Novela

Las novelas de Torquemada

La maestría del gran Pérez Galdós es percibida por quien se acerque a la lectura de sus escritos, y en Las novelas de Torquemada lo notamos ya en las primeras líneas. Es la prosa la que nos sumerge en ese saber contar al conseguir un estilo narrativo que nos alumbra.

Como bien sabemos, Galdós no fue elegido la primera vez que se presentó a la Real Academia, no porque no lo mereciera con quien competía, sino por los de siempre; los que creen que son los dadores de todo, que tanto mal han traído al país. Como nos recuerda el editor en la introducción, basándose en Ortiz Armengol, estribó en que Cánovas «no permitió que los periódicos El liberal , La Iberia y otros le provocasen al sostener que dados los méritos universalmente reconocidos del novelista canario, no había competición posible. De no salir Galdós elegido, añadía, sería preciso disolver la Academia». Ante estas expresiones, Cánovas convenció a los académicos conservadores que no votaran a Galdós, pág.12. Poco importa; ante tal agravio, seis meses después, fue elegido por unanimidad, y curioso, quien le presenta son tres conservadores entre ellos Cánovas. Así se escribe nuestro caminar literario.

Esta tetralogía comienza en la revista La España Moderna. Ante la insistencia de Lázaro Galdiano, su director, y probablemente con la ayuda de Pardo Bazán, Galdós accede a la colaborar, y así surge Torquemada en la hoguera, corría febrero de 1889; unos años después en octubre de 1893 publica Torquemada en la cruz. El periódico La vanguardia adelanta el primer capítulo. Un año después, en 1894, se publica Torquemada en el purgatorio. En 1895 sale Torquemada y San Pedro. Da igual si Galdós lo que pretendía era alargar la figura del avaro, del usurero, del prestamista, o si en la primera novela lo desarrolla sin más, sirva de introducción, y luego conforma otro mosaico con las tres siguientes. Lo primordial es que el autor no quedó conforme y prosigue con una idea que le barruntó, y su empeño fue en construir todo un pensamiento de esta figura; un hombre que ardía en deseos de poseer más y más dinero con ardiente pasión; su claudicación no figuraba en su diccionario. Como sabemos en carta de Galdós a Pereda le dice que va a colaborar en La España Moderna con «una novelita o cuadro de costumbres» sobre la figura del avaro. Lo que sí es importante reseñar, y así el editor nos lo recuerda, es lo que Miguel de Unamuno denominaría «nivola», » en concreto el personaje que se rebela para dejar claro su derecho a existir por encima de las arbitrariedades de fuerzas ajenas a su voluntad», pág. 68. Por si quedaba alguna duda, el personaje se envalentona en la tercera parte de Torquemada en el purgatorio y manifiesta: «He partido siempre del principio de que cada cual es dueño de su propio destino; y será feliz el que sepa labrarse su felicidad, y desgraciado el que no sepa labrársela», págs. 439-40. Toda una idea para los que tienen como salvavidas la suerte. La capacidad y el mérito son de las personas, que a veces arrinconamos. El clásico tantas veces citado «sé tú» adquiere toda relevancia.

El drama que presenta Galdós, en la primera novela, es nítido desde el principio hasta la muerte del hijo de Torquemada, que estaba llamado a ser una gloria de la ciencia, «el monstruo de la edad presente», «milagro de la sabiduría»; el padre entendía que era un fenómeno, la perfección suma; pero la muerte pudo más a una edad temprana: meningitis aguda. El padre no lo acepta, prorrumpe con palabras llenas de ardor, las enfatiza: «Yo no me rebelo, puñales, yo no me rebelo. Es que no quiero, no quiero dar a mi hijo, porque es mío, sangre de mi sangre y hueso de mi huesos…» (…). No me da la gana de resignarme». De ahí que intente implorar, negociar con Dios si pone bien a su hijo («Pero quién es el sinvergüenza que dice que no tengo apuntada ninguna buena obra?», pág. 99). Al final su idea se convirtió en darle un entierro de lujo; y eso sí una invitación a gente de postín, así como a las personas del común. La crítica más exigente la pone como ejemplo de obra maestra. La inspiración de Galdós pasó todos los límites de perfección.

Las primeras líneas de Torquemada en la cruz , su segunda novela, comienzan con un día grande para los madrileños, «fue15 de mayo». A renglón seguido, con una ironía cervantina se nos adelanta una desgracia que «anunciaron cometas, ciclones y terremotos, la muerte de doña Lupe la de los Pavos, de dulce memoria». Su férrea concepción de poseer se detiene al renovar el préstamo.

La capacidad de Galdós es tan asombrosa que su hijo Valentín en la gloria celeste se pone en comunicación, sin duda, espiritual, y le dice que quiere volver al mundo, volver a nacer para convencer a su padre de tantos atropellos como cometió por lo que, de nuevo, tiene que casarse. La riqueza, además de poseerla tiene que ser espejo en sus formas de vestir y hablar. El ascenso social lo requiere (» el rico está obligado a vivir armónicamente con sus posibles, gastándolos con la prudencia debida (….). La posición, amigo mío, es cosa muy esencial», pág.180). Torquemada, por tanto, debe renunciar a los hábitos anteriores. La buena presencia debía constituir el motor a partir de ahora. Es una nueva realidad.

La tercera novela Torquemada en el purgatorio nos presenta el ascenso social del personaje que va de usurero a senador y su entrada en la aristocracia por su riqueza pero lejos de lo que representaba. Consiguió entrar por la puerta de los negocios hasta llegar a multimillonario. Es la realización de lo que abrigó desde el principio, sin olvidar su origen de plebeyo. Galdós se percata de que los tiempos avanzan y las clases también; ya no contempla al avaro de la misma forma ( «En el escenario del mundo se va acabando el amaneramiento, lo que no deja de ser un bien, familia por familia y persona por persona», pág.330). Se aparta de los hechos costumbristas tal y como lo había previsto al inicio.

Su cuarta novela Torquemada y san Pedro representa la visita de la muerte; se enfrenta al esfuerzo, al trabajo, para llegar a la cúspide económica. Ahora debía dejarlo todo: «sintió un frío mortal que hasta los huesos le penetraba. Por un instante creyó que el techo se le caía encima como una losa y que la estancia se quedaba en profunda oscuridad… Su inmenso pánico dejó sin palabra y hasta sin ideas», pág.586. Y cómo no, la idea de la salvación se entremete; el sacerdote-«de hidalga y pudiente familia alavesa»- desea que Torquemada se arrepienta de su avaricia para conseguir la vida eterna; quería que su conciencia con claridad se arrepintiera; pero la idea de Torquemada le quemaba (¿»qué tengo que hacer o qué tengo que dar para salvarme»? ). Por «un mediano rato tuvo clavados sus ojos en el rostro del confesor» (_»¿De modo que… no hay remedio? _ No». Torquemada no quiere morir. La respuesta es clara, quiere saber si repartiendo su fortuna se salvará («Hermano mío-le dijo Gamborena-, más propia de un buen cristiano es en estos instantes la alegría que la aflicción. Considere que abandona las miserias de este mundo execrable, y entra a gozar de la presencia de Dios y de la bienaventuranza….», pág. 610). La dualidad en las últimas líneas de la novela estremecen; por una parte, «Jesús, salvación, perdón»; por otra, «venga la llave…, exterior…, mi capa…, tres por ciento…conversión», pág.614. Dos horas transcurrieron para el final del misterio de la existencia humana. El narrador «se limita a decir:

– Bien pudo Torquemada salvarse.

– Bien pudo condenarse.

Pero no afirma ni una cosa ni otra…¡cuidado!».

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Pérez Galdós, B., Las novelas de Torquemada. Madrid, Cátedra, 2020, págs. 614

Cantando sobre el atril by Félix Rebollo Sánchez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 España License

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