre todo, la que se realizó en La noche en 24 horas. Vaya por adelantado que me ha entusiasmado no solo por lo narrado y descrito sino también cómo, salvo algún galicismo y alguna redundancia que hasta los/as académicos cometen no solo en la escritura también oralmente.

Como yo nací en un pueblo extremeño enclavado en un cerro, las primeras páginas me han recordado a las gentes y sus hablas de ese Jándula con el mío (según el autor el pueblo se denomina Quesada, «llamado Jándula en esta novela»).Como estudié en el bachillerato, Jándula es un afluente del Guadalquivir; por cierto, un verano que pasaba por ahí camino del santuario de santa María de la Cabeza, ante tanta calor, me bañé en el Jándula, en medio de lo que se denomina «sierra morena». Palabras e imágenes revolotean por mi mente cuando el autor nos recuerda a las luces de los candiles, acelgas, espinacas, miel de romero, la era-trilla, los garbanzos, el trabajo en la era, las migas, las matanzas-tan típicas en Extremadura-, hilo de bramante, el repique de las campanas de la iglesia, el cirio bautismal, el rezo, Corpus Christi, etc.

En esta primera parte, el autor nos advierte con tranquilidad de lo que pueda acontecer más tarde al recordarnos a Ortega y Gasset : «Dos Españas. señores, están trabadas en una lucha incesante: una España muerta, hueca y carcomida y una España nueva, afanosa, aspirante que tiende hacia la vida», pág. 39. Por su importancia se nos deja caer «A partir de hoy mismo paso a llamarme Pablo», pág. 99, que culmina, donde nadie le podía escuchar, «gritó de felicidad y dio gracias al cielo» por haber cumplido los años necesarios para que lo aceptaran en Ejército, pág. 155. Muy importante es «La partida de ajedrez» en la que se nos describe cómo fueron cayendo-desapareciendo los que podían hacer sombra al que sería nombrado al final «Generalísimo». Como también el lector/a debe tener en cuenta para comprender la «guerra está al caer», pág.109, o las palabras del arzobispo de Tarragona: «Los revolucionarios han destruido las iglesias, pero el clero había destruido primero a la Iglesia, pág. 132. Como antesala a la segunda parte, de nuevo, dos opiniones que nos ayudarán a comprender mejor: «Ahí las tienen ustedes.. Son dos Españas, contrarias, antagónicas, colocadas frente a frente (…).Una es la España oficial, la que se mira solo al estómago; otra es la nueva, la que se mira a los brazos» de Ramiro de Maeztu, pág.156. Otro pensamiento como anillo al dedo: «Mi casa rota, (…) a la deriva en el naufragio de un país, de Luis Cernuda. Tanto una como la otra nos impresiona.

SEGUNDA PARTE. Leño. 1936

Ya en la página 178, la frase lapidaria «la guerra había empezado oficialmente aquel amanecer en Jándula» nos entronca con los hechos capitales del pueblo y lo que iba a significar en la península, aunque se viniera percibiendo antes. Reuniones, diálogos opuestos, las arengas desde radio Sevilla por Queipo de Llano, el protagonismo del alcalde de Jándula-militante «de un partido de izquierdas»- que impediría transmisiones por radio en las que Queipo de Llano exigía «A las armas! La patrias está en peligro…», y la respuesta de Rafael Alberti, «Queipo de Llano es quien, ladra, muge, rebuzna». En estas páginas ya se va asomando el camino del triunfador por las tierras extremeñas, Almendralejo, Monesterio, Zafra, Llerena, Mérida, Badajoz, Cáceres, acercarse a Salamanca y aposentarse en Burgos; es lo que el autor denomina «El tiempo entre palacios». En la página 199 se para para advertirnos de que «antes de narrarnos la noche más oscura de la Muy Noble y Muy Leal Ciudad «, terminaré de atar el filo hilo que unirá Jándula y Badajoz». Solo se puede pensar en lo peor que estremece para volver «a nuestro pueblo».

En punto aparte nos encontramos con que el famoso Pablito, luego Pablo, ahora es Paulo-se alistó en las tropas franquistas- con este nombre, y le esperaban en Extremadura obligado, pág. 204. Estaba llamado a defender una «Iberia católica, conservadora y tradicional». Su camino hacia donde le esperaban fue convulso. Vio de todo, incluso quiso volver ante tanta atrocidad sin que todavía no asistiría a lo que no tiene nombre. Al ver la belleza y esplendor del teatro romano intentó olvidar los aconteceres de la caminata. Entramos en lo que lo inhumano es lo común. Se nos recuerda dos pensamientos, uno de Miguel de Unamuno: » Y ahora debo decirlo que muchas que hayan sido las atrocidades de los mandos rojos, los hunos, non mayores las de los bandos blancos los hotros» . El jefe de Prensa de Franco escribe-Gonzalo de Aguilera- : «Hay que matar, matar y matar a todos los rojos; exterminar un tercio de la población masculina y limpiar el país de proletarios». Las páginas 215-222 son más que dolorosas, más que inhumanas: plaza de toros, catedral, ayuntamiento, calles; la siembra de sangre. La barbarie hecha realidad; es lo que el narrador denomina la arena. El apodo de «el carnicero de Badajoz» nos inunda la mente y no quieres proseguir, pero, al mismo tiempo se te insta a leer la otra parte….,, «y la cal, págs. 223-226, encabezadas por Jay Allen («Esta es la historia más dolorosa que me ha tocado escribir) y Coronel Yagüe («Naturalmente que los hemos fusilado«). En la página 226, leemos de Indalecio Prieto: «La brutalidad de lo que aquí acaba de ocurrir-en la Cárcel Modelo, a manos de nuestros hombres- significa, nada menos, que con esto hemos perdido la guerra…Me asquea la sangre, estoy hasta aquí, nos ahogará a todos«. Y la de Manuel Azaña: «No quiero ser presidente de una república de asesinos».

El conglomerado de «La recogida de la aceituna», La muerte en el olivar, La noche bajo las estrellas, Los ocho braseros La tierra sobre el suelo de Toledo, Isaías y Paulo– interesante la precisión, «Paulo quería mirar si del cuello le colgaba la medallita…, se santiguó y siguió a su compañero», pág.247, se refiere a que pudo ser su tío Ángel al que habían matado, nos instan a proseguir. Para este lector, extremeño, como ya vengo manteniendo desde el principio de estas páginas literarias, la semblanza de «La recogida de la aceituna» me ha recodado mi pueblo. Un trabajo duro-quizá más de lo que se recoge en esta novela-ensayo-, el sustento de muchas familias durante el año. Como no hay que perderse el caminar de Paulo, de nuevo se nos recuerda, «en aquel momento entrenándose al este de Madrid para una futura batalla, la del Jarama», pág, 227. Solo su hermano José entendía el abandono de Paulo «en parte». «La conversación en el reclinatorio» impresiona. Es el narrador delante del Conde Orgaz a la espera de que Franco viniera a conversar- «Franco se santiguó ante la pintura…, y se arrodilló a mi lado», pág.248. En este diálogo, una de las preguntas «¿Sabe usted por qué va a ganar esta guerra? Por la gracia de Dios. No podemos dejar de constatar el ¡Pobre Azaña! cuando el narrador se refiere ante tanta división en la izquierda. El general lo resuelve con las expresiones, ¿Qué pasa con ese infeliz?, Ese es un matacuras. La respuesta del narrador acalla mucho de lo que se dice: Pues, según tengo entendido, salvó a los monjes agustinos de su colegio en El Escorial, pág.252. Admirable, sin lugar para la duda, el diálogo una de las páginas memorables. Solo una mota; en vez de «su colegio en El Escorial», en San Lorenzo de El Escorial; es más preciso; si molesta al autor, mis disculpas. Tampoco dejo escapar de este diálogo la referencia al Santuario de Andújar como posible película. ¿El santuario de la Cabeza? ¿Qué pasará en Andújar? De momento queda en suspenso. Lo que yo recuerdo del bachillerato es que el profesor de Historia puso un énfasis altivo cuando explicó el hecho de Andújar y defendió al capitán Cortés como un héroe. Es difuso todo, pero me viene a la memoria después de tanto tiempo.

Antes de adentrarme en la sección Los primeros milicianos en sus tres actos, recojo parte de lo que se escribe de Azaña, «Todos usurpan las funciones del Estado, al que dejan inerme y descoyuntado«, y lo atribuido a Gerald Brenan «Las tropas en su marcha hacia el frente limpiaban el camino para la revolución«, pág.255. El primer acto de este punto tiene como título El versículo olvidado«. Ni me imaginé que detrás se encierra el asesinato del cura de Jándula, don Robustiano («El sonido del gancho de la matanza atravesando el cuello del cura hizo que todos los presentes se volvieran a encerrar en sus casas, algunos santiguándose sin parar; otros sonrientes, felices de que hubiera muerto«), pág.266. El segundo acto recoge los doce mandamientos. Son los puntos que deben llevar a cabo en el pueblo propuestos por los milicianos. Demasiada información para sus habitantes y sobre todo, «la talla de la Virgen era sagrada para casi todos», aunque sí se alegraron del asesinato del cura. El tercer acto, llamado «La pasión» sobrepasa la crueldad; la moza absoluta: Fulgencio y Federica son crucificados y paseados («Salió el sol y terminó la procesión. El día apagó las almas de Fulgencio y Federica»).

Es el turno para un personaje capital: don Miguel de Unamuno y lo que ha quedado para la posteridad, que el narrador emplea como ficción histórica, pero que se ha mantenido en la Historia: «El venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis». También se recoge las expresiones «Viva la muerte». ¡Muerte a los intelectuales de Millán Astray. En este caminar se retoma a la familia que se va describiendo; ahora «Odisto y José»-el otro hijo que también quiere alistarse-, ante la sorpresa de su padre. Una guerra entre hermanos. El narrador nos adelanta el febrero de 1937: «Los rostros iluminados de Málaga«. Aparte de su descripción como ciudad «blanca, dorada y lila» entre otros adjetivos, se nos muestra «la llegada de los fascistas», y la señal de la sangre que iba a correr, La obsesión de Franco por coger la mano de santa Teresa y someter a los malagueños como principio de toda Andalucía. Ante tanta osadía vino la crueldad suma de asesinatos, bombas. «Los proyectiles cayeron y ardieron en la carretera». Se denominó «la carretera de la muerte» porque hasta cuatro décadas más tarde todavía sobresalían huesos de las cunetas. Con el nombre Franco se puede leer el posible diálogo entre el narrador y el general. Ha pasado como El Carnicerito el que mandó acribillar en la carretera; también se alude a otro que fue después «presidente del Gobierno con Franco vivo»; el mismo que anunció la muerte del dictador, pág. 298-299.

«El sótano de la rebotica y el rifle». Sucesos inesperados, aunque una buena noticia Odisco «recibía cada diez días una carta de su primogénito José». Por recomendación Odisto tiene que salir del pueblo y se preparaba para tal acontecimiento y su hijo José llegaba a Madrid que le impresionó, pág. 310. De nuevo dos frases que se han pasado a la Historia; una de Alberti, «Madrid es la capital de la gloria«. Y la otra de Franco: «Destruiré Madrid antes de dejársela a los marxistas. Pronto estaré oyendo misa allí«. Con «La llegada a Madrid» se adelantan los acontecimientos que el lector/a desea esa luz fundamental. Desde lo que ya es más que un dicho «Desde Madrid al cielo», parece como si si se nos ayuda en la lectura. Las fotografías de Capa ayuda en este recorrido (» José reconoció en una de las tomas de la provincia de Córdoba a su hermano Paulo«), pág. 323.

De nuevo, Unamuno: «En ese pueblo triste, tristísimo, la gente se divierte, sin duda, pero se divierte como se dijera: comamos y bebamos, que mañana moriremos», es como el inicio de La última cena y la piedra negra. La despedida de Odisco está al caer y nos sobrecoge («acostó a sus hijos y se echó en la cama como si fuera la última vez), Se levantó sin dormir; alguien le esperaba a » las afueras de Jándula para darle el último adiós», pág. 329. Me alegra que en «La despedida en el horno» nombre a Galdós: «la experiencia es una llama que no alumbra sino quemando. -¿Y eso ? – Se lo leí a Galdós. Aspecto importante, Odisto en su huida no leyó un aviso: AMIGO, MEJOR SUBE LA MONTAÑA, ESTA GRUTA ROBA TU TIEMPO. Su decisión no fue la adecuada: «despareció en la negrura del túnel subterráneo», hasta el jabalí vertió «una sola lágrima», pág. 333.

Las doce bombas sobre el reloj, , están precedidas por Alejo Carpentier: «Vengo de España. Es decir del infierno». Y de Saint-Exupéry: «Aquí se fusila como se tala árboles. Interesante el diálogo entre Capa y en la Biblioteca nacional y luego fiesta en el hotel Florida. Comenzaba un nuevo año en el que Odisto emigraba «y su primogénito veía las bombas caer. termina esta primera parte con Los tres ríos de sangre. El primero, el olivo de luceros fríos y nieve. La Barraca, como símbolo de algo más que cultura. Lorca, Luis Rosales, Víznar, la Huerta de san Vicente, hechos que no se pueden olvidar en estos años de muerte y sinrazones. El segundo río «La cruz de hueso». Paracuellos, fusilamientos atroces. «Ejecución inmediata». «Disparos a coro horadaron las aurículas de aquellos hombres«, «Con los huesos de los fusilados…., Tercer río, La muerte de la inteligencia. Unamuno, otra vez. Diálogo que sobrecoge: «Porque quien muere dos veces sube antes al cielo.

El Interludio con a «La región vecina» era necesario, se necesitaba descanso ante tantos hechos con que el narrador nos ha inundado la mente, que va más allá de lo que nos quiere mostrar. El común denominador «Un día, Iberia será Saramago y Pessoa están presentes. Por el momento, no se vislumbra, pero puede llegar.

TERCERA PARTE. Ascua. 1937. «Atardecía en el reflejo naranja del Jarama», pág.359. Así comienza una parte esencial en el desarrollos de los acontecimientos que el narrador nos alumbra con hechos nítidos: «Paulo limpiaba sus botas con la última claridad del día»; después en esta batalla del Jarama será alcanzado por un disparo y perdió el conocimiento; el río lo transporta hasta Ciempozuelos y se salvó de las aguas. Su descanso en una cama de arroz sirvió de ayuda La frase «Me dirijo a Cuenca», es ya como una luz dentro de lo que el narrador denomina «La lengua geográfica». La noción del tiempo la había perdido por entrar por la gruta; estaba adormecido; la diferencia supuso dos meses de diferencia; la lengua de Gervasio fue la información de lo que acontecía. Odisto se agachó y miró la lengua; aquí «aparecen puntos que que vienen y van…., pero solo en una parte», Gervasio le dice que Albacete va a ser bombardeada, y no va «a quedar nada! Una península de casas vacías», pág,372. El hambre llegaba a la puerta y cada día que pasaba era peor.. Al ver tantos andamios preguntó ¿Es esto Cuenca? Ante la afirmación le dijo que lo hacían «para caer en gracia al Caudillo y que no haya represalias». Interesante el diálogo que sostienen Leticia y Odisto; es cuando se entera que no queda ni un descendiente familiar, pero le aconseja a la catedral, y a continuación varias páginas sublimes acerca del templo y su entorno, que termina este apartado con «Cuenca era perfecta por ser espiritualmente de izquierdas, pero corporalmente de derechas».

En «Las lágrimas de mercurio» se nos cuenta que «Paulo está en el centro de Briuega. Lo agarran del pie». José, «cojo y tumbado bocarriba en el suelo». Alrededor, «el ruido de la muerte. Los dos hermanos se reconocen».. Muy interesante el silencio y lo narrado. Estremece. Se nos adelanta. A Paulo le mandará al norte de la península, y José se «se pondrá en Madrid y la defenderá junto a otros milicianos».

Te conmueve el casi final de Odisto por tratar de ayuda a un matrimonio a cambio de un carro y unos caballos al intentar rodear la horca donde había muchos cuerpos muertos para encontrar «el hijo extraviado» del matrimonio. Odisto perdió el conocimiento. » Año después , lejos de allí…., volvería a abrir los ojos», en tierra distinta. El narrador se guarda más datos si es que los hubiere.

No podía faltar el «árbol de Guernica«, todo un símbolo, antes, durante y después. Se atestigua que su fama comenzó en el siglo XIV, «cuando acogió bajo su sombra por primera vez los fueros de los Reyes Católicos», pág.418. Lo que se denominó «árbol hijo», «presenciaría el suceso más sonado internacionalmente», que nos recordaría Picasso en un cuadro, por fin expuesto en el Museo Reina Sofía, después de tantos años fuera de España. Se eligió el pueblo y el momento para masacrar a la gentes por el Jefe del Estado Mayor de la Legión Cóndor alemana, condecorado un año después por Franco con la Cruz Íbera de Oro con Diamantes. Con el título «La hoguera de tres días» el narrador recurre a tres mujeres Irati, Haizca y Nekane para llegar quizá a lo profundo de la situación aunque se más subjetivo. He sonsacado tres frases de «La hoguera en tres días»: «El infierno cayó como un molde sobre la ciudad». «Los mercenarios alemanes querían un exterminio completo». «Los refugios resultaron ser trampas mortales». «La sangre salía a borbotones como el agua entre las rocas de un torrente». Al hijo de Odisto. José, «le dio un vuelco el corazón al enterarse de la noticia del bombardeo…, no queda nada de la ciudad». Miles de niños fueron trasladados al extranjeros, «cuatro mil niños llorosos y aterrorizados… y después veintiséis mil». Luis Cernuda escribió: «Recordarás cruzando el mar un día / tu leve juventud con tus amigos / en flor, así alejados de la guerra»…., pág. 431.

El narrador vuelve a recordaros el paradero de Paulo que se infiltra y recoge información capital. Tenía fuerzas para proseguir en Segovia, después de su heroica actitud en en el Jarama y en Guadalajara. Su superior le prohibió y lo mandó a Madrid a descansar «hasta el mes de julio en cama, a las afueras de Madrid, en terreno rebelde». Esperaba Brunete, y allí lo mandaron como infiltrado con el nombre de Paolo. El mismo con cuatro nombres que pululan en sus quehaceres; comenzó con Pablito, después Pablo, Paulo y ahora Paolo. Importante fueron los planos que robó para entregarlos a los franquistas. Después lo mandaron a Burgos y recuperó su antiguo nombre: Paulo. Era su fin como infiltrado.

Con el título de «Deán de Cuenca» se nos informa de que, «oremos por el alma de Odisto, de quien no sabemos nadad desde la primavera pasada». Su paradero preocupaba de «aquel buen hombre que llegó a Cuenca». Pasadas unas cuantas páginas, el narrador nos da una puntada más de Odisto con las frases ?Dónde estoy? ¿Estoy soñando? ¿Por qué no puedo moverme?, pág.470.. Unas páginas más: «Odisto abrió los ojos solo tres veces en medio año». La primera, tumbado e inmóvil. La segunda, tumbado con un olor nauseabundo, «de cadáver descompuesto». la tercera en una enfermería en la que habría «al menos una cuarentena de hombres».. Diálogo esclarecedor de la guerra y el entorno entre Orwell y Odisto. En Tarragona.

La lapidaria expresión de G. Orwell ha quedado para la posteridad: «Voy a España, claro. Alguien debe ocuparse de pararle los pies al fascismo».

De nuevo, el narrador nos atestigua más hechos del santuario de la Virgen de la Cabeza en Andújar; ahora con la victoria republicana. «El lugar del asedio quedó hecho añicos y tuvo que reconstruirse tras la guerra. Incluso se perdió la dorada imagen de la Virgen de la Cabeza». Un dato que sí te lo recordaban en el bachillerato; en mi mente no queda si después se destrozó o se recuperó: El caso es que allí está de nuevo presidiendo la sierra morrena para alegría y fiesta de los iliturgitanos cada año. Tras la guerra, el santuario se reconstruyó. Dejo en el aire el pasaje entero de «La lluvia de jaulas» para que los/as lectores sepan por qué » a eso de las seis de la tarde el cielo se cubrió enteramente de jaulas doradas con palomas albas….», pág. 461.

Paulo en el pazo nos vislumbra uno de los sucesos de los que cada persona opina y no les falta la razón y más cuando estamos ante una de las escritoras extraordinarias que nos ha dejado algo más que si literatura. doña Emilia Pardo Bazán, primera mujer ateneísta del Ateneo Científico y literario de Madrid. Paulo iba a conseguir el pazo de Meirás a cambio de cuatrocientas mil pesetas. Se cerró el trato. Acudió a Compostela y entró en la catedral por la «Porta Santa»; quería alcanzar «la célebre indulgencia plenaria».

No podía faltar el nombre de Gregorio Marañó, célebre por tanto; el narrador elige: «La multitud ha sido en todas las épocas de la historia arrastrada por gestos más que por ideas. La muchedumbre no razona jamás». No podían faltar, escritores que conmueven e intentan dar luz ante tanto desbarajuste en el II Congreso Internacional de escritores para la Defensa de la Cultura. Nombres como Antonio Machado, Ana María Matute, Jacinto Benavente, César Vallejo, María Zambrano, Pablo Neruda, Rafael Alberti, María Teresa León, Vicente Huidobro, Elena Carro, Nicolás Guillén, T. Tzara, etc., nos advierten de lo que puede acontecer y más si la cultura se aparta de lo humano. De nuevo, hallamos a Paulo en «El camino de los ingleses». Cuando «llegó al Obradoiro, rezó frente al inmenso edificio y entró por la puerta principal». Observó con cuidado el Pórtico de la Gloria. Se quedó en Compostela un par de meses con trabajo de «despezador de gaitas». Suficiente para vivir.

Llama la atención que el siguiente capítulo se desarrolle en París. El narrador quiere dejar todo sin que se escape alguna nota discordante o que falte. Es algo más que detalles. Impresiona el diálogo entre Picasso y Ander. Sin duda, Ander llevaba en su vehículo los restos del bombardeo de Guernica, quería que la humanidad no olvidara. El olor a guerra no podía quedar escondido. Picasso nos dejó la barbarie hecha carne, que hoy no nos cansamos de contemplar en las casas que muchísima-millones- de gentes guarda, y también viene de todas las partes del mundo a contemplar el cuadro en el Museo Reina Sofía en Madrid.

El nombre de Gabriela Mistral por tantas cosas no podía quedar fuera de esta historia: «Qué hay de aquel país? La miseria es grande». Todo un hecho que nos conduce al desarraigo y a la muerte de inocentes. Con «La muerte del novio», José quedó destrozado; antes se habían reencontrado. El narrador lo define como «inenarrable». José y Jacobo desde que se conocieron fueron el uno para el otro. La muerte se adelantó cuando ambos querían huir de Madrid e instalarse en Jándula. «Un balazo en la cabeza» pudo más. «El volcán-que tras el golpe de Estado había surgido en el centro de la península-se preparaba para entrar en erupción». «Madrid era luz y sombra»,

CUARTA PARTE. Ceniza. 1938/1938

Fuego, sangre, explosión en «El volcán lleno», fruto de las sinrazones del hecho bélico.. Toda una hoja para advertirnos: «La península quedó completamente herida y agrietada«. El derrumbe fue generalizado. Pero lo que más destacó fue » la enorme hendedura que se creó en el itsmo peninsular, cuatrocientas ocho leguas de largo y doce cuerdas de ancho, separando completamente Iberia del resto del continente», pág 522. El labrador de Teruel dio cuenta de los «mil cinco tiros de gracia escuchados cada noche».

«Llegaron con cuatro heridas: la del amor, de la muerte. la de muerte y de la muerte». Odisto se hallaba en la «enfermería tarraconense». Empieza a dar los primeros paseos ya con la primavera naciente. Ángeles rezaba para que «el embarazo le fuera bien». Paulo había abandonado Galiza. Había que reconstruir. Fue desplazado a Tudela, después a la provincia de Huesca, pirineo aragonés…. José con la mente de su compañero Jacobo intentaba cómo salir y buscar una vida más tranquila. Leía el periódico en la plaza de la Paja. Se quedó pensativo, ensimismado.

En este avance hasta encontrar rayos de esperanza, el narrador se detiene en Manuel Azaña. y la tríada de palabras que han permanecido en la historia: paz, piedad, perdón. Al lado «La carta del padre» como algo premonitorio con el final: «Cuidaos mucho y aced caso de los ermanos mayores. Os quiere buestro padre«». Todo un síntoma. La noche de San Juan con tierra, agua y fuego;. un mes más tarde «recomenzó la guerra». «La trece rosas» pervivirán para siempre no solo en la escritura, también en lo que permanece más: de boca en boca. Son flores que crecerán y darán sus frutos. Fue una monstruosidad que hierre en todos los corazones; ya había terminado la guerra. Nos acercamos a «La batalla del Ebro». La historia se pronunció, ahora lo vemos desde otra atalaya después de tanto tiempo. Son páginas dolorosas. José «fue un uno de los soldados que descuidó el equilibrio y cayó al agua. Paulo descansaba en una pequeña masía de muros trizados. Tenía una misión nítida: «matar a cuantos más republicanos mejor». Estas páginas son terribles-no sé si el narrador pudo realizar otro final-. Estamos ante el segundo encuentro entre hermanos-el primero, fue en Guadalajara. Un año después, al reconocerse, «José bajó lentamente el fusil». Se quedó inmóvil «como cuando un aguacero te cala hasta los huesos». Lloró. Quería abrazar a su hermano. Lo llamó Pablito que también lloró pero sin moverse y apuntó a la cabeza de su hermano. José se sinceró: – «Hermano, dame un abrazo». Paulo apretó el gatillo, una sola bala «atravesó el corazón de su hermano y lo dejó al instante sin vida», pág.596. Entonces, sí Paulo arroja el arma y se abraza con su hermano. Es evidente que este lector se le nubla la mente con ojos acuosos y no puedo terminar la novela como me había propuesto; todavía faltan cien páginas.

Un día después retomo la lectura con el pensamiento de Ana María Matute «Lo peor de este mundo es sobrevivir». Estoy en «El último día de enero». Odisto recupera la movilidad. Es el final de 1938. Por cuestión médica fue trasladado a Barcelona para curarse totalmente. Al fin le dieron el alta. Odisto quería vivir, recuperar el tiempo perdido y saber de su familia. Antes pasó ciertas dificultades pero que no fueron demasiados adversas; no olvidemos: estaba en la calle y sin dinero. Casi sin tiempo montó en el barco. Confundido su pensamiento iba de aquí para allá sin dónde asirse. A pesar de que nunca había escrito un poema le salió sin rima: «Un religioso astilla una cruz. Un ateo se unge con agua bendita. Un patrono levanta el puño. Un obrero extiende la palma. Todos cosen los los miembros de sus hijos«. A todo esto «el cuerpo del hermano fusilado yacía bajo una manta negra de hormigas». Paulo comenzó su itinerario lleno de dificultades con su hermano muerto hacia Jándula. Desechó la lluvia de pan por venenosa.

Se nos va adelantando que un deshielo coronaría al país. «Franco iba a ganar aquella guerra e impondría una dictadura durante treinta y seis años», pág.629. El general iba marcando los tiempos. Madrid estaba a punto de caer. La expresión machadiana: «¡Madrid! La tierra se desgarra, el cielo truena, pero tú ya no sonríes con plomo en las entrañas. La fuerza de «No pasarán«, se desmoronó y sí pasaron. La tristeza se apoderó de las gentes a pesar de la resistencia con defendieron la capital. La letra y el espíritu de la cultura en la que se reflejaron momentos fundamentales ardieron. Se hizo una auténtica hoguera con las revistas El Mono azul, Cruz y Raya, Hora de Iberia, Revista de Occidente. Se unieron los cuadernos de cultura, libros de Dámaso Alonso, María Zambrano, José Bergamín, Max Aub, Vicente Huidobro… Madrid ardía con lo más revolucionario, el papel escrito. La semblanza, otra vez de quien fue Presidente de la República. Azaña, nos conmueve: «Así acabará Manuel, y la sombra de una República con él». Max Aub evocará a esos españoles rotos, escacharrados, hacinados, heridos, soñolientos, pág. 640.

El puerto de Alicante se hallaba abarrotado, era el preludio de final de la guerra. Odisto se encontraba ahí. Su pensamiento estaba en Jándula, quería salir de esa colmena de gentes algunas de las cuales se suicidaron. «Veinte mil personas fueron detenidas del 30 al 31 de marzo de 1939, o bien fusiladas directamente o hacinadas en campos de concentración». Odisto logró huir antes. Él parte de guerra se leyó a las diez y media del rimero de abril de 1939: «En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares, La guerra ha terminado. Burgos primero de abril de 1939,». Paulo estaba camino de su pueblo. Bernard Shaw escribió: «Un cristiano no puede rezar pro la victoria, solo puede rezar por la paz». El miedo se adhirió a las personas. «La oscuridad duraría cuarenta años«, pág. 668. Todo el poder lo asumirá el Generalísimo. Lo deja muy claro, el caligrama de la página 670 por si quedaba algún resquicio de duda.

Paulo lavaba el cadáver de su hermano en la huerta familiar. Una vez preparado le dieron tres vueltas alrededor de la huerta, como si fuera una procesión. Después de veinte días del último parte de guerra Odisto se presentó en Jándula, Al llegar a su huerta los ojos se le nublaron: «Le brotaron dos grandes lágrimas silenciosas», pág.687. Llegado el momento abrazó a los miembros que quedaban de la familia. El más sentido fue con Pablito.

No está demás los versos de Miguel Hernández como canción última que nos señala el narrador:

Pintada, no vacía:

pintada está mi casa

del color de las grandes

pasiones y desgracias.

Epílogo. No dejes de leerlo. Fíjate en «Nacía Luis, mi abuelo quien me iba a contar, antes de morir. todas las historias de este libro». Odisto, al ver que se acercaban unos guardaciviles, pensó: «Vendrá a felicitarme por el nieto.

. A menos de una vara de distancia, sonrientes, le dijeron una única frase: – Caballero, vamos a dar un paseo .

También el pensamiento de Ayala contribuye a entender mejor la obra: No había nada por ninguna parte. Nada, sino silencio; un silencio húmedo que rezumaba, calaba hasta lo más hondo, un silencio que era la ausencia y el vacío de la atronadora refriega, ya pasada»

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Uclés, D., La Península de las casas vacías. Madrid, Siruela-Nuevos tiempos, febrero de 2025, 13 edición, 697 págs.

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